Confieso que me tiene fascinado la facilidad con que analistas y periodistas son capaces de predecir la evolución de los precios ante determinados acontecimientos. Hemos tenido un ejemplo reciente, del que me confesaba hasta las narices en mi último artículo, el cierre del estrecho de Ormuz. Claro, al interrumpirse el suministro de una parte relevante de la capacidad mundial de crudo, todo el mundo adivinaba que el precio de la gasolina iba a subir. Y al día siguiente podíamos observar en las gasolineras que se cumplían las previsiones, no podía ser de otra forma.
A mí, en cambio, a la vista de la teoría del valor y del precio, y sobre todo de sus dinámicas, me resultaba difícil entender que el fenómeno fuera a ser tan inmediato, aunque en la práctica lo fuera. ¿Por qué? Trataré de explicarme.
El valor de un bien depende de la utilidad que tenga el mismo y de la cantidad disponible para el individuo. El precio de un bien aparece cuando hay intercambio por otro bien, por ejemplo dinero; dado que dicho intercambio se produce dependiendo del valor que las partes den a los bienes intercambiados, es fácil deducir que el precio va a depender del valor, esto es, de la utilidad del bien y de la cantidad disponible, otra vez. Así, si ocurre un acontecimiento como el cierre del estrecho de Ormuz, cabe esperar una reducción en la cantidad disponible del petróleo sin que haya variado su utilidad, por lo que el valor de cada unidad del bien tenderá a subir y lo mismo hará su precio. Supongo que es esta la lógica que siguen los analistas que con tanta seguridad hacen el vaticinio.
Y yo no veo fallos en la secuencia lógica. Pero la clave está en que yo no digo que el valor/precio del bien “subirá”, digo que “tenderá a subir”. Y digo esto porque en la economía no existen fenómenos automáticos, todos pasan a través de la acción humana. Lo que significa que para que la cadena causal antes descrita llegue a ocurrir, un montón de individuos tienen que tomar decisiones en un determinado sentido, y solo si todos ellos las toman, se producirá efectivamente la subida de precios vaticinada. Entre otros, son los consumidores finales los que tienen que sancionar todo el proceso adquiriendo el bien, en este caso la gasolina, al nuevo precio, más alto, que le proponen los vendedores.
Porque, ¿qué ocurre si el consumidor final opta por reducir su demanda o eliminarla ante la subida del precio? Aquí es donde está el verdadero temor de toda la cadena de producción aguas arriba. Y es que subir los precios no es algo agradable para ningún empresario[1]. En un análisis superficial, al empresario parece que siempre le conviene subir precios, pero eso solo es así cuando así aumentan sus ingresos. Por eso, el empresario siempre está en ese punto justo en que cree que si sube los precios perderá tantas unidades vendidas que no le compensará el mayor ingreso por unidad. Y, en consecuencia, no se atreve a subir el precio desde ese nivel.
En este contexto, ocurre el evento que estamos analizando, y en algún punto de la cadena de producción, alguien decide subir el precio del petróleo. En el corto plazo, toda la cadena de producción aguas abajo (esto es, todas las etapas productivas entre el intermediario citado y el consumidor final) tienen poca posibilidad de reducir su demanda, puesto que todas sus inversiones complementarias dependen de ese bien. Por irnos al caso más claro, la mayor parte de los costes incurridos por la gasolinera se van a mantener, y si vende menos de los habitual, su retorno de inversión se reducirá. Digamos que las gasolineras tienen muy pocas posibilidades de ajustar sus recursos complementarios a una reducción en el consumo de gasolina, al menos en el corto plazo: ¿van a reducir horarios? ¿van a cerrar alguno de los surtidores? ¿echarán a algún empleado si es que lo tienen?
Así pues, podemos pensar que todos los elementos en la cadena de producción mantienen su demanda ante las nuevas condiciones ofrecidas aguas arriba. Ello supone que, si quieren mantener el margen por unidad vendida, tienen que subir el precio de la gasolina.
Llegamos así al punto crítico antes resaltado: ¿comprará el consumidor la misma cantidad al nuevo precio? Y toda la cadena de producción se echa a temblar, porque si la cantidad adquirida se reduce de forma significativa, el exceso de capacidad de producción empezará a causar quiebras en las distintas etapas, hasta que toda la cadena quede adaptada a la nueva demanda. Recuérdese: en el mercado no intervenido, toda la estructura productiva responde a las preferencias de los consumidores finales y se construye sobre éstas.
Por eso es tan importante que el consumidor acepte el nuevo precio sin chistar, que vea lógica y normal la subida, y no reduzca su consumo. Es aquí donde entran todos esos analistas tan listos y tan serios que nos machacan con la información de que “los precios de la gasolina tienen que subir debido al cierre del estrecho de Ormuz”, y de esa forma, cuando llegamos a la gasolinera y vemos la brutal subida del combustible, nuestras expectativas ya están ajustadas y nos es más fácil mantener lo que demandamos.
Pero yo quiero insistir en que no hay nada de inevitable ni de automático en todo el proceso, como he tratado de poner de manifiesto en las líneas anteriores. Que la decisión final sigue en el consumidor, y que si éste opta por reducir su consumo ante la subida, las gasolineras no tendrán más remedio que reducir sus márgenes o ajustar la estructura de producción. Eso sí, si tienes a todos los economistas del mundo machacándote día y noche con que el precio de la gasolina tiene que subir, mucha gente lo aceptará sin rechistar, y sus profecías serán auto-cumplidas. Lo que no me queda tan claro es si esos economistas están informando, o simplemente haciendo propaganda.
Notas
[1] Ya me explayé sobre el tema hace unos años: https://juandemariana.org/el-drama-de-subir-precios/
