¿Es el sistema financiero actual un mal necesario?

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Entre liberales, bitcoiners y gente del mundo financiero solemos estar todos de acuerdo en que el sistema financiero actual está manipulado, lo que genera distorsiones que modifican las decisiones de consumo y producción de los agentes económicos. Abusa de la deuda en el sentido de que la utiliza para financiar actividades improductivas, lo que lleva a que cada vez haga falta un mayor endeudamiento público para empujar el crecimiento económico. Paralelamente, diluye ese endeudamiento mediante la inflación, la devaluación de la moneda o la pérdida de poder adquisitivo, lo que revaloriza los activos, pero también desvaloriza el trabajo.

Por esa razón, incentivamos a la gente a invertir, pero también señalamos, con razón, que el sistema es injusto. No se debería premiar la inversión o la especulación siempre a costa del trabajo. ¿Qué quiero decir con esto? La economía es dinámica y puede experimentar cambios radicales producto del orden espontáneo. Esa es su naturaleza y todos estamos sometidos a ella. Esto genera ganadores y perdedores, es cierto, pero no siempre son los mismos. De ahí el valor de especular, una habilidad que todos tenemos. En algunos momentos se premia tener ahorros; en otros, tomar riesgos; en algunos, vivir de rentas y, en otros, trabajar.

Pero llevamos décadas en las que lo que se puede conseguir mediante la inversión supera por mucho lo que se puede obtener con un salario. Para ejemplificarlo, podemos hacer el siguiente ejercicio: yo nací en 1995 y mis padres me dieron una educación 100 % privada, a la que podemos atribuir, para este ejercicio, un coste medio de unos 300 dólares al mes durante 25 años. Si hubiesen invertido ese dinero mensualmente en el S&P 500, hoy tendría una cartera de alrededor de 700.000 dólares (aproximado). Si no vienes de una familia rica, tener a los 30 años un colchón de más de medio millón de dólares te da más seguridad que tener una profesión con un máster.

Es una economía de activos, no de salarios. Eso no es negativo en sí mismo, pero cuando es producto de las decisiones políticas y se da de manera tan asimétrica y sistemática, ahí sí empieza a parecer injusto. Y aquí conviene distinguir dos cosas: una cosa es que invertir sea una decisión inteligente y otra muy distinta es que tu seguridad económica dependa cada vez más de hacerlo. Podemos incentivar a la gente a invertir, reconocer el valor de la especulación y entender que asumir riesgos tiene sus recompensas, sin que eso signifique que quienes no invierten deban ser condenados a perder poder adquisitivo. Que invertir sea una buena decisión no significa que sea justo que cada vez resulte más necesario para proteger lo que ganas trabajando.

Además, quienes sabemos invertir y especular sabemos que a muchas personas les cuesta mucho hacerlo. Son personas que pueden ser buenos trabajadores o empresarios, capaces de generar valor social y contribuir al PIB, pero que no soportan la volatilidad y la incertidumbre, o que simplemente no se sienten cómodas delegando la gestión de sus ahorros. La tentación es decir: «¡Qué insensatos, se lo merecen!». Pero esas personas también son víctimas de un sistema que no controlan ni han elegido, un sistema que les roba silenciosamente y sin su permiso.

Sin embargo, algunos alegan que este sistema, aunque tiene ganadores y perdedores, tiene grandes ventajas. Por ejemplo, Daniel Baeza defiende que el endeudamiento y la liquidez son el motor de la economía, por lo que frenarlos o disminuirlos sería un suicidio. Sostiene que los defensores de un sistema alternativo al fíat, como un patrón monetario basado en activos duros al estilo del oro o Bitcoin, no tienen forma de explicar cómo habría crédito en ese sistema, especialmente para inversiones arriesgadas y a largo plazo, como el desarrollo de vacunas. Y atribuye precisamente esa capacidad como uno de los puntos fuertes del sistema fíat.

Añade, además, que el empobrecimiento de quienes no invierten es algo que deben asumir por cometer el error de no hacerlo. Por eso, trataré de precisar los errores de este tipo de planteamientos.

¿Por qué un sistema alternativo al fíat? ¿Cuál es la magia de Bitcoin?

Estar en contra del sistema fíat no implica necesariamente estar en contra del endeudamiento masivo. Satanizar la deuda es no entender su valor económico: permite intermediar plazos, compensar obligaciones sin necesidad de liquidar cada pago de forma individual y transferir o transformar posiciones financieras sin que ello implique un movimiento simultáneo de bienes físicos, entre otras cosas. La expansión del crédito, el endeudamiento y la complejidad financiera también pueden ser indicadores del desarrollo y complejidad económica.

El problema del fíat no es la deuda en sí misma, sino el poder discrecional de quienes controlan la emisión monetaria y pueden alterar las reglas del juego a costa de los demás. Es así de sencillo: ellos ponen las reglas y nosotros tenemos que jugar. La inflación puede erosionar silenciosamente el poder adquisitivo; determinadas decisiones pueden empujarnos a asumir riesgos que después terminamos pagando; y, cuando llega una crisis, algunos reciben rescates mientras otros tienen que asumir las pérdidas. El problema no es que exista deuda, crédito o intermediación financiera, sino cómo se distribuyen el poder, los beneficios y los riesgos dentro del sistema.

Bitcoin es la materialización de un concepto: un sistema que no dependa de un coordinador. Puedes fomentar esa idea promoviendo la red o el token, o defendiendo el concepto subyacente de descentralización, interdependencia y coordinación espontánea. Llevar ese concepto al sistema monetario es un deber, no por justicia divina, sino por una concepción moral básica e intuitiva que todos los seres humanos comprendemos: los juegos no deben estar amañados.

¿Es invertir la solución definitiva para evitar que el sistema te robe?

Invertir y especular tampoco deben estar demonizados, ni con la vivienda ni con ningún otro activo. Son algunas de las habilidades más avanzadas y civilizatorias que tenemos los seres humanos. Muchos animales pueden anticipar o, al menos, actuar teniendo en cuenta cierta escasez futura de recursos, por ejemplo, al prepararse para hibernar. Pero los seres humanos llevamos eso a otro nivel: buscamos prever y anticipar la escasez fuera del tiempo y del lugar en los que estamos, e incluso más allá de nuestras propias necesidades. Anticipamos las necesidades de otros. Hay que estar orgullosos de invertir y especular.

Pero eso no implica que invertir sea un santo remedio. Es cierto que un dólar invertido puede perder menos poder adquisitivo que un dólar guardado debajo del colchón, como señala Daniel Baeza. Pero eso no significa que puedas proteger todos tus dólares de la pérdida de poder adquisitivo si el sistema te roba silenciosamente con tanta voracidad.

Además, hay algo que este argumento pasa por alto: no todo el dinero que generamos puede destinarse a la inversión. Tenemos que comer, pagar el alquiler, mantener a nuestra familia y cubrir nuestras necesidades. Solo podemos invertir lo que nos sobra después de pagar todo eso. Y aquí es donde empieza el problema: si los salarios pierden poder adquisitivo mientras los activos se encarecen, cada vez resulta más difícil acumular patrimonio, incluso si trabajas e inviertes, haciendo las cosas razonablemente bien.

Pensemos en cómo funciona el sistema financiero actual. Aunque hoy es posible obtener mejores rendimientos invirtiendo en deuda pública y otros activos de renta fija que durante la época del QE masivo y los tipos cercanos a cero, la inflación sigue erosionando el poder adquisitivo de salarios y ahorros. Además, las políticas de expansión monetaria y los tipos bajos pueden impulsar el precio de los activos financieros e inmobiliarios.

Basta pensar en la vivienda en España: hay una diferencia abismal entre haber comprado en 2020 y hacerlo hoy. Quien ya tiene una casa se beneficia de su revalorización, mientras que para quien todavía ahorra la meta se aleja. Cuando el salario y el ahorro no bastan para alcanzar esos precios, toca recurrir al apalancamiento. Una hipoteca es la vía más habitual, pero algunos jóvenes optan por alternativas mucho más arriesgadas, como el trading de futuros y otros instrumentos apalancados. Es lo que se ha llamado el nuevo nihilismo financiero: si acumular patrimonio trabajando y ahorrando parece imposible, algunos prefieren jugárselo todo a una apuesta de alto riesgo.

A esto se suman los problemas de riesgo moral de las entidades financieras que asumen riesgos excesivos porque esperan que alguien las rescate, así como los riesgos de la banca en la sombra, donde puede acumularse apalancamiento fuera del sistema bancario tradicional. En estos casos, las ganancias pueden quedar en manos privadas, mientras que parte de los costes de las crisis termina trasladándose al conjunto de la sociedad.

El problema de quien todavía no tiene activos no consiste únicamente en proteger sus ahorros de la inflación, sino también en intentar alcanzar unos precios que pueden crecer más rápido que su capacidad de ahorro. Esto puede ocurrir con la vivienda, las acciones, el oro o Bitcoin, aunque sus dinámicas y riesgos sean distintos. Por eso, una cosa es obtener una rentabilidad superior a la inflación y otra conseguir que tus ahorros crezcan al mismo ritmo que los activos que quieres comprar. Puedes ganar poder adquisitivo en términos generales y, aun así, descubrir que la vivienda que deseas se ha encarecido mucho más que tus ahorros.

Por eso, decirle a alguien que merece empobrecerse por no invertir me parece una conclusión bastante cuestionable. Es cierto que mantener todo el dinero en efectivo durante décadas tiene un coste de oportunidad y que invertir puede ser una decisión inteligente. Pero una cosa es reconocer el valor de la inversión y otra ignorar que el propio sistema monetario y financiero puede contribuir a que los activos se encarezcan más rápido que los ingresos. El problema no es que invertir sea una mala decisión, sino que resulte cada vez más necesario para proteger el fruto de tu trabajo. No podemos limitarnos a decirle a la gente que invierta y que, si no lo hace, se merece perder. Eso es confundir una estrategia razonable para adaptarse al sistema con una justificación de cómo funciona ese sistema.

¿Es el sistema fíat el que más nos impulsa a arriesgarnos, innovar y crecer?

Si, a pesar de todo lo que hemos descrito, nos argumentan que el sistema actual es el que mejor facilita las inversiones a largo plazo y de alto riesgo, y que gracias a él se financian proyectos como el desarrollo de vacunas y otros avances médicos que benefician a toda la humanidad, tocaría responder varias cosas.

1. Financiar vacunas no demuestra que el sistema fíat sea el que mejor asigna el capital

Utilizar las vacunas como ejemplo es hacer cherry-picking de manual. El sistema permite financiar cosas buenas y malas, inversiones productivas e improductivas, proyectos a corto y largo plazo. También permite financiar guerras, políticas públicas desastrosas, infraestructuras que terminan sin utilizarse y ayudas al desarrollo que acaban en manos de políticos corruptos, entre muchas otras cosas.

Ahora bien, que cualquier sistema financiero pueda financiar proyectos improductivos no significa que todos generen los mismos incentivos para hacerlo. Una diferencia importante está en quién asume los costes y los riesgos de esas decisiones. Si quienes toman las decisiones de inversión pueden quedarse con los beneficios cuando todo sale bien, pero trasladar parte de las pérdidas al conjunto de la sociedad cuando las cosas salen mal, tienen incentivos para asumir riesgos que quizá no asumirían si tuvieran que responder por todas las consecuencias. Esto puede ocurrir, por ejemplo, cuando determinadas entidades financieras esperan ser rescatadas o cuando los costes de ciertas políticas de endeudamiento terminan trasladándose a los ciudadanos mediante la inflación, los impuestos o el endeudamiento público.

En un sistema donde quienes toman las decisiones deben internalizar una mayor parte de los costes de sus errores, el derroche podría resultar menos atractivo. No significa que desaparezcan las malas inversiones ni que un patrón Bitcoin garantice una asignación eficiente del capital, pero sí que debemos preguntarnos si las reglas monetarias y financieras actuales favorecen determinados incentivos perversos.

La cuestión, por tanto, no es si el sistema fíat permite financiar proyectos que benefician o perjudiquen a la humanidad, porque evidentemente lo hace. La cuestión es si sus reglas monetarias y financieras facilitan esas inversiones de la mejor manera posible o si, por el contrario, generan incentivos que favorecen el derroche, la asunción excesiva de riesgos o una asignación ineficiente del capital.

2. Cuando la mejor inversión es apostar por la depreciación monetaria, algo falla en los incentivos del sistema

La inflación y la devaluación monetaria pueden generar que en determinadas circunstancias, resulta más rentable protegerse de la pérdida de valor del dinero que producir algo útil. En países con inflación desbocada, personas y empresas dedican tiempo, dinero y talento a comprar divisas o activos refugio, recursos que podrían destinarse a innovar, producir o desarrollar nuevos negocios.

Aunque este fenómeno es especialmente evidente en países como Argentina o Venezuela, algunos de estos incentivos pueden aparecer también en economías con monedas relativamente estables. Cuando las expectativas sobre el endeudamiento público, las políticas monetarias o la depreciación futura favorecen determinados activos, invertir en ellos puede resultar más atractivo que asumir los riesgos de una actividad productiva.

Pensemos en Bitcoin. Si alguien cree que su precio puede pasar de 80.000 a 250.000 dólares en tres años, ¿qué incentivo tiene para emprender un negocio que exige años de trabajo, contratar empleados, pagar impuestos y asumir incertidumbre? No significa que invertir en Bitcoin sea necesariamente improductivo, sino que, si la rentabilidad esperada de un activo supera ampliamente la de una inversión empresarial, algunos inversores pueden preferir apostar por su revalorización antes que crear algo nuevo.

El problema aparece cuando estos incentivos se generalizan. Así como se critica a la deflación porque la revalorización del dinero puede desincentivar el gasto y la inversión al premiar el ahorro, también cabe preguntarse si la inflación no puede frenar la inversión productiva al incentivar la huida constante hacia activos refugio. Un sistema que supuestamente debe facilitar la inversión y el crecimiento puede terminar haciendo relativamente más atractiva la búsqueda de rentabilidad mediante la protección y revalorización del patrimonio que la innovación y la producción.

3. Un patrón Bitcoin no implica necesariamente la desaparición del crédito ni exige una reserva bancaria del 100 %

Aquí conviene aclarar algo fundamental: defender un patrón Bitcoin o un patrón oro no implica necesariamente prohibir el crédito, eliminar los sustitutos monetarios ni exigir que los bancos mantengan reservas equivalentes al 100 % de sus depósitos. La cuestión central es cómo se organiza la intermediación financiera, qué compromisos asumen las entidades y quién soporta los riesgos cuando las inversiones salen mal.

En un sistema de este tipo, el crédito podría seguir financiando inversiones a largo plazo y de alto riesgo. Para ello existen distintos mecanismos dentro del ecosistema financiero: capital propio, emisión de acciones, capital riesgo, deuda corporativa a largo plazo, fondos de inversión especializados y otros instrumentos que permiten distribuir el riesgo entre diferentes inversores. Cada uno tiene sus limitaciones, pero todos muestran que financiar proyectos arriesgados no depende exclusivamente del crédito bancario ni de la expansión monetaria.

Una empresa que desarrolla una vacuna, por ejemplo, puede combinar distintas fuentes de financiación para sostener años de investigación antes de obtener resultados. Puede captar capital de inversores que aceptan asumir el riesgo de perder su dinero, emitir acciones para compartir los beneficios futuros o recurrir a deuda cuando su situación financiera y sus perspectivas lo permitan. También pueden intervenir fondos especializados y otras estructuras que distribuyen el riesgo entre múltiples proyectos.

Además, si una mayor parte de la financiación de la investigación dependiera de la inversión privada y de su capacidad para generar resultados valorados por otros, podrían fortalecerse los incentivos para coordinar mejor a las universidades con el sector empresarial. Uno de los problemas de los sistemas donde las universidades reciben financiación pública independientemente de la demanda de sus conocimientos y capacidades es que pueden debilitarse los incentivos para atender las necesidades reales del mercado laboral y del tejido productivo. Esto puede contribuir a desajustes entre la formación que se ofrece y la que necesitan las empresas, generando sobrecualificación, titulaciones con poca demanda o carencias de competencias específicas. Una relación más estrecha entre quienes investigan, quienes forman a los profesionales y quienes necesitan aplicar esos conocimientos podría ayudar a reducir esos desajustes y orientar parte de la investigación hacia problemas concretos que merezca la pena resolver.

Esto no significa que conseguir financiación para todos los proyectos sea fácil ni que el coste del crédito vaya a ser necesariamente menor bajo un patrón Bitcoin. Dependerá de la disponibilidad de ahorro, las preferencias temporales de los ahorradores, la productividad, los riesgos de cada proyecto y la profundidad de los mercados financieros. Tampoco desaparece el problema de que una inversión pueda necesitar muchos años para generar resultados.

Pero hay algo que debemos distinguir: una cosa es que el sistema fíat facilite determinadas formas de financiación y otra que esas formas sean imprescindibles para innovar. La ingeniería financiera y la empresarialidad consisten precisamente en encontrar maneras de movilizar ahorro, distribuir riesgos y financiar proyectos cuyo resultado es incierto. No hay razones para asumir de antemano que estas capacidades desaparecerían bajo un patrón Bitcoin, aunque tampoco podemos dar por hecho que funcionarían exactamente igual.

Por tanto, el argumento de las vacunas no resuelve por sí solo la discusión. Que necesitemos financiar inversiones arriesgadas y a largo plazo no demuestra que necesitemos el sistema fíat tal como está diseñado actualmente. El sistema financiero actual es un mal, pero no un mal necesario. Debemos orientar la discusión y nuestros esfuerzos a generar un sistema con reglas monetarias y financieras que permitan movilizar el ahorro, asumir riesgos y financiar proyectos innovadores sin generar incentivos que favorezcan el derroche o trasladen sistemáticamente los costes de las malas decisiones a quienes no las han tomado.

Miguél Solís
Author: Miguél Solís

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