Sócrates y la libertad

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Aunque importante, no fue la ética la cuestión fundamental de la filosofía griega clásica, no. Pero, mucho antes de que la religión cristiana erigiese el impresionante edificio de su ética y de su moral, Sócrates fijó para siempre la atención en la ética, dejando tras de sí un resplandor inextinguible. La muerte de Sócrates en el año 399 (a. C.) fue un hecho trascendental del que solo cabe decir que es mítico. El momento de su condena y ejecución, aceptadas hasta el punto de renunciar a la fuga, el modo como afrontó su hora final… Todo aparece impregnado de esa plenitud épica (y ética) que los descreídos llaman casualidades del azar y otros denominamos la providencia, que guía el destino de los favoritos de los dioses. Sócrates se convirtió en el gran referente de la libertad moral individual de cada uno, para todos los tiempos futuros. Erasmo de Rotterdam, en el Renacimiento, propuso declararle Santo de la Iglesia Católica, sin éxito.

Hombres teóricos y de acción

En nuestro mundo, no es fácil hacerse una idea, no ya precisa, sino siquiera aproximada, de cómo eran los atenienses de la época clásica. Esto se debe a que la acción y el pensamiento, en los tiempos modernos, han tendido a ser disociados y hasta contrapuestos. El hombre de acción y el hombre teórico conforman hoy en día paradigmas tan alejados y opuestos, que raramente llegan a coincidir en un mismo individuo. Por eso, cuando esa coincidencia se produce en la realidad, se habla de genios o de grandes hombres. Sucede algo parecido al abordar a algunos personajes del Renacimiento o de la Ilustración. La diferencia con los antiguos es que, en ellos, sucedía casi siempre y en casi todos los casos, fuesen griegos o fuesen romanos que, en eso, Cicerón (106-43, A.C.) o Julio César (100-44, A.C.) nada tienen que envidiar a los griegos.

El autor trágico Esquilo (525-455, A.C), en los pasajes iniciales de su tragedia “Los Persas” (472 A.C.), una de las favoritas del público ateniense, como recuerda el comediógrafo Aristófanes (444-385, A.C.) en Las Nubes, define la condición de los atenienses como modelo ideal griego, que contrapone a los bárbaros (y a los espartanos):

-“¿Quiénes son esos atenienses?”, pregunta en Susa (capital de Persia) la madre del Rey Jerjes (519-465 A.C.) a sus cortesanos, al comienzo de la obra, mientras esperan noticias de la Campaña del Rey en Grecia, durante el día de la Batalla de Salamina (480 A.C.). Y un cortesano, con pretensiones de estar bien informado, le responde:

Majestad, son despreciables gentes pobres, mendaces e impías, que caminan descalzos y que afirman que son libres cuando proclaman, a la vez, ser esclavos de un señor supremo al que llaman Nomos (la ley). Esos indignos son los que desafiaron el poder del Rey, los que se enfrentaron a Darío y los que hoy sufren, a manos de tu hijo Jerjes, el castigo que merecen.

¿Quién es Esquilo?, ¿el hoplita ateniense combatiente en Maratón (490 A.C.) y en Salamina (480 A.C.), o el gran poeta trágico?, ¿cuál es el que habla en los versos de Los Persas, el poeta o el soldado? Esquilo no tenía dudas. Perdió a su hermano en Maratón, al que envidió siempre por eso, y dejó escrito en su propio epitafio que la gloria de los atenienses muertos en Maratón valía más que sus versos. Como destacó Jaeger en su Paideia, pocas batallas en la Historia de la Humanidad se han disputado con tanta pureza moral y por tan nobles ideales, como las libradas por los atenienses en Maratón y Salamina.

Sócrates y su mito

Tampoco es fácil hacerse una idea cabal del Sócrates auténtico (469-399, A.C.). De él dijo el Oráculo de Delfos, cuando fue enviado por la Polis, con una comisión, para consultar a la Pitonisa un grave problema: “Sócrates es el más sabio de los mortales”. Y también sabemos la conmoción causada en toda Grecia por su procesamiento, condena y ejecución. Porque, donde es más difícil encontrar al Sócrates real es en el personaje de los Diálogos de Platón, aunque también aportan información. Las apologías de Sócrates, escritas por Platón (427-347, A.C,) y Jenofonte (431-354, A.C.), que escribió dos (la Apología y las Memorables), y las comedias de Aristófanes, son las únicas fuentes directas para el conocimiento del auténtico personaje Sócrates.

Sócrates, padre de la filosofía política y de la ética, iniciador de la dialéctica, el filósofo que planteó definitivamente el problema de la verdad y el bien, que propuso como gran ciencia de la vida el autoconocimiento (“conócete a ti mismo”) y protagonizó un gran proyecto pedagógico, es uno de los escasos hombres que han alcanzado la inmortalidad al convertirse en un símbolo. Sócrates ha llegado a ser el símbolo por excelencia del hombre que dio la vida por sus convicciones.

De su nombre, apenas queda el recuerdo del hombre que, con su ejemplo, dejó establecido que no vale la pena vivir sino es por una causa por la que merezca la pena dar la vida, y que jamás se ha de morir por ninguna causa por la que no merezca la pena vivir. Potencia aniquiladora del símbolo, que realza lo simbolizado al coste de olvidar todo lo demás. Porque lo que más contribuyó a que se hayan casi perdido sus referencias personales fue su conversión en ése símbolo. Sócrates dio altos ejemplos de prudencia, de sabiduría y de valor, cívico y personal. En su muerte, desde luego, y también otras muchas veces en vida. Es justo que Sócrates se haya convertido en ese símbolo. A cambio, del hombre real, esposo de Jantipa y padre de sus tres hijos (‎Lamprocles‎, ‎Sofronisco‎ y ‎Menexeno), y del ciudadano ateniense nacido en el 469 (A.C.), condenado y ejecutado en el 399 (A.C.), sólo han quedado en el recuerdo algunos pocos rasgos.

La educación de los jóvenes en Atenas

A diferencia de los espartanos, los atenienses no instruían a sus jóvenes sólo en las artes marciales, la lucha y el combate. La educación de los jóvenes en Atenas pretendía formar hombres capaces de ser, a la vez, profundos y afinados en la reflexión, y decididos y resueltos en la acción.

Lo expresa bellamente Pericles (495-429, A.C.) en su Oración Fúnebre por los atenienses muertos en el primer año de la Guerra del Peloponeso:

“…tenemos también en alto grado esta peculiaridad: ser los más audaces y reflexionar además sobre lo que emprendemos; mientras que a otros la ignorancia les da osadía, y la reflexión, demora. (…). En resumen, (…) la ciudad entera es la Maestra de Grecia, y cualquier ateniense puede lograr una personalidad completa en los más distintos aspectos (…). (…).Y pues hacemos gala con pruebas decisivas de una fuerza que no carece de testigos, seremos admirados por los hombres de hoy y del tiempo venidero”.

En muy pocos lugares y en muy pocos momentos de la Historia, se ha podido contemplar una aspiración más apasionadamente sostenida para alcanzar en la formación de los jóvenes el equilibrio y la armonía de las potencias de cuerpo y espíritu, que la conseguida e impartida en los gimnasios de la Atenas clásica. La educación de los jóvenes fue el gran problema de Sócrates. Y también la base de la acusación de Anitos, Meletos y Licón, que le llevó a la muerte.

Sócrates, el hoplita ateniense

La vida militar de Sócrates se desarrolló en la Guerra del Peloponeso, pues las Guerras Médicas concluyeron antes de que alcanzase la edad militar. Sócrates apenas tenía 10 años cuando se produjo la batalla naval de Micala (479 A.C.), último gran combate de las Guerras Médicas. Por lo que conocemos de Sócrates, sabemos que no era rico, por lo que no formó parte nunca de la caballería, como Solón, Pericles, Alcibíades, o Critias el Tirano. Pero tampoco pobre, por lo que nunca fue enrolado como marinero de la escuadra o en la infantería ligera. Al igual que Esquilo, siempre que fue llamado al servicio de armas por la polis, sirvió en la infantería pesada, los hoplitas, con su casco, su escudo, su lanza, su coraza y su espada.

Las Apologías de Sócrates permiten acercarse al personaje real. Por las apologías sabemos que Sócrates era un hombre valeroso en lo público y en lo privado. La primera vez que fue honrado en la Polis, fue por su valeroso comportamiento en la batalla de Potidea (432 A.C.), en los prolegómenos de la Guerra del Peloponeso (431-404, A.C.), en la que los atenienses finalmente vencieron Sócrates salvó la vida de su luego discípulo, Alcibíades. No fue esta la única ocasión en que Sócrates tuvo que empuñar las armas por Atenas. Nuevamente, en el año 424 (A.C.), tomó parte en la batalla de Delio, cerca de Atenas. La batalla se saldó con derrota ateniense, que estuvo a punto de concluir en desastre, ya que las filas de los hoplitas se quebraron y empezaron una desordenada fuga. En ese momento, Sócrates desplegó toda su energía y su valor y, junto con Laques (el del Diálogo Platónico), conservó la serenidad frente al pánico que había descompuesto las filas atenienses y organizó la recomposición de la falange, que permitió al contingente de Atenas retirarse en orden y con calma, con muchas menos bajas de las que se habrían producido en el caso de haber prosperado la huida.

Dos años más tarde, Sócrates fue nuevamente llamado a combatir por Atenas. En esta ocasión, con casi 50 años, hubo de formar de nuevo con los hoplitas en la batalla de Anfípolis (422 A.C.). No hay datos concretos sobre su actuación, pero sabemos por el historiador Tucídides (460-396, A.C.), comandante del Ejército de Atenas, que el combate fue muy duro y que murieron más de 600 atenienses, entre ellos el famoso demagogo Cleón (¿?-422 A.C.) el rival de Pericles (495-429, A.C.), y muchos más de los contingentes aliados. La derrota ateniense se vio atenuada porque también pereció el más competente de los comandantes espartanos, el gran estratega Brásidas, que mandaba a los peloponesios.

El valor cívico de Sócrates

Éste quedó acreditado, sobre todo, en dos ocasiones. La primera, durante la Tiranía de Critias y los treinta tiranos (404 A.C.), con ocasión del encargo para el asesinato de León de Salamina, y la segunda, en el momento de su muerte. Cuenta Platón en su Apología que, una mañana, fue requerido Sócrates a presentarse junto con otros cuatro ciudadanos ante los Treinta Tiranos, que gobernaron Atenas en el 404 (A.C.), tras el derrocamiento de la democracia que siguió a la derrota ante Esparta. Recibieron el encargo de dar muerte a un enemigo de Critias, el líder de los Tiranos, de nombre León y natural de Salamina. Y Sócrates, al conocer el encargo, con su habitual estilo simple y directo contestó: “Para esto que se me ha convocado, yo me vuelvo a mi casa”. No por ello León de Salamina se libró de la muerte, pues los restantes convocados, sin duda con menos presencia de ánimo y valor cívico que Sócrates, se aprestaron a cumplir el mandato recibido y León de Salamina pereció ese mismo día.

Quedaba por saber si Sócrates correría la misma suerte por haber desafiado las órdenes de Critias. El asunto llegó a ser tan dramático, que Platón (sobrino de Critias, que era hermano de su madre) se pasó la tarde y la noche de ese día presionando a Critias con el mayor escándalo posible para disuadirle, alternando súplicas y amenazas, de que no tomase ninguna represalia contra Sócrates. Al parecer, terminó por conseguirlo al amanecer del siguiente día, cuando Critias se avino a dejar a Sócrates en paz.

Pero la prueba más elevada de su valor, la dio Sócrates en los momentos de su juicio, condena y muerte. La muerte de Sócrates está inmortalizada en el famoso cuadro de Jacques-Louis David (1748-1825), realizado en 1787, que obra en el Metropolitan Museum of Art, de Nueva York. Y los últimos días de Sócrates están relatados en dos Diálogos Platónicos, el Critón, o de la Justicia, y el Fedón, o del Alma. El Critón está integralmente dedicado a la justicia. A la Justicia inmanente, es decir, la Justicia Ideal. En el Diálogo hay una constante, un verdadero hilo conductor: la idea socrática de que es preferible padecer la injusticia, que cometerla, aunque sea para evitar una injusticia mayor. Un asunto que sigue siendo materia de debate hoy en día, unos 2.500 años después.

La muerte de Sócrates

En el diálogo de su nombre, Critón le comenta a Sócrates el proyecto de fuga preparada… que éste rechaza por respeto a las leyes de Atenas. Cuando Critón le comunica que la fuga está dispuesta, le contesta que, en sueños, se le han aparecido las Leyes de la Polis. Y la Leyes le han dicho,

Sócrates, ¿qué vas a hacer?, ¿no es cierto que, con esta huida, escapas de nosotras y de ti mismo, nos destruyes a nosotras y a la Polis, que te ha constituido a ti, el ciudadano que eres?, ¿sobrevivirá sin arruinarse la Polis, si los juicios celebrados carecen de efecto alguno y pueden invalidarlos los particulares a su libre albedrío?, ¿sobrevivirás tú? Piensa que nosotras te hicimos ciudadano y tú, a cambio, nos defendiste siempre e hiciste de esa defensa la base de tu doctrina. Si nos abandonas y huyes de la Polis, ¿podrás dirigirte a los hombres de otras Polis, para hablarles … de qué, Sócrates?, ¿dónde quedarán tus discursos sobre la virtud y la justicia?. ​

Las Leyes concluyen aconsejando a Sócrates que no se preocupe tanto por la vida, sino por lo justo, como siempre hizo, pues no fueron las Leyes quienes lo agraviaron, sino sus conciudadanos. Si Sócrates rompe su acuerdo con ellas y devuelve injusticia por injusticia, se enfrentará también a la ira de las Leyes mientras viva y, cuando muera, se enfrentará a las hermanas de las Leyes en el Hades, que no lo recibirán cordialmente. Sócrates no huyó.

En el Fedón se narra la última noche de Sócrates. Empieza el diálogo con el encuentro de Fedón con otro discípulo de Sócrates. Fedón, estuvo con Sócrates en su final y fue testigo de su muerte. Fedón, pese a su dolor, celebra haber estado ahí y haber oído los pensamientos y reflexiones últimas del Maestro. Se recrea al recordar cómo Sócrates dijo que la muerte debe entenderse como la liberación del alma, prisionera del cuerpo, lo temporal y la fuente del mal. La muerte es la purificación del alma, separada de las pasiones contra las que luchó en vida. La sabiduría es la preparación para la muerte, pues permite acceder a las cosas divinas. Por ello, cuando bebe la cicuta, Sócrates ruega a Critón que lleve un gallo a Asclepios, el sacrificio habitual que se hacía al dios de la medicina y la salud, Asclepios (o Esculapio), cuando se alcanzaba la sanación, pues la muerte tiene algo de sanación para el alma.

Y así, sin desfallecer en ningún momento, con entereza y plena conciencia, murió Sócrates que, en lo civil y en lo militar, fue modelo de ciudadano de la Polis de Atenas y al que la posteridad convirtió en un símbolo inmortal tras su muerte. Sucedió en el año 399, antes de Cristo.

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