El impacto de la IA en nuestra sociedad

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Son contínuas, matutinas y vespertinas las conversaciones en las que se polemiza sobre la inteligencia artificial. Normalmente lega en economía, la gente suele pronunciar grandes soflamas sobre los impactos económicos de la irrupción de esta tecnología en nuestras vidas. Me explicaron hace tiempo que no es cortés dar explicaciones a quien no las ha pedido, así que, si estás leyendo estas líneas voy a presuponer que estás abierto al debate. Te propongo entonces hacerte partícipe de mis respuestas a algunas preguntas que nunca nadie me hizo pero que me gustaría haber escuchado.

Si la demanda de trabajo disminuye, ¿los salarios y el poder adquisitivo de las familias van a disminuir?

Intuitivamente, la primera conclusión a la que llegamos es que si la productividad del capital va a multiplicarse de manera más importante que la del trabajo, el poder de negociación de los trabajadores para con las empresas va a disminuir y los salarios disminuirán en consecuencia. La demanda agregada podría caer y esto podría crear una crisis de subconsumo típicamente keynesiana.

A esta cuestión quise responder, pero nunca lo hice, que los rendimientos del capital multiplicados gracias a la inteligencia artificial no desaparecen y no se van a convertir en beneficio puro para los empresarios. De manera natural, ese capital será reinvertido en otras áreas de la economía. Existe una ley de hierro en economía que nos indica que en un mercado libre y competitivo, los rendimientos del capital tienden a nivelarse entre los diferentes sectores e industrias a largo plazo. Este fenómeno se explica principalmente a través de la movilidad del capital y mecanismos internos de arbitraje.

Es decir, que cuando el mercado emita señales de que la industria de la inteligencia artificial obtiene más beneficios que otras, la oferta en esta misma industria aumentará en busca de esos codiciados rendimientos y por ende los precios y los beneficios se estabilizarán a la baja. Por último tendría que haberle recordado que el bienestar de los trabajadores no se mide por sus salarios nominales (la cantidad de dinero que ganan), sino por sus salarios reales (lo que pueden comprar con ese dinero). Es decir, que estamos probablemente ante un boom deflacionario de bienestar, todo va a costar mucho menos y nos hará a todos mucho más ricos.

¿Vamos a perder todos nuestros trabajos?

No quise intervenir en ese preciso momento, pero pensé: “Sí, pero no. Seguramente vayas a perder tu trabajo, pero aún con más seguridad vayas a encontrar otro mejor pagado y trabajes menos.“

Recordemos antes de todo cómo nos hacemos ricos: todo parte de una restricción primigenia del consumo presente por el consumo futuro. Estos medios ahorrados se invierten a medida en estructuras de producción que cada vez se hacen más complejas – o capital de orden superior que diría Menger – y se alargan hacia estadios más alejados del consumo. La especialización y la división del trabajo hacen su magia, la productividad del capital se multiplica y la riqueza real – y no nominal – brota de entre las piedras para ofrecernos, por ejemplo, la sociedad inmensamente rica en la que vivimos.

Aterrizando toda esta palabrería, la ciencia económica nos dice que efectivamente muchos de nosotros perderemos nuestros trabajos, lo que liberará una cantidad ingente de capital humano – el más escaso -, esto a su vez, nos permitirá invertirlo en los eslabones más alejados de la cadena de producción y así multiplicar aún más la productividad de nuestra estructura de capital. Hablando en plata, aquí estoy haciendo referencia al escriba que se hizo editor de prensa, al jinete que se convirtió en maquinista y al recepcionista que se hará adiestrador de robots en línea.

Es para otro artículo – más propio de la ciencia ficción – pensar en cómo va a reorganizarse el nuevo mercado laboral. Está claro que las barreras de entrada para aquellos oficios altamente codificados van a reducirse o eliminarse por completo, para lo que habrá que tener en cuenta los impactos en la oferta y la demanda de estos mismos trabajadores. Por ejemplo, si ser desarrollador web ya no requiere conocer en profundidad un lenguaje de código, habrá inexorablemente más desarrolladores en el mercado y los salarios disminuirán.

Como señala Joel Mokyr (The Gifts of Athena: Historical Origins of the Knowledge Economy, 2003) existen dos tipos de conocimiento útil: el proposicional, relativo al entendimiento de las grandes leyes de la naturaleza y el prescriptivo, relativo a la técnica, a cómo aplicar esas grandes leyes a la transformación de nuestro entorno. Aunque en su obra no trate directamente el impacto de la IA, la teoría de Joel Mokyr nos permite adelantar unas conclusiones sobre la triangulación entre IA, conocimiento y mercado laboral:

  1. El conocimiento técnico-prescriptivo será sobreabundante en términos relativos debido a la disminución del coste de adquisición y uso; mientras que el proposicional se hará escaso en términos relativos
  2. El conocimiento prescriptivo necesita del proposicional para pasar del average practice al best practice. Esto quiere decir que: necesitamos conocer las leyes fundamentales de la naturaleza para ahondar en técnicas de producción cada vez más avanzadas
  3. El conocimiento proposicional retroalimenta al prescriptivo y viceversa
  4. El aumento del conocimiento prescriptivo es, con la inversión en capital, condición sine qua non para el desarrollo económico

Quién sabe si en un futuro los filósofos volverán a ser estrellas del rock.

¿La riqueza va a concentrarse en aquellos pocos tecnócratas que detienen la mayor parte del capital?

Obviando que ninguna empresa se enriquece sin previa satisfacción de una necesidad de sus clientes y que el enriquecimiento es equivalente a bienestar social, veamos qué pistas nos deja la prensa rosa de la industria tecnológica sobre este tema. En junio de 2026, tras una serie de alertas que apuntaban a un desalineamiento de la inteligencia artificial con respecto a sus creadores, Sam Altman y Dario Amodei CEOs de Antropic y Open AI, desataron un estado de histeria colectiva con una petición por parte de ambos CEOs en la cual pidieron públicamente un freno supervisado del ritmo de desarrollo tecnológico a través de un manifiesto llamado Pacing the Frontier. La primera lectura del titular da escalofríos a aquellos que hemos visto películas como Transcendence o Ex Machina, pero una segunda lectura da escalofríos también a aquellos que hemos leído a Friedman y a Hazlitt.

Lo que estas soflamas milenaristas esconden es un miedo primitivo a la nueva competencia. Los nuevos modelos chinos como Kimika 3 de Mohot han demostrado cómo de frágiles son los tronos de mármol de las grandes corporaciones americanas, especialmente en mercados aún por regular como el de la IA. Es un ejemplo simple de problema de cálculo económico: estas grandes corporaciones debido a su incapacidad de establecer sistemas de precios internos y hacer un cálculo real de costes y beneficios, van a tender a una asignación ineficiente del capital, lo que provocará irremediablemente una pérdida de competitividad y en última instancia, serán reemplazadas por otras compañías, más pequeñas, más ágiles y más eficientes.

Frente a este irremediable problema, las grandes corporaciones siempre han intentado, intentan e intentarán crear barreras de entrada que dificulten la irrupción de nuevos competidores. Estas barreras de entrada toman la forma de regulaciones sobre los salarios mínimos, normativas sobre la calidad de los productos o pactos sobre la seguridad de tecnologías supuestamente peligrosas. Con esta afirmación no se pone en tela de juicio lo beneficioso de subir o bajar los salarios, de implementar controles de calidad o de poner guardarraíles a la IA; lo que se pretende es dar luz al objetivo perverso que hay detrás de estas regulaciones, que no es otro que el proteccionismo comercial propio de nuestras economías modernas.

Los CEOs de estas dos compañías son perfectamente conscientes de que en una situación de mercado libre existe una tendencia por las compañías pequeñas y disruptivas. Por este motivo, las grandes corporaciones cercanas a los poderes públicos siempre anhelarán encontrar los privilegios de monopolio en las garras del Estado.

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