Estamos en plena explosión de la inteligencia artificial y la robótica. Robots que deshierban campos con láser sin usar un solo gramo de herbicida, sistemas autónomos que gestionan explotaciones agrícolas completas, algoritmos que optimizan cadenas de suministro en tiempo real. La promesa es seductora: un futuro donde la tecnología haga el trabajo pesado, reduzca el esfuerzo humano y multiplique la producción de riqueza. Sin embargo, como explica con lucidez el profesor Miguel Anxo Bastos, la tecnología por sí misma no trae prosperidad automática. De hecho, puede agrandar las brechas si las sociedades no cuentan con la capacidad de ahorrar, acumular capital e invertirlo en usos productivos. Esa capacidad de cálculo y reinversión sistemática es, en el fondo, lo que define al capitalismo como herramienta de progreso.
La diferencia entre países ricos como Suiza y pobres como el Congo no está en la cantidad de horas trabajadas ni en la intensidad del esfuerzo. Está en si ese trabajo se realiza con capital o sin él.
Aquí radica el punto clave que Bastos subraya una y otra vez: las tecnologías avanzadas -ya sean tractores en el siglo XX o robots e IA en el XXI- no aparecen gratis ni se adoptan de forma masiva solo porque existan en el mercado global. Para desarrollar, fabricar y desplegar una excavadora o un robot autónomo hacen falta largos periodos de producción en los que no se genera el bien final, sino el bien de capital. Durante ese tiempo, alguien tiene que comer, vestir y mantener la sociedad. La única forma de financiar esos procesos largos y complejos es el ahorro previo acumulado e invertido.
Bastos lo resume con una analogía memorable: «Con una pala mueves poca tierra. Con una excavadora mueves mil veces más. El problema: para construir la excavadora necesitas meses o años donde no estás moviendo tierra, estás construyendo la máquina. ¿Cómo comes mientras construyes la excavadora? Necesitas haber ahorrado comida previamente. Cuanto más sofisticada es la sociedad, más ahorro previo se necesita».
Por eso define el capitalismo no como un mero sistema de intercambio, sino como una «tecnología mental»: la capacidad de posponer el consumo presente y reinvertir sistemáticamente el ahorro en bienes de producción de procesos cada vez más largos y productivos. El capitalismo es una reinversión sistemática del ahorro dedicada a la financiación de bienes de producción en procesos cada vez más largos. Los países que han interiorizado esta lógica -y han construido instituciones que la favorecen- son los que han podido adoptar cada nueva ola tecnológica y convertirla en prosperidad generalizada. Los que no, por mucho que la tecnología esté disponible, se quedan atrás.
Un ejemplo actual y muy gráfico lo tenemos en la agricultura de precisión. La empresa cropr ha puesto en marcha un robot autónomo que deshierba campos de achicoria mediante láser. La IA identifica las malas hierbas entre los cultivos y aplica un pulso láser ultrarrápido que destruye su punto de crecimiento sin dañar la planta deseada. Sin herbicidas químicos, sin residuos en el suelo, con capacidad de aprendizaje en cada misión y tecnología transferible a otros cultivos como zanahorias o cebollas. El potencial es enorme: rendimientos superiores, menor impacto ambiental y respuesta al grave problema de la resistencia a los herbicidas.
Sin embargo, esta innovación solo multiplicará la riqueza en aquellas sociedades que dispongan del capital necesario para adquirir los robots, crear la infraestructura de soporte, formar personal cualificado y escalar su uso hasta hacerla rentable. Los agricultores que operan con márgenes ajustados y sin acceso a financiación productiva seguirán usando métodos tradicionales, aunque el robot láser funcione de maravilla en otras latitudes. La tecnología existe; el capital para adoptarla, no siempre.
Lo mismo sucederá con el resto de aplicaciones de IA y robótica. La revolución está en marcha. Pero su impacto real en el nivel de vida dependerá de si las sociedades eligen reforzar los mecanismos de ahorro e inversión o, por el contrario, priorizan el gasto presente, la deuda o la redistribución sin base productiva.
En España todo apunta a que escogeremos el camino de la redistribución, pero eso no debería servir de excusa para el desánimo. La oportunidad es tan grande que permite que individuos aislados puedan marcar la diferencia. El futuro no pertenece a los robots o a las GPUs, sino a aquellos que sepan dirigir toda esa potencia de trabajo a los lugares adecuados. Ser un buen asignador de capital nunca ha sido tan importante y, aunque en nuestro país el capitalismo no es popular, sí contamos con un reducido grupo de especialistas que está bien situado para aprovechar las oportunidades que vienen. Quizá sea suficiente.
