En su libro «Perdidos en las matemáticas», Sabine Hossenfelder sostiene que la física de fundamentos se ha atascado porque, sin datos nuevos, los teóricos usan la “belleza” (simetría, unificación, naturalness) como criterio de verdad. Eso ha impulsado supersimetría, cuerdas y similares: ideas elegantes que el experimento no confirma y que a menudo no se pueden falsear. Los problemas que pretenden resolver (Higgs afinado, constante cosmológica, etc.) no son inconsistencias, sino preferencias estéticas. La física no es matemáticas: hay que dejar que la observación mande.
El fenómeno que critica Hossenfelder se amplifica en el resto de los ámbitos del saber, donde es mucho más fácil aislarse de la realidad. Hemos tenido un ejemplo durante este verano en un debate sobre la inmigración.
Paul Graham lo dejó escrito en una sola frase: se puede ser partidario de la meritocracia o contrario a la inmigración, pero no las dos cosas a la vez. Bryan Caplan, economista de George Mason y autor de Open Borders, se apresuró a darle la razón. En una viñeta de su propio libro resume el argumento: si la regla es contratar a la mejor persona para el puesto, la mejor persona, no el mejor ciudadano, entonces las leyes de inmigración obligan a hacer lo contrario. Las fronteras abiertas serían, según esa fórmula, meritocracia sin fronteras.
El razonamiento tiene el atractivo de las analogías limpias. Un empleador que descarta al candidato más capaz por el pasaporte está aplicando un filtro de casta territorial. Quien se toma en serio el mérito debería, por consistencia, dejar que el mercado elija en un pool mundial. Hasta aquí el silogismo. El problema empieza cuando comienza la observación del experimento en el mundo real.
Porque una persona puede cruzar una frontera precisamente por mérito (el expediente académico, la oferta de un laboratorio, el visado F-1 de una universidad de prestigio) y, una vez dentro, su presencia choca con otros agentes del país: con la política exterior del Gobierno, con la opinión pública, con la seguridad del campus, con el vecino que no contratará a nadie y sin embargo pagará las consecuencias del conflicto. El mérito abre la puerta. No decide qué ocurre después.
Eso es lo que acaba de ilustrar el tribunal federal del Distrito Norte de California. El 28 de agosto, la juez Noël Wise falló a favor del periódico estudiantil de Stanford y de una estudiante extranjera en situación regular. El Gobierno había usado normas de la ley de inmigración que permiten revocar un visado a discreción y declarar expulsable a un extranjero si su presencia «compromete un interés convincente de política exterior». Según la demanda, esas cláusulas se estaban aplicando a estudiantes y académicos por opiniones favorables a Palestina o críticas a Israel.
La Administración responde que el visado es un privilegio y que Estados Unidos no está obligado a retener a quien perjudica un interés de política exterior. La jueza recuerda otra cosa: una vez el extranjero reside lícitamente en el país, la Primera Enmienda impide expulsarlo por el contenido de un discurso que la Constitución protege. Si la opinión es la causa de la revocación, hay discriminación por punto de vista. No se puede revocar su residencia en el país.
Así que tenemos un sistema, el meritocrático, que obvia información básica para la convivencia. Lo seres humanos no somos solo agentes productores, también tenemos otras facetas que hay que tener en cuenta. Visualicemos esto con un ejemplo de un perfil social muy abundante en Estado Unidos:
Kenneka fue a una fiesta en una habitación de hotel en un Crowne Plaza cerca de Chicago la noche del 8 de septiembre de 2017, y fue encontrada muerta en el congelador de acceso peatonal del hotel al día siguiente.
La causa de muerte se determinó como hipotermia. Tenía un nivel de alcohol en sangre de 0.112%, así como el medicamento para la epilepsia topiramato en su sistema y parece que se había intoxicado fuertemente, de alguna manera tropezó y entró al congelador, se desmayó y se congeló hasta la muerte.
La tarjeta de crédito usada para reservar la habitación del hotel para la fiesta a la que asistía Kenneka era fraudulenta y estaba conectada a robo de identidad, y las personas que organizaban la fiesta eran miembros de una pandilla de Chicago.
El congelador de acceso peatonal donde murió Kenneka no tenía cerradura y estaba equipado con un pestillo de seguridad funcional que aseguraba que pudiera abrirse desde adentro para que nadie pudiera quedar atrapado dentro. Sin embargo, su familia demandó al hotel por 50 millones de dólares argumentando que el hotel fue negligente al no cerrar con llave el área de la cocina para evitar que borrachos entraran tambaleándose, y el hotel llegó a un acuerdo por 10 millones de dólares
Kenneka no era una inmigrante. Era ciudadana de Estados Unidos. Nació y creció allí. Tuvo acceso a, en palabras de Jeff Bezos, al sistema América:
- El mejor capital de riesgo del mundo.
- Recursos naturales e independencia energética.
- El inglés como lengua franca global.
Un mecanismo meritocrático debería haber detectado que Kenneka y su familia no se merecen tener acceso a este sistema, del que solo saben sacar partido sin aportar nada. Deberían haber sido intercambiados por, digamos, una familia del Congo que sí tengan capacidad de aportar valor en un entorno así.
Pero todos sabemos que esto sería un disparate. A los ciudadanos de un país no se les puede forzar a abandonarlo solo porque puntúan más bajo en productividad y civismo respecto a candidatos extranjeros. Pero es precisamente a lo que conduce la lógica de Graham, y lo que llevó a Palmer Luckey a ridiculizar su postura,
Luckey no está en contra de la inmigración. Está en contra de argumentos pro-inmigración que ya se han demostrado falsos. Eso no convierte a las teorías contrarias en verdaderas. Pero sí debería centrar el debate en un escenario realista.
Desde 2014, y especialmente desde 2021, hemos asistido a un gran experimento social que ha implicado todo tipo de inmigración. Y no parece que esté dando buen resultado. Lo responsable intelectualmente es aprender de los que observamos, no repetir las teorías que sonaban bien hace una década. Pero para eso, me temo, vamos a tener que librarnos primero de una generación de intelectuales que están demasiado enamorados de la elegancia de sus ideas.

