En la parte I de esta serie expliqué por qué el fútbol, desde su marco institucional y jurídico, se parece mucho más a un orden libre que a una construcción política. Hay normas, sanciones, árbitros, comités y competiciones, pero todo ello funciona, en gran medida, porque los participantes aceptan voluntariamente someterse a esas reglas para poder jugar. Sin embargo, la relación entre fútbol y libertad no termina ahí. Si uno deja de mirar solo al reglamento y empieza a fijarse en quienes hacen posible el juego, la cosa se vuelve todavía más interesante. Los clubes, los aficionados, los jugadores, los fichajes, los salarios, las canteras y hasta las tácticas dentro del campo muestran que el fútbol no solo tiene una estructura jurídica muy libertaria, sino también una dinámica económica, social y deportiva profundamente basada en la libertad.
Clubes
Los clubes de fútbol son asociaciones privadas, empresas, sociedades, comunidades y marcas. A veces todo eso al mismo tiempo. Algunos pertenecen a sus socios, otros tienen propietarios privados, otros funcionan como sociedades anónimas deportivas y otros están vinculados a modelos híbridos. No existe un único molde universal que haya que imponer a todos. Y eso, lejos de ser un problema, es una de las grandes virtudes del fútbol. Distintos modelos institucionales compiten entre sí. El modelo de club de socios tiene unas ventajas y unos riesgos. El modelo de propietario privado tiene otras. El modelo de gran inversión internacional puede acelerar el crecimiento, pero también puede romper vínculos tradicionales y no formar parte del conocimiento local.
Las elecciones de presidentes en clubes de socios se parecen superficialmente a la democracia política, pero tienen una diferencia esencial. Son elecciones dentro de una entidad voluntaria donde el socio decide participar, paga, acepta unas reglas internas, y si deja de estar interesado o no le gustan los resultados, puede marcharse, dejar de pagar, dejar de votar o incluso fundar otro proyecto. En la democracia política, en cambio, la salida es mucho más difícil. Uno no puede darse de baja del Estado con la misma facilidad con la que deja de ser socio de un club. Por eso la democracia privada es moralmente aceptable, al contrario que la democracia política. Pues esta última no se apoya en propiedad, contrato y salida voluntaria. Si pierdes una votación dentro de tu club, sigues pudiendo abandonar la asociación. Si pierdes una votación política, el resultado se te impone igualmente mediante impuestos, leyes y sanciones.
Por tanto, la afiliación voluntaria es un elemento central. Nadie está obligado a ser del Betis, del Málaga, del Real Madrid, del Barcelona, del Almería o del equipo de su barrio. Uno lo es porque quiere, porque lo hereda, porque le emociona, porque le recuerda a su padre, porque le gusta la camiseta, porque el estadio le queda cerca o porque un 4 de mayo de 2022 vio al Real Madrid levantarle una eliminatoria imposible al Manchester City en dos minutos. La cuestión es que siempre hay pertenencia voluntaria sin coacción política. Se dice muchas veces que la libertad destruye la comunidad, como si la única forma de pertenecer a algo fuera ser inscrito por la fuerza en una identidad colectiva diseñada desde arriba. Sin embargo, el fútbol demuestra exactamente lo contrario, pues las comunidades más intensas suelen ser voluntarias. Un club puede generar lealtad, memoria, símbolos, himnos, sacrificio, tradición y vínculos reales sin necesidad de convertir a nadie en su súbdito. La afición es una comunidad voluntaria, y es tan fuerte precisamente por eso.
Ahora bien, esa comunidad no vive al margen del mercado. El aficionado es también consumidor y compra entradas, camisetas, bufandas, suscripciones, viajes, experiencias y comida en el estadio. Los clubes no pueden ignorar indefinidamente a sus consumidores. Pueden hacerlo durante un tiempo subiendo precios, maltratando al abonado, llenando el estadio de turistas, o tomando decisiones deportivas incomprensibles. Pero tarde o temprano pagarán la factura con menos asistencia, menos ambiente, menos reputación, y menos valor de marca. Por eso la financiación privada del fútbol es tan importante: patrocinios, publicidad, entradas, abonos, merchandising, giras, acuerdos comerciales, academias, palcos, experiencias premium y marcas globales. El fútbol profesional vive, en gran parte, porque millones de personas deciden voluntariamente dedicarle dinero y atención.
Cuando algo realmente interesa a una masa relevante de personas, encuentra formas de financiación voluntaria. Sin embargo, cuando nadie quiere pagarlo libremente, suele aparecer el político con una subvención explicando que es esencial para la sociedad mientras obtiene dichas rentas del bolsillo de terceros. Si el fútbol aburre, pierde audiencia; si pierde audiencia, pierde dinero; y si pierde dinero, tiene que cambiar. La cultura subvencionada rara vez recibe un mensaje tan claro.
Jugadores
En el mercado de fichajes el precio de un jugador no expresa una esencia objetiva que determine un valor metafísicamente a cada jugador. En un contexto concreto, un club está dispuesto a pagar esa cantidad porque espera obtener de él un determinado rendimiento deportivo, económico o estratégico. Un fichaje puede salir bien o mal, convirtiendo un jugador barato en estrella, o convirtiendo una promesa millonaria en un paquete. La función empresarial permite a unos ver antes que otros, arriesgar, anticipar, tratar de comprar barato y vender caro, formar canteranos, ceder, equivocarse y aprender. El fútbol demuestra así la importancia del cálculo económico.
La desigualdad salarial en el fútbol es otro tema especialmente útil, pues nadie se sorprende demasiado de que una estrella mundial cobre muchísimo más que un jugador suplente de un equipo modesto. Las personas entienden que si millones de personas pagan por ver a un jugador, si su presencia aumenta ingresos, vende camisetas, atrae patrocinadores, mejora resultados y multiplica el valor del club, ese jugador tiene una capacidad de generar valor muy superior. La desigualdad no es necesariamente injusticia. Es el reflejo de una diferencia de productividad, el problema en todo caso sería que alguien cobre mucho gracias al privilegio político.
Y al respecto del salario, también es muy interesante conocer el funcionamiento del salario mínimo en las ligas de fútbol profesionales. Los liberales tenemos una tendencia teórica a criticar el salario mínimo. Sin embargo, el salario mínimo interprofesional (impuesto por el gobierno) y un salario mínimo sectorial y contractual no son exactamente lo mismo. El salario mínimo estatal es una imposición general, uniforme y obligatoria sobre realidades radicalmente distintas. Trata como si fueran equivalentes al camarero de una zona turística, al trabajador agrícola, al empleado de una industria con mucha capitalización, al joven sin experiencia que busca su primer empleo y al trabajador especializado de una empresa altamente productiva.
El problema es que todos estos trabajos tienen productividades distintas, alternativas distintas, márgenes empresariales distintos, localizaciones geográficas distintas y mercados laborales distintos. El Estado no conoce toda esa información. Puede mirar estadísticas, medias, informes y gráficos, pero no puede saber con precisión cuál es la productividad marginal de cada trabajador, de cada empresa, de cada sector y de cada zona. Por eso, como explican algunos estudios, el salario mínimo político puede acabar expulsando del mercado precisamente a quienes dice proteger. Si se fija por encima de la productividad de determinados trabajadores, las empresas de dichos sectores contratarán menos, reducirán horas, sustituirán trabajo por capital o directamente no darán oportunidades a quienes más necesitan empezar.
Sin embargo, distinto es que en un sector concreto se pacte de forma voluntaria entre los actores un salario mínimo sectorial para subsanar un posible problema entre la capacidad negociadora de una de las partes (trabajadores) frente a otras (empresarios). Cuando una empresa tiene en su poder la concentración de la demanda, es compatible con el liberalismo que los trabajadores (que ofertan la fuerza de trabajo) se organicen para ganar poder de negociación frente a su empresario.
Esto permite elevar los salarios dentro de esa empresa o sector por encima de aquellos que impondría unilateralmente el empresario, precisamente por su elevado poder de mercado. Por lo tanto, el liberalismo es crítico con que los sindicatos negocien en su conjunto el salario mínimo de toda la economía; pero si los sindicatos intentan elevar el salario de un sector porque hay poder de negociación empresarial que lo está deprimiendo artificialmente, eso no va a ir contra la competitividad de la empresa.
Estudios como Minimum Wages and Employment: A Case Study of the Fast-Food Industry in New Jersey and Pennsylvania, observan como en un sector concreto el salario mínimo puede mejorar o mantener la productividad sin que exista ninguna pérdida de puestos de trabajo. Por tanto, el único salario mínimo posible es el establecido en base a acuerdos contractuales privados, cualquier salario mínimo político (nacional o sectorial) se enfrenta a un problema de cálculo económico e información necesaria donde el coste de equivocarse es mandar a mucha gente al paro.
Dentro de la liga de fútbol profesional puede haber situaciones concretas en las que jugadores con menos visibilidad, menor poder de negociación o menos alternativas queden en una posición débil frente a clubes con mayor capacidad contractual. En esta circunstancia, donde existe concentración de demandantes de trabajo o una estructura cerrada de competición, un mínimo pactado internamente puede equilibrar la negociación sin destruir necesariamente empleo, siempre que no supere la productividad real que esos jugadores aportan dentro del sistema.
En el fútbol ocurre exactamente eso, La Liga y la Asociación de Futbolistas Españoles (AFE) tienen establecido un salario mínimo (195.000€) que no destruye ningún puesto de trabajo y que todos los clubes aceptan voluntariamente al entrar en la competición. En ese caso no hablamos de un decreto nacional aplicado a toda la economía, sino de una cláusula privada de pertenencia a una competición. El club que quiere participar acepta esas condiciones, los jugadores las conocen, y La liga las incorpora a su marco contractual. El fútbol es tan libertario, que dentro de él funciona hasta el salario mínimo.
Pero por si esto no fuese poco, el fútbol de clubes sirve incluso para luchar frente a los nacionalismos y apoyar la inmigración. En el mercado de fichajes, casi todo el mundo entiende que un club quiera contratar al mejor jugador disponible, sea español, argentino, marroquí, francés, brasileño, noruego o japonés. Lo importante es lo que aporta al equipo. Su pasaporte puede tener relevancia administrativa o emocional, pero deportivamente lo decisivo es su talento. Prácticamente todos los aficionados aceptan sin problema que su club fiche extranjeros, pero luego quieren cerrar el mercado laboral ordinario a trabajadores de otros países. Si el delantero extranjero mejora a tu equipo, ¿por qué el ingeniero extranjero, el camarero extranjero, el médico extranjero o el programador extranjero no pueden mejorar una empresa o una comunidad? En el fútbol lo vemos claro porque queremos ganar. En la economía deberíamos verlo igual de claro porque queremos prosperar.
La única parte del fútbol que se puede considerar nacionalista son las competiciones de selecciones. Sin embargo, tal cosa sólo ocurre por la configuración de Estados hoy existente en el mundo. Si la sociedad fuese tan libre como es el fútbol, probablemente la configuración del fútbol de selecciones sería distinta. Quizás habría competiciones entre jugadores de distintas comunidades autónomas (en el caso de España), quizás habría competiciones entre países (o territorios geográficos) hispanos, u otras combinaciones similares.
Además, en última instancia, cuando las competiciones de selecciones se vuelven nacionalistas es porque los políticos pretenden apropiarse del resultado económico o social que producen las competiciones. Desde el punto de vista social, para el político la “unión” de todo el país por la selección es un buen arma de blanqueamiento frente a determinadas políticas. Desde el punto de económico, el fútbol puede reportar grandes beneficios a las ciudades donde se trasladan las competiciones de selecciones. Por tanto, el nacionalismo achacable al fútbol es, en realidad, consecuencia de la interferencia política dentro de este deporte.
Juego y evolución normativa
Incluso dentro del campo de juego, el fútbol puede ser una lección de libertad. La innovación táctica funciona de manera muy parecida a la competencia empresarial. Ningún Estado decide qué formación debe utilizarse, ni establece que el 4-3-3 es racional y el 3-4-3 sospechoso. Por suerte para todos, ningún ministerio prohíbe el falso nueve por considerarlo una alteración peligrosa del orden natural del delantero centro. Si el Estado regulara las formaciones, un decreto podría obligar a todos los equipos a jugar con cuatro defensas porque históricamente ha funcionado bien, prohibir la salida de balón desde atrás por considerarla demasiado arriesgada, exigir una licencia administrativa para practicar la presión alta o someter el uso del falso lateral a un informe técnico favorable. Incluso el entrenador tendría que justificar ante una comisión pública por qué ha retirado al mediocentro en el minuto sesenta. Sería ridículo y, sin embargo, esa es muchas veces la lógica con la que se regula la economía.
Esto no significa que el fútbol carezca de normas, sino que sus reglas establecen el marco general de la competición sin decidir cómo debe actuar cada participante. La historia del reglamento muestra, además, un proceso continuado de adaptación. Antes de 1863 coexistían en Gran Bretaña diferentes códigos locales, hasta que la Football Association aprobó trece reglas comunes. Aquellas primeras normas ya prohibieron el hacking —patear deliberadamente las espinillas del adversario—, las zancadillas y otras formas de violencia que algunos clubes querían conservar. El fútbol, por tanto, no nació como un espacio en el que todo estuviera permitido, pero sí como un deporte cuya protección del jugador era todavía elemental y cuya aplicación arbitral resultaba mucho menos precisa que en la actualidad.
Desde entonces, las reglas han evolucionado principalmente para corregir problemas concretos que aparecían durante la propia competición. El penalti fue introducido en 1891 porque las sanciones existentes no compensaban adecuadamente las infracciones cometidas cerca de la portería. En 1925 se reformó el fuera de juego, reduciendo de tres a dos el número de adversarios que debían encontrarse entre el atacante y la línea de gol. La regla anterior estaba siendo aprovechada mediante la llamada táctica del one-back game, con la que los defensas provocaban fueras de juego constantes, interrumpían el partido y reducían las oportunidades ofensivas. La reforma abrió el campo, aumentó los goles y obligó a los equipos a buscar nuevas soluciones defensivas, contribuyendo a la aparición de sistemas como la formación WM. La institución modificó un incentivo que estaba empobreciendo el espectáculo, pero fueron los entrenadores quienes descubrieron cómo adaptarse al nuevo escenario.
También fue necesario perfeccionar las sanciones disciplinarias. Uno de los ejemplos más extremos fue la denominada «batalla de Santiago» del Mundial de 1962, un partido entre Chile e Italia marcado por puñetazos, patadas, expulsiones e intervención policial. Cuatro años después, durante el Mundial de Inglaterra, la confusión entre un árbitro alemán y varios jugadores argentinos llevó a Ken Aston a imaginar un sistema universal de advertencias inspirado en los semáforos. Las tarjetas amarilla y roja se utilizaron por primera vez en un Mundial en México 1970. Décadas más tarde, antes del Mundial de 1998, se reforzó expresamente la expulsión para las entradas por detrás que pusieran en peligro la integridad del adversario. No se prohibió el contacto físico ni se transformó el fútbol en un deporte sin choques: se fue delimitando con mayor claridad la diferencia entre competir con intensidad y lesionar impunemente al contrario.
El Athletic Club de Javier Clemente permite observar esa transformación, pues aunque sería injusto afirmar que sus triunfos se explicaron únicamente por la dureza, aquel equipo ganó dos Ligas consecutivas y completó el doblete de Liga y Copa en la temporada 1983-1984 en parte porque los árbitros toleraban acciones que actualmente recibirían sanciones mucho más severas. El caso más conocido fue la entrada de Andoni Goikoetxea sobre Diego Maradona en septiembre de 1983, que provocó una grave lesión en el tobillo del argentino. Meses después, Athletic y Barcelona volvieron a encontrarse en la final de Copa de 1984, un partido extremadamente físico en el que se mostraron siete tarjetas amarillas, ninguna roja y que terminó con una pelea multitudinaria sobre el césped.
Aquello demuestra hasta qué punto el marco normativo condiciona los comportamientos. Cuando una entrada peligrosa apenas implica una falta, una tarjeta amarilla o una sanción posterior reducida, los equipos incorporan esa tolerancia a su estrategia. Cuando la misma acción puede dejar al equipo con diez jugadores y provocar varios encuentros de suspensión, el incentivo cambia. El fútbol no dejó de ser competitivo porque se protegiera mejor a los atacantes; simplemente dejó de premiar en la misma medida determinadas formas de violencia. Las reglas modificaron los límites, mientras que los jugadores y entrenadores siguieron siendo libres para descubrir las mejores maneras de competir.
Algo parecido ocurrió con la cesión al portero. Hasta 1992, un defensa podía pasar deliberadamente el balón hacia su guardameta para que este lo recogiera con las manos. Muchos equipos utilizaban esta posibilidad para perder tiempo y congelar los partidos. La prohibición no ordenó a los equipos salir jugando desde atrás, pero cambió los incentivos y obligó a los porteros a desarrollar su juego con los pies. De esa sencilla reforma surgieron nuevas soluciones tácticas: centrales más preparados técnicamente, guardametas que participan en la circulación y equipos capaces de iniciar los ataques desde su propia área. Una regla destinada a evitar una conducta oportunista terminó abriendo un enorme campo para la innovación.
El VAR representa la fase más reciente de ese proceso. Nació para corregir errores claros, mejorar la justicia del juego y evitar que decisiones arbitrales manifiestamente equivocadas determinen un partido. Puede gustar más o menos porque genera interrupciones, revisiones prolongadas y discusiones sobre posiciones milimétricas. Sin embargo, es un ejemplo de cómo las instituciones del fútbol experimentan con nuevas herramientas, evalúan sus resultados y modifican sus procedimientos. El VAR fue incorporado oficialmente a las Reglas de Juego en la temporada 2018-2019 y su protocolo continúa siendo revisado a medida que aparecen nuevos problemas.
La evolución del fútbol no ha consistido, por tanto, en imponer desde arriba una manera correcta de jugar. Las organizaciones fijan reglas generales destinadas a proteger al jugador, limitar el fraude, mantener la fluidez y resolver los conflictos; después, miles de clubes, entrenadores y futbolistas descubren descentralizadamente cómo aprovechar ese marco. Cada modificación produce consecuencias inesperadas, nuevas tácticas y respuestas competitivas. Las reglas delimitan el terreno, pero la creatividad permanece en manos de quienes juegan. Esa combinación entre normas generales e innovación libre es, precisamente, una de las razones por las que el fútbol nunca deja de evolucionar.
Author: Nicolás Sánchez Cominero
Nicolás Sánchez es estudiante de Derecho y Economía en la Universidad de las Hespérides, interesado en la Escuela Austriaca de Economía. Es coordinador local de Students For Liberty y colabora con otras organizaciones.
