Augusto Comte y el liberalismo

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Auguste Comte (1798- 1857), científico, reformador social y creador de la palabra “altruismo”, formuló la doctrina del positivismo, que tanta influencia ha tenido en el pensamiento y la mentalidad de los siglos XIX y XX. A menudo se le considera como el primer filósofo de la ciencia en el sentido moderno del término. También fue el creador de la sociología, pues inventó el término y trató esa disciplina como el logro supremo de las ciencias. Muy influenciado por el pensador y socialista utópico Conde de Saint-Simon (1760-1824), del que fue secretario, recibió también la influencia del utilitarismo de Bentham (1748-1832), y mantuvo correspondencia y trato con John Stuart Mill (1806-1873), una amistad que acabó en ruptura estrepitosa.

Comte creó la llamada filosofía positiva, el positivismo, para despejar el caos intelectual y social posterior a la Revolución Francesa, que él creía que indicaba la transición inminente a una nueva forma de sociedad. Aunque vivió una época de gran efervescencia liberal en la Europa del siglo XIX, y aunque compartió con el liberalismo la idea de “progreso” y el rechazo al absolutismo teocrático del Antiguo Régimen, su propuesta filosófica y política -el positivismo- se construyó en gran medida como crítica al liberalismo y opuesta al mismo. Si el liberalismo busca limitar el poder del Estado para proteger la libertad del individuo, Comte buscó centralizar la autoridad moral y política en “la Ciencia” para garantizar la estabilidad y el progreso de la sociedad. Para Comte, el liberalismo era una doctrina puramente “negativa” o “crítica”, útil para destruir el orden antiguo, pero incapaz de construir uno nuevo. Es un pensador orgánico y autoritario, muy alejado del credo liberal, al que consideraba “superado” tras la revolución.

Comte, más que cualquier otra cosa, fue el arquitecto intelectual de la sustitución de la política por la gestión social “científica” que, bajo la promesa del orden y el progreso, diseñó las herramientas conceptuales para el control tecnocrático de la sociedad contemporánea. Comte redujo al ser humano a un mero producto social, un engranaje dentro del Gran Ser que, para él, era la Humanidad, no el individuo o la persona. Al hacerlo, despojó a la política de su esencia clásica -que está ligada a la libertad, la contingencia y la acción humana individual- para tratar de transformarla en física social o sociología. Y con ello, planteó la sustitución del gobierno de los hombres libremente asociados, por la administración “científica” de las sociedades por tecnócratas, sin margen para la libertad.

La ley de los tres estados

Para Comte, la metafísica tradicional y la del idealismo alemán, contemporáneo suyo, era pura palabrería especulativa. Lo único real es lo positivo: lo que se puede medir, observar y comprobar mediante métodos científicos. Si algo no se puede verificar empíricamente, no pertenece a las ciencias, únicos saberes. Para él, la filosofía no debía inventar teorías sobre el absoluto, sino limitarse a ser una especie de “coordinadora de las ciencias particulares”, como la física, la química, la biología, etc.). De esta jerarquía científica, Comte derivó la creación de una nueva ciencia: la sociología. que él llamó inicialmente “física social”. La sociología comtiana aspiraba a estudiar la sociedad con el mismo rigor con el que Newton estudió la gravedad. Como Bentham con la ética, Comte creyó posible descubrir la “leyes físicas” del orden social.

Como toda la Ilustración y las corrientes filosóficas del siglo XVIII y comienzos del XIX, Comte creía en el progreso y pensó que la sociedad progresaba. Pero a diferencia de otros, lo determinante de ese “progreso” está, para Comte, en el cambio que se produce en la forma de explicar el mundo. Sobre esa base, en su obra Cours de philosophie positive (1830-1842), dividió la evolución del pensamiento humano en tres etapas o estados sucesivos:

1) Estado Teológico o Ficticio (Infancia de la humanidad), que es el tiempo en que se explican los fenómenos naturales, las tormentas, las enfermedades o la creación del mundo a través de fuerzas sobrenaturales, dioses o espíritus. Se busca encontrar las causas últimas y absolutas de las cosas. Este Estado se subdivide en tres periodos, el de la magia, el politeísta y el monoteísta.

2) Estado Metafísico o Abstracto (Juventud o transición), etapa intermedia y de crítica. Aquí, las deidades o seres sobrenaturales son reemplazados por fuerzas abstractas, entidades teóricas o conceptos filosóficos (como “la Naturaleza”, “la esencia”, o “el alma”). Ya no se piensa que un dios causa la lluvia, sino que existe un principio químico o una “fuerza vital” abstracta en la naturaleza que la produce. Sirve como un puente necesario para romper con la superstición antes de llegar a las ciencias;

3) Estado Positivo o Científico (Madurez de la humanidad), que es la etapa definitiva y superior del espíritu humano, en el que la mente renuncia a buscar el origen oculto de las cosas o el “por qué” absoluto. En su lugar, se fija en el “cómo”: se limita a observar los hechos, realizar experimentos y utilizar la razón para descubrir las leyes de la naturaleza (relaciones constantes de causa y efecto). El método científico y la observación empírica sustituyen a la imaginación y a la abstracción. Comte creía que al aplicar este tercer estado científico al estudio de la sociedad (lo que él llamó primero física social y luego sociología), la humanidad podría alcanzar el orden y el progreso social, dejando atrás el caos político y las supersticiones.

Debe objetarse, como ha advertido Dalmacio Negro, que las ciencias y la filosofía no son per se excluyentes y, además, al eliminar la metafísica y la teología, el ser humano queda indefenso ante el poder del Estado y de la ingeniería social, ya que no le quedan otros criterios trascendentes o morales, externos al sistema, para poder juzgarlo o resistirse a él. De modo que, lo que Comte vio como el progreso definitivo de la razón, Negro lo interpreta como una pérdida de libertad y un empobrecimiento espiritual. Comte era partidario de la sustitución de la política por la “tecnocracia” y, con el pretexto de asegurar el orden y el progreso, diseñó los conceptos del control tecnocrático de la sociedad.

Fundamentos autoritarios de Comte

Aunque Comte no conoció los regímenes totalitarios modernos, muchos pensadores, como Friedrich Hayek o Hannah Arendt, han señalado que su obra contiene las “semillas intelectuales” de la ingeniería social autocrática. Uno de los grandes extravíos del pensamiento moderno, especialmente a finales del siglo XVIII y en el siglo XIX, fue el intento de sustituir la religión tradicional por religiones seculares o políticas. Comte es ejemplo paradigmático, pues, en su etapa tardía creó la “Religión de la Humanidad”, con sus santos (científicos y filósofos), dogmas y liturgia. Comte pretendía arrebatar al cristianismo su función ordenadora de la ética y la moral sociales, para entregarla a una nueva casta de científicos y sociólogos. No fue en eso novedoso, ni pionero. Los románticos alemanes, como recordaba Nietzsche, se preguntaban alarmados como era posible que, tras 2.000 años de cristianismo, nadie había sido capaz de inventar un nuevo dios.

El pensamiento de Comte estuvo muy influido, casi determinado, desde el principio, por el socialismo sansimoniano. No exactamente por Saint-Simon, del que también fue discípulo el liberal Agustin Thierry, autor de la Historia del Tercer Estado, sino por lo que los discípulos del conde, encabezados por Enfantin, crearon como secta: los “sansimonianos”. Enfantin no llegó a conocer a Saint-Simon, pero fue su heredero intelectual más radical. Fundó la “escuela sansimoniana”, a la que llevó hacia un terreno espiritual y comunitario que escandalizó a la Francia de la época: en 1832, Enfantin se autoproclamó el “Padre” de la Iglesia Sansimoniana. Su liderazgo era carismático, místico y absoluto. El mismo Comte se apartó entonces de los sansimonianos, pero no olvidó el ejemplo y él mismo volvería a intentarlo: en 1849, propuso el calendario positivista y creó en París una Capilla de su nueva religión. Comte, pues, pasó media vida diciendo que la religión era una etapa primitiva que la humanidad debía superar… y la segunda mitad de su vida creando su propia religión, con él mismo de Sumo Sacerdote.

En 1880, Engels (1820-1895), en Del socialismo utópico al socialismo al socialismo científico, incluyó a Saint-Simon entre los socialistas utópicos, junto a Owen (1771-1858) y Fourier (1772-1837), para condenarles por burgueses y falsos socialistas. Esto ayuda a entender por qué Comte nunca fue un liberal, ni podía serlo. Su positivismo, como se ha dicho, sintonizaba más con la ingeniería social de Bentham y con los incipientes socialismos. La amistad de Comte con Stuart Mill (discípulo de Bentham) tuvo que ver con las posiciones socializantes de Comte. Y la ruptura entre ambos se debió más al papel subalterno asignado a las mujeres por el francés y a la Religión de la Humanidad comtiana. Lo iniciado como una búsqueda compartida de la razón y la ciencia terminó porque Comte aspiraba a un orden social absoluto, mientras Mill priorizaba la libertad y el progreso individuales. Pero Mill reconoció siempre la, para él, genialidad del primer Comte, a cuyo pensamiento le debía mucho.

Balance del positivismo

En la última etapa de su vida, Comte se volvió más autoritario. Diseñó un sistema político que él mismo denominó “dictadura positivista”, donde el poder político estaría concentrado en un gobierno fuerte y la moral social sería dictada por una nueva “Religión de la Humanidad”. Esta visión está en las antípodas del pluralismo, la democracia representativa y la tolerancia que promueve el liberalismo. Sin duda que quería el progreso social y material, lo que podría alinearlo superficialmente con algunas metas liberales, pero su método no era el de la libertad individual del liberalismo, sino la organización “científica”, la subordinación del individuo y el control social.

El positivismo de Comte ayudó a consolidar las metodologías científicas y a crear las ciencias sociales modernas, sin duda. Sin embargo, su fe ciega en que la ciencia podría resolver todos los problemas humanos, incluidos los morales y políticos, demostró ser una utopía autoritaria. Hoy en día, la sociología y la ciencia han abandonado la rigidez del positivismo puro, pero conservan su exigencia de rigor, evidencia y observación empírica. Desplegó una influencia enorme en Europa y América, que se fue apagando hacia finales del siglo XIX, aunque mantiene un gran influjo en las mentalidades actuales. Quizá fundó una ciencia entera, la sociología, solo para poder descalificar a sus oponentes en los debates acusándolos de “metafísicos”.

Lo que más se le criticó, y más desactualizado ha quedado, ha sido su “cientificismo” extremo, al afirmar que el único conocimiento válido es el científico. El positivismo original tendía a menospreciar disciplinas como la ética, la estética o la filosofía, reduciendo toda la experiencia humana a simples datos mensurables. Y también su obsesión por el Orden y el Progreso: Su famoso lema “Amor por principio, Orden por base, Progreso por fin” (que hoy figura en la bandera de Brasil) priorizaba tanto el orden social que a menudo justificaba el control social más estricto y la más absoluta tecnocracia, dejando sin espacio al disenso y a la libertad individual. También produjo mucho rechazo su novedosa y excéntrica “Religión de la Humanidad”.

Serie ‘Grandes filósofos’

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