La ciencia económica se ha centrado históricamente en la comprensión de la producción de bienes y ha descuidado el estudio de la distribución e incluso el tratamiento económico de los residuos. Podríamos decir que es una derivada del marxismo, que entendía toda la economía a través de la producción y despreciaba los procesos de intermediación y distribución, tildándolos poco menos que de parásitos sociales. Muy probablemente porque no encaja con sus teorías del valor trabajo y la explotación, pues sólo el trabajo productivo sería capaz de generar valor.
Se puede comprobar perfectamente que en las economías de tipo soviético se planificaban grandes plantas de producción de acero, grandes turbinas eléctricas y gigantescas plantas de producción de tractores (financiadas con apoyo norteamericano) y otros bienes de capital industrial. Pero la logística de distribución era un desastre, y muchos alimentos, por ejemplo, se pudrían en el proceso de transporte y comercialización, por puro desinterés, pues, una vez cumplidos los objetivos estadísticos del plan, los demás procesos tenían poco interés para los burócratas encargados de la planificación. No sólo los marxistas: las demás escuelas le dan relativamente poco peso en sus análisis teóricos a los procesos económicos que acontecen después de la producción física de los bienes destinados al consumo.
Esto tuvo su traducción históricamente en las guerras. Así, observamos que en la Segunda Guerra Mundial buena parte de los ataques, sobre todo los de los aliados a la Alemania nazi, se centraron en destruir su capacidad industrial, sean fábricas o refinerías, y en bloquear el acceso de esta a las materias primas necesarias para estas. Se buscaba así impedir la producción de bienes de consumo, para de esta forma ahogar económicamente al enemigo, o dificultar los suministros de material bélico.
Los historiadores no relatan que se atacasen de forma sistemática tiendas o centros comerciales o la logística de distribución, sean silos o depósitos, salvo los que se refieren a combustibles o municiones para la industria de guerra. El efecto de atacar los bienes ya producidos sería aún peor que impedir su producción, pues el daño causado a la población sería el mismo o incluso peor, pues afectaría a más eslabones de las cadenas de suministro y de valor, dejando sin utilidad alguna a la producción previa e incluso invalidando los ingentes esfuerzos hechos para importarlos desde otros países.
La visión de que lo importante en una economía es la producción olvida que, sin organizaciones que la hagan llegar al consumidor final, todo lo que se pueda producir vale de bien poco. Pero parece que este descuido de la distribución como arma de guerra política está poco a poco reconsiderándose y comienza a ser visto como un arma de enorme potencial.
La invasión de Ceuta por decenas de miles de jóvenes inmigrantes ha vuelto a poner de moda las técnicas de la guerra híbrida, en este caso el uso como armas de flujos de personas orientadas a desestabilizar políticamente a otro Estado. No es novedad, pues ya se había ensayado hace unos años desde la frontera de Bielorrusia con Polonia, al acumular en ella grandes cantidades de emigrantes, traídos de todo el mundo con vuelos subvencionados, para intentar desestabilizar al Gobierno de Polonia y, de paso, a la Unión Europea.
La guerra híbrida no se dirige específicamente contra objetivos militares, sino que busca dañar sustancialmente la economía del país enemigo o forzar algún tipo de problema social o político que pueda contribuir a crear conflictos internos que dañen a sus gobiernos, pero sin buscar directamente alcanzar objetivos letales que puedan provocar una guerra abierta.
Sin embargo, los cambios recientes en la forma de afrontar la guerra por parte de Ucrania, que ha mostrado una portentosa capacidad de evolución en los más de cuatro años de guerra, desde su casi derrota en los primeros días del conflicto a la iniciativa que muestra en drones y otras armas de última generación, no han llamado tanto la atención, quizás debido a que este conflicto ha pasado a un segundo plano y parece haber asumido más las características de un evento cotidiano que las de un conflicto que en su momento fue absolutamente excepcional. La volátil opinión pública vuela de guerra en guerra y ha abandonado este conflicto, aún sin mucho menos haber terminado.
Los ucranianos han decidido en las últimas semanas orientar su esfuerzo de guerra al ataque de la logística enemiga, pero no a la militar, como sería lo pensable, sino a la comercial. Los viejos teóricos militares, como nos recuerda Martin van Creveld en su libro Los abastecimientos en la guerra, publicado hace algunos años en la editorial del Ministerio de Defensa español, decían que el aficionado se centra en la estrategia, mientras que el profesional lo hace en la logística.
Muchos ejércitos que contaban con estrategas formidables perdieron guerras por descuidar el correcto aprovisionamiento de víveres, municiones, combustible o incluso ropa de abrigo. La Alemania nazi, sin ir más lejos, ya tenía problemas serios de suministro de bienes fundamentales para el conflicto bastante antes de que llegara el General Invierno, al que culparon de su derrota en su ofensiva contra la URSS. De ahí que los objetivos ucranianos en sus primeros años hayan intentado dañar los suministros y el transporte del ejército ruso, atacando depósitos de municiones y vías férreas.
Pero la nueva estrategia es distinta: busca atacar a las grandes distribuidoras de productos comerciales, en especial a Wildberries y Ozon, los equivalentes rusos de las grandes empresas de logística y distribución americanas y chinas, de esas que nos suministran todo tipo de bienes a domicilio con un clic.
En Rusia muchas pequeñas empresas precisan del concurso de estas plataformas para poder comercializar sus productos, muchos de los cuales han sido destruidos en los ataques a sus almacenes, al contar con una estructura de distribución muy bien dimensionada y con presencia en todo el país. Si la logística comercial no funciona, al ser destruida por los ataques, muchas empresas pequeñas y medianas se ven dificultadas, cuando no imposibilitadas, para colocar sus productos en el mercado ruso y no obtienen ingresos.
Además, han destruido muchos bienes ya entregados a estas cadenas de distribución, que no van a poder ser cobrados. Lógicamente, estas pequeñas empresas están teniendo problemas para pagar a sus empleados y a quienes les suministran materiales y servicios. El problema no se queda en estas empresas y sus empleados, sino que se extiende al sistema bancario, al no poder estas empresas atender al pago de sus créditos, lo que mete aún más presión al ya maltrecho sistema financiero ruso, después de años de conflicto sin que se vea un fin cercano a esta guerra sin sentido.
La mora bancaria no ha dejado de crecer, y esto anticipa problemas financieros en el país. De momento, gracias a la pericia de su banquera central, Elvira Nabiúllina, que ha sabido gestionar con bastante solvencia los problemas financieros derivados de la guerra, quizás porque ha sido capaz de mantenerse dentro de la ortodoxia financiera, a pesar de que una guerra no es el mejor lugar para poder hacerlo. Pero incluso así está teniendo problemas serios de inflación, a los que se comienzan a sumar problemas de solvencia en algunas entidades, derivados precisamente de este tipo de ataques.
De hecho, este tipo de ataques están haciendo más daño a la economía y a la moral de guerra rusas que los ataques convencionales. Los rusos comienzan a sentir en su economía cotidiana los efectos de la guerra y comprueban que esta va para largo y que no tiene fácil solución, por lo que el apoyo a la misma se erosiona.
Además, estos ataques descoordinan el suministro de bienes y consiguen que la población rusa comience a ver en sus bolsillos las consecuencias de iniciar un conflicto como este. Las guerras nunca son inocuas y no traen beneficios, en el caso de ganarlas, salvo para sectores muy concretos de la sociedad, que son los que más presionan para continuarlas. Es el mismo fenómeno que se está pudiendo ver en los Estados Unidos con su fallida guerra en Irán y que está dañando de forma muy severa a la base política del presidente Trump.
Como se puede comprobar, las formas de hacer la guerra están siempre mutando. Es cierto que no siempre hacia una mayor letalidad, pero sí hacia una destrucción absurda de bienes industriales, como las refinerías que producen parte del diésel que consumen nuestros camiones y automóviles, e infraestructuras físicas como puentes, carreteras o ferrocarriles.
La guerra es ahora, más que nunca, un conflicto económico, que busca no tanto destruir al enemigo sino hacer que a este no le compense continuarla. Se trata de que los costes económicos que ocasiona cualquier guerra, más allá de los estrictamente militares, sean tan elevados que cualquier ventaja que pudiese obtener, en el caso de que sus objetivos se cumplan, implique una pérdida mayor en la economía del país agresor. Y esto se está cumpliendo en esta guerra.
La lección añadida que se aprende es la enorme importancia que tiene la distribución y la logística de transporte en las economías modernas. La mayoría del discurso económico imperante no le había dado gran importancia, centrándose, como siempre, en la producción, quizás, como antes apuntamos, debido a la influencia del pensamiento marxista, que prácticamente la considera como algo inútil y prescindible y la madre de todas las especulaciones.
Muchas son aún persistencias históricas en los idearios que determinan las lógicas de actuación de los Estados, que no son más que reliquias del mercantilismo, el marxismo o el keynesianismo y, peor aún, mezcladas entre ellas sin coherencia alguna. La gran desgracia es que la mayor parte de estas ideas son erróneas y surten efectos negativos no sólo sobre la economía.
Es hora de tenerlo en cuenta y reivindicar la importancia de discutirlas. Va la paz en ello.
Serie ‘Sobre el anarcocapitalismo’
- (XX) Lecturas para el verano de 2026
- (XVIII) Plataformas de comercio electrónico
- (XVII) Guerra descentralizada en Irán
- (XVI) ¿El fin del imperio americano?
- (XV) Intervención en Irán
- (XIV) Socialismo ferroviario
- (XIII) Parques eólicos
- (XII) El lento declive de Europa
- (XI) La COP30 no solucionará nada
- (X) El fracaso de la transición hacia la movilidad eléctrica
- (IX) Sobre la omnipotencia del Estado
- (VIII) ¿Mejor sin gobierno?
- (VII) Lecturas para el verano de 2025
- (VI) ¿Para qué sirve el anarcocapitalismo?
- (V) Anarquía en la Iglesia Católica
- (IV) Sobre la defensa europea centralizada
- (III) ¿Más o menos Europa?
- (II) Tamaño y grupos de presión
- (I) Rothbard como historiador de la derecha americana
