Sobre el anarcocapitalismo (XVIII): plataformas de comercio electrónico

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En los últimos diez años se ha producido una revolución en el ámbito del comercio, al aparecer una serie de plataformas que coordinan a vendedores y compradores a través de catálogos situados en páginas web. Estas empresas usan mecanismos de pago electrónicos y se encargan de transportar el producto adquirido hasta el domicilio del comprador. Están abiertas las veinticuatro horas y permiten al consumidor comparar precios, calidades y opiniones de otros usuarios cómodamente desde su propia residencia.

La cuestión es que algunas de estas plataformas están situadas en China y, por lo tanto, no están sometidas a las regulaciones propias de la Unión Europea en el caso de que el comprador resida en este espacio. Los gobernantes europeos están viendo cómo muchos compradores europeos deciden adquirir productos que no están sometidos a estas normas y, por tanto, sienten que su capacidad regulatoria, de la que tan orgullosos se sienten, deja de ser efectiva. Por eso no dejan de idear fórmulas para poder controlar a millones de consumidores a los que parece no importarles tanto como a ellos la calidad de los productos adquiridos y que prefieren comprarlos a menor precio.

Se abre así un espacio de discusión alrededor de cuál es el alcance regulatorio de las autoridades europeas y si este puede o no afectar a otros territorios. Dado que no está bien visto culpar al consumidor, prefieren culpar a la malvada plataforma por ofrecer en su web productos que personas de otras procedencias geográficas deciden libremente adquirir, aun conociendo que pueden asumir riesgos al hacerlo.

No es verosímil pensar que una persona que adquiere ropa o un aparato electrónico a un precio muy bajo piense que la calidad de ese bien va a ser tan buena como la de uno más caro adquirido en un establecimiento europeo con todas las garantías legales. Simplemente puede querer un bien que la saque de un apuro y realizar un gasto que no le rompa el presupuesto. La demanda de calidad de un bien es algo subjetivo, y no todos los consumidores demandan lo mismo de un bien. Muchos prefieren algo barato que les satisfaga una necesidad inmediata antes que adquirir un bien de alta calidad y precio sólo para un uso.

Por usar una analogía muy común en medios académicos, no todo el mundo necesita un “Mercedes” para ir a la compra o hacer pequeños recorridos. Un coche de baja gama de segunda mano puede servir perfectamente para atender esos usos, incluso pudiendo adquirir el auto de alta gama. Simplemente, la calidad mínima, que casi siempre implica un precio mínimo, puede ser innecesaria para los usos que se pretenden. Y si el coste de adquirirla es superior a nuestras necesidades, o bien no se puede adquirir, o bien, aun pudiendo hacerlo, se descartará por resultar demasiado oneroso el desembolso.

Hace unas semanas fue noticia la multa que la Comisión Europea impuso a la plataforma china de ventas Temu por encontrar en su catálogo productos que los burócratas europeos consideran “ilegales”, como ropa infantil inflamable o cargadores de teléfono de baja calidad, entre otros productos. Supuestamente, estos productos no pueden ser vendidos en la Unión Europea al no cumplir las normas y regulaciones aquí establecidas, que, no está de más recordar, son establecidas de acuerdo con grupos de presión que buscan proteger a las industrias locales. Simplemente, observan cuáles son las características técnicas de la producción y ajustan a ellas sus normas, de tal forma que los productos de fuera no puedan competir.

Las regulaciones buscan establecer mercados cautivos, pero a escala europea, lo que explica la actividad de los lobistas, pues a una escala más pequeña difícilmente compensaría económicamente tal esfuerzo. Más que ilegales, pues en su país de origen no lo son, se exagera la definición simplemente para decir que no se adecuan a los requisitos aquí establecidos, sean estos o no los correctos o los que realmente demanda el consumidor europeo.

Lo cierto es que me parece una multa injusta, dado que la plataforma está radicada en China y debería, entonces, seguir las normas de aquel país y no las nuestras. En cualquier caso, la responsabilidad última debería ser siempre la de quien libremente accede a esas páginas y decide adquirir allí estos productos, que en Europa se calcula que son alrededor de ciento treinta millones de personas. A estas personas no parece importarles mucho si cumplen o no las regulaciones, pues simplemente buscan adquirir un producto a bajo precio.

Como es habitual en la retórica política actual, se infantiliza al consumidor, pretendiendo que este es una especie de ser ignorante que no sabe tomar sus propias decisiones, incapaz de asumir las consecuencias de sus actos y que, por tanto, debe ser protegido de sí mismo por los supuestamente benévolos y desinteresados burócratas y políticos de Bruselas. Ellos parecen saber, por algún tipo de ensalmo, mejor que nosotros mismos lo que nos conviene, y ni siquiera se nos permite la posibilidad de experimentar o equivocarnos.

Una vez adquiridos, los paquetes son transportados aquí desde el país asiático, pasando por cada vez más trámites y siendo encarecidos deliberadamente con la recientemente aprobada imposición de recargos tributarios a cada paquete que entra en la vieja Europa, supuesto paraíso de las libertades económicas. No sé hasta qué punto la legislación europea puede imponerse a países que no quieren ni tienen por qué querer nuestras normas y reglamentos. Ni siquiera sé si estas normas son o no las adecuadas, puesto que rara vez se discuten públicamente, sino que son aprobadas a través de procedimientos opacos y luego adaptadas forzosamente a la legislación tributaria de cada país miembro de la Unión.

La plataforma multada, como otras semejantes, vende sus productos a todo el mundo, y su estructura de calidades y precios está adaptada a la demanda de los consumidores del llamado sur global, que son menos exigentes que nosotros en cuanto a los requisitos de calidad de los productos. De establecerse los mismos criterios que aquí imperan, muchas madres de esos países simplemente no podrían adquirir ropa asequible para sus hijos, o esta les supondría un desembolso muy grande en relación con sus ingresos, obligándolas a privarse de bienes que también les son necesarios.

Sabiendo esto, la plataforma ofrece bienes baratos, pero asequibles para la mayor parte de la población mundial, y no sólo para la de los, por el momento, ricos europeos. Estas formas de comercio barato, de hecho, ayudan a salir adelante a muchas personas de bajas rentas del mundo, y subirles los precios no parece ser la mejor forma de aliviar su situación. Pero también permiten a muchos europeos adquirir bienes básicos a precios reducidos, lo que les permite vivir un poco mejor o incluso ahorrar algo.

Muchos de estos consumidores razonan que, si la ropa abriga a un niño indonesio, perfectamente puede hacerlo con uno de Lisboa o Valladolid, y más sabiendo que muchos de estos productos textiles son de vida efímera, pues sólo tienen utilidad durante unos meses, ya que los niños crecen rápido e invalidan cualquier inversión en vestimenta en un plazo muy corto de tiempo. Parecen bastante más racionales muchas de estas madres en sus adquisiciones domésticas que todos los doctores al servicio de la Comisión Europea, quizás porque las primeras no se han educado con las obras de Keynes o Stiglitz, mientras que los segundos sí.

A la Unión Europea, en vez de preocuparle que no exista ninguna plataforma de venta de productos europeos equivalente a la multada y que opere también a nivel mundial, parece interesarle más impedir que esta pueda vender aquí sus productos. Lo único de lo que puede presumir es de exportar regulaciones, amparándose en el famoso Efecto Bruselas, por el cual las normas y reglamentos de producción diseñados en Europa acaban por ser adoptados en otros espacios económicos.

Si este es el principal logro económico actual de la Unión, no parece que esta se haya revelado como un invento digno de imitar en el resto del mundo. De hecho, tras el fervor inicial por intentar integraciones económicas en otras regiones del mundo, parece que el interés en llevarlas adelante ha decaído sustancialmente en los últimos años. La Unión sólo atrae a países relativamente atrasados del espacio europeo, pero a ninguno de los países ricos de ese mismo espacio que aún no pertenecen a ella.

Estas regulaciones, muchas de ellas absurdas o que aportan bien poco a la calidad del producto o del servicio, quizás estén detrás de que no existan estas plataformas en Europa y de que los productos europeos sean cada vez menos competitivos en los mercados globales. El regulador es incapaz de prever todos los avances o cambios que se pueden producir en una determinada industria y que pueden mejorar su competitividad, pero actúa frustrando soluciones imaginativas o dificultando cambios en ella, al exigir que sea necesario adecuarse a las normas europeas.

A su vez, las normas europeas pueden no ser adecuadas para otros entornos, por lo que la producción de bienes europeos adaptados a sus propias normas tiene difícil salida en otros mercados. El lector que pueda estar leyendo esto seguramente, si revisa sus dispositivos electrónicos o su vestuario, encontrará que muy pocos de estos bienes proceden de países de la Unión. También, si repasa la prensa económica del último mes, podrá darse cuenta de que, entre las noticias económicas que se han producido y celebrado estas semanas, está la de la instalación de una fábrica de automóviles en Galicia de capital chino.

Parece que ya pasó el tiempo en que eran los europeos los que deslocalizaban allí su fabricación, pues muchas de sus industrias, incluidas las de bienes de alta calidad, como los automóviles de alta gama, han perdido buena parte de su competitividad, entre otras cosas por querer aislarse de los mercados mundiales con tantas normas y regulaciones, a las que pocos hacen caso hoy en día fuera del viejo continente.

Haría mejor la Comisión Europea en ver cómo recuperar la competitividad perdida en vez de castigar a los consumidores de bajos ingresos, de aquí y del resto del mundo.

Serie ‘Sobre el anarcocapitalismo’

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