Se puede constatar que las propuestas de decrecimiento económico han ganado mucho peso, tanto en la economía académica como en los movimientos sociales y, sobre todo, en el ecologismo político. Su ideario ha influido incluso en fuerzas políticas convencionales, desde la socialdemocracia hasta los conservadores moderados, siendo la mejor prueba unas jornadas organizadas en el Parlamento Europeo hace un par de años, promovidas incluso por miembros del Partido Popular Europeo. Sus defensores buscan afrontar los problemas ecológicos del crecimiento capitalista, evitar el colapso que seguiría al agotamiento de los recursos o, en el caso de los más pesimistas, adaptarse a un colapso que consideran inevitable.
Pese a ello, la escuela austríaca no ha discutido académicamente estas ideas, algo llamativo, porque desde sus orígenes ha polemizado con las doctrinas que considera erróneas: el marxismo, el neoclasicismo de Chicago, el keynesianismo o la teoría monetaria moderna. La razón puede encontrarse en que el propio concepto de crecimiento o desarrollo no es muy apreciado por los austríacos. Lo ven como una noción importada acríticamente de la biología, que exige indicadores agregados como el PIB, de difícil encaje en un método basado en el individualismo metodológico.
Desde la óptica austríaca, todo intercambio libre, voluntario y pacífico beneficia a ambas partes. Si la suma de esos intercambios produce más bienes y servicios, puede hablarse metafóricamente de crecimiento, y de decrecimiento si se da el caso contrario. En ninguno de los dos casos se rompe el principio de que los participantes han aumentado su satisfacción subjetiva. El crecimiento no es más que la aplicación de técnicas de producción más capitalistas, que permiten obtener más o mejores bienes con el mismo esfuerzo y liberan factores de producción para otros usos. Pero nada obliga a que todos valoren ese proceso como algo positivo, ni a que los Estados lo impongan coercitivamente como si fuera un bien público. Los decrecentistas, en cambio, intentan mitigarlo o revertirlo y proponen cambiar un modo de vida que consideran despilfarrador, al que autores como Ulrich Brand y Markus Wissen llaman «modo de vida imperial». El símbolo más criticado de esta forma de vida es el automóvil privado y todo lo que de él deriva, desde el consumo de combustibles fósiles hasta la colonización de las ciudades. Su objetivo sería sustituirlo por bicicletas, algo curioso, pues estas también son fruto de la producción masiva, o por transportes públicos, también muy sofisticados técnicamente.
Sería fácil catalogar el decrecentismo como un marxismo con tintes ecológicos, pues muchos de sus escritos parecen más contrarios al capitalismo moderno que favorables al decrecimiento. Las críticas al socialismo real son raras o muy matizadas, aunque este perseguía el desarrollo con aún más ansia y de forma planificada y forzada, mientras que el capitalismo al menos permitía rechazarlo o modularlo. El socialismo no es para nada una ideología contraria al crecimiento, sino que este es algo central en sus modelos, y los dirigentes de los países que adoptaron este sistema económico, si de algo presumían en los primeros años de su aplicación, era de unas tasas de crecimiento muy elevadas, hasta el punto de que predecían que iban a enterrar al capitalismo en pocos años. Pero si el socialismo no es una alternativa, los defensores del decrecimiento, aparte de criticar lo que hay, deberían dar alguna indicación de cuál sería, en su opinión, la forma correcta de asignar recursos escasos. Y no lo hacen, pues no se explican los principios bajo los que operaría una economía orientada al decrecimiento, algo que sin duda constituiría un nuevo paradigma en la ciencia económica.
La tesis central de esta escuela es la de que el ritmo de crecimiento actual es insostenible por la finitud de los recursos y por sus consecuencias para el medioambiente y la salud humana. Dentro de ella podríamos distinguir, a grandes rasgos, tres corrientes principales. La primera, más moderada, está ejemplificada por la «economía rosquilla» de Kate Raworth, autora de un libro homónimo, quien define una economía que, por un lado, garantice las necesidades básicas (el agujero de la rosquilla) sin sobrepasar, a su vez, los límites ecológicos (el borde exterior). Gestionarla exigiría intervenciones constantes, como quien conduce un simulador corrigiendo el volante continuamente, creciendo a veces y decreciendo otras. La segunda sería la que, inspirada en autores como Jason Hickel, sostiene que los límites ya se han superado y propone volver a niveles de producción y consumo de épocas anteriores, aunque no hay acuerdo sobre cuál sería esa época ideal; lo más común es mencionar la renta europea de 1960. No se acostumbra a explicitar si se extendería o no a todo el mundo y si se mantendría o no el nivel de avance técnico de la época, incluyendo medicamentos y formas de obtención de energía. La tercera, si cabe la más radical, incluye a los denominados colapsistas, para quienes el colapso de la civilización industrial es inevitable y el decrecimiento solo sirve para adaptarse al escenario posterior. Autores como el español Antonio Turiel, con su libro Petrocalipsis, pueden ser un buen exponente de esta postura.
El decrecimiento no es solo una actitud de agnosticismo ante el crecimiento, sino un programa político que requiere regulaciones y leyes. Además, es selectivo: critica la movilidad privada, el consumo conspicuo y los combustibles fósiles, pero no quiere renunciar a la medicina, las telecomunicaciones ni a las prestaciones del Estado social, incluida la renta básica universal. Sus propuestas incluyen la transición energética hacia fuentes neutras en carbono (con la nuclear mirada con recelo), procesos de baja intensidad energética, el rechazo a monocultivos, transgénicos y macrogranjas, la reducción del automóvil y la aviación, la crítica a la minería como «extractivismo», las monedas locales, la eliminación de la publicidad, el consumo de proximidad y la economía circular basada en reutilizar, reciclar y reparar. Su visión de los recursos bebe del Club de Roma y de la teoría del pico del petróleo de Hubbert, y completan el cuadro con un elogio de la lentitud y la vida calmada, tal como la expone Carl Honoré en su Elogio de la lentitud.
Estos autores, sin embargo, hacen una aportación valiosa: la de cuestionar que el crecimiento sea un imperativo moral al que deba subordinarse cualquier otro valor. En nombre del «progreso», el «desarrollo» o el «interés general» se han justificado expropiaciones de viviendas y fincas, y se financian con impuestos políticas de «innovación» o industrias «estratégicas», un concepto vacío porque lo estratégico es lo que el político o burócrata dice que lo es. Con ello se obliga a los perjudicados por la innovación a financiar a la competencia que puede destruir su negocio. Un austríaco no debería objetar el crecimiento surgido de acciones libres, pero sí el uso de la fuerza para conseguirlo. Mises, por ejemplo, al defender el capitalismo desde un punto de vista utilitario, dejó espacio a la confusión, mientras que el iusnaturalismo de Rothbard resulta más adecuado para confrontar este desafío. La cuestión a discutir sería entonces la de establecer cuál podría ser el principal problema del decrecimiento.
El crecimiento económico a gran escala es un fenómeno históricamente reciente, surgido en algunos territorios europeos a comienzos del siglo XIX. Esto indica que no es un proceso natural, sino que depende de ciertos prerrequisitos y de un sistema económico determinado: dinero, contabilidad, derechos de propiedad claros, ética del trabajo, ahorro, bancos que canalicen el crédito, bolsas, aseguradoras e infraestructuras de transporte y distribución. Es una tecnología aprendida, difícil de sostener, y los factores que la originan pueden erosionarse.
Explicar el crecimiento es difícil, pero explicar el decrecimiento debería ser más fácil, porque basta con que mucha gente trabaje menos con el mismo capital. Hay que destacar un aspecto importante: consumir menos no basta. Si se consume menos pero se mantiene la producción, aumenta el ahorro, se alarga la estructura productiva y la sociedad se vuelve aún más capitalista y productiva. El decrecimiento exige producir menos, y el menor consumo es consecuencia de ello. Se podrían distinguir entonces tres caminos. El primero es el decrecimiento voluntario. Este consistiría en trabajar menos horas por decisión propia. Es la vía más sencilla, no requiere coerción y es plenamente compatible con el liberalismo austríaco. Pero tiene consecuencias que los decrecentistas quizá no desean: se producirá lo que demanden quienes sigan trabajando y tengan capacidad de pago, y quienes abandonen la producción perderán influencia sobre qué y cómo se produce. Los precios relativos se reajustarían de forma impredecible. Podrían elegirse procesos productivos más baratos y menos intensivos en capital, lo que revertiría las mejoras que los decrecentistas propugnan a la hora de descarbonizar. El comercio internacional se resentiría, con caídas de precios en productos supuestamente de lujo, como el café o el cacao, lo que perjudicaría a agricultores de países pobres. Además, el Estado, al tener menos base fiscal, dispondría de menos recursos para rentas básicas o subsidios, de modo que quienes abandonaran el trabajo podrían quedar sin alimentos o atención sanitaria de calidad. Se podría comparar con los efectos de una plaga, como la peste negra, con la diferencia de que aquí la población sigue intacta y demanda bienes sin contribuir a producirlos.
En segundo lugar, podríamos establecer el decrecimiento por mala gestión. Es el caso de Cuba o Venezuela, que han conseguido el objetivo de decrecer gracias a malas políticas. Un autor próximo al decrecentismo, Emilio Santiago Muiño, en su Opción cero, presentó a Cuba como modelo de adaptación durante el Periodo Especial, pero su propio análisis muestra los costes: problemas de alimentación, deterioro de la vivienda, regresión a la tracción animal. En este caso existen dos diferencias con el modelo de decrecimiento propuesto. Primero, en esos países parte de la población puede emigrar, mientras que el decrecimiento teórico debería ser mundial para evitar que los exceptuados invaliden los esfuerzos; además, probablemente deslocalizaría la producción hacia quienes no decrecen. Segundo, es un decrecimiento no buscado: los gobiernos pretenden crecer, la población no está concienciada y puede que cambien de estrategia, de modo que sirve para ilustrar las consecuencias, pero no es la vía que desean los decrecentistas.
En tercer lugar, podría darse un decrecimiento planificado. Los textos decrecentistas rara vez precisan si debe aplicarse a escala estatal o global, mediante agencias de la ONU o acuerdos internacionales similares a los del cambio climático. Se podría argumentar que, así como el crecimiento no puede planificarse (los planes soviéticos, el de Mahalanobis en la India o la planificación indicativa de inspiración francesa sirvieron de poco), tampoco puede planificarse el decrecimiento. En Japón prosperaron sectores que quedaron fuera del plan, y en Galicia los expertos apostaron por la cerámica mientras infravaloraban el textil, que acabó siendo el sector más exitoso. Nadie puede prever qué bienes se demandarán, cómo se producirán ni dónde se localizarán, y la planificación inhibe además la función empresarial.
Las políticas pueden fomentar o ralentizar el decrecimiento, pero no lograr uno ordenado que conserve lo que el planificador considera valioso y elimine lo superfluo o contaminante. Los decrecentistas querrán mantener medicamentos, tecnologías educativas, agricultura orgánica, bicicletas y ferrocarriles, y rechazar coches, aviones turísticos, centrales fósiles o ropa barata. Pero en una economía de mercado todo está interrelacionado. Sin automóviles de uso particular, las ambulancias dejarían de ser rentables a los precios actuales; sin acero ni aluminio, se encarecerían bicicletas y aperos de labranza; los medicamentos se benefician de economías de escala petroquímicas. También habría menos recursos para investigación y desarrollo y para mantener y amortizar el capital existente.
Serie ‘Sobre el anarcocapitalismo’
- (XXI) La guerra económica con Marruecos
- (XX) Guerra logística
- (XIX) Lecturas para el verano de 2026
- (XVIII) Plataformas de comercio electrónico
- (XVII) Guerra descentralizada en Irán
- (XVI) ¿El fin del imperio americano?
- (XV) Intervención en Irán
- (XIV) Socialismo ferroviario
- (XIII) Parques eólicos
- (XII) El lento declive de Europa
- (XI) La COP30 no solucionará nada
- (X) El fracaso de la transición hacia la movilidad eléctrica
- (IX) Sobre la omnipotencia del Estado
- (VIII) ¿Mejor sin gobierno?
- (VII) Lecturas para el verano de 2025
- (VI) ¿Para qué sirve el anarcocapitalismo?
- (V) Anarquía en la Iglesia Católica
- (IV) Sobre la defensa europea centralizada
- (III) ¿Más o menos Europa?
- (II) Tamaño y grupos de presión
- (I) Rothbard como historiador de la derecha americana
