Ceuta: demasiado española para Marruecos, y demasiado lejos de Madrid

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Verano de 2026. Norte de África. La ciudad española de Ceuta recibe de golpe a decenas de miles de personas en cuestión de horas, tras el rodeo de su frontera con el Estado marroquí.

Se trata de un movimiento poblacional que cuenta con dos precedentes que deberían servirnos para extraer conclusiones, tanto sobre lo sucedido como sobre lo que pueda ocurrir en el futuro. El primero se remonta a 1975. Aprovechando la debilidad política del régimen, la Marcha Verde sobre el Sáhara Occidental provocó el desplazamiento de cientos de miles de civiles de origen marroquí y terminó forzando el abandono de la autoridad española sobre el territorio. Con ello comenzó un largo conflicto que llega hasta nuestros días y que ha tenido consecuencias devastadoras para la población saharaui.

El segundo precedente, conectado directamente con el anterior, tuvo lugar tras la acogida en España del líder del Frente Polisario en 2021. Como consecuencia de la crisis diplomática con Marruecos, miles de personas entraron ilegalmente en Ceuta, en una operación que fue interpretada como una forma de presión y desestabilización contra el Estado español.

En 2026, una vez más, esta ciudad española sufre un episodio de enorme gravedad, aunque esta vez de una magnitud mucho mayor. Numerosos testimonios de ciudadanos ceutíes reflejan una profunda sensación de abandono por parte del Gobierno central. Además, las informaciones conocidas posteriormente no han hecho sino alimentar la percepción de que la ciudad quedó a su suerte ante una situación que afectaba directamente a su integridad territorial.

Pasados unos días, este episodio no ha hecho sino reafirmar mi postura frente a la centralización. Si Ceuta hubiera dispuesto previamente de una mayor capacidad para decidir sobre su propia organización y, especialmente, sobre su defensa, cabe pensar que la respuesta habría podido ser más rápida y adaptada a las circunstancias particulares de la ciudad.

Y antes de que se me considere un descentralizador radical o, incluso, alguien que cuestiona la unidad de España, conviene recordar que nuestro propio Estado ya contempla distintos grados de autonomía en materia de seguridad. El País Vasco dispone de una fuerza policial propia, la Ertzaintza, y Cataluña cuenta con los Mossos d’Esquadra. En ambos casos, se trata de cuerpos cuya actuación responde directamente a las necesidades de sus respectivos territorios.

Siguiendo esta lógica, podría plantearse la creación de una Guardia de la Ciudad de Ceuta bajo el control de la propia ciudad autónoma. Su función sería proteger el orden y los intereses de los ciudadanos ceutíes, así como si integridad demográfica y soberanía propia, sin depender por completo de una estructura organizada desde Madrid. Una fuerza de estas características estaría, por definición, mucho más próxima a las necesidades específicas de la ciudad y podría asumir determinadas funciones de vigilancia y protección de la frontera.

Existirían, además, otras fórmulas posibles. Si las autoridades ceutíes hubiesen tenido la capacidad de organizar su propia fuerza de disuasión, defensa y orden, otro gallo cantaría. Podrían haber recurrido, cuando fuese necesario, a efectivos profesionales o voluntarios de acuerdo con sus intereses ya sea previamente llamando, colaborando o subcontratando a un ejército aliado de Ceuta (Como el español o el de otros aliados) u organizando una fuerza voluntaria de disuasión y defensa (ya sea autóctona o no), dispuesta a guardar Ceuta de intereses fraudulentos. Si bien esta iniciativa podría ser compleja y tener ciertas carencias, podría hablarse de una colaboración defensiva con Argelia, un cierre mayo de la frontera o la instalación de una base militar que no dependa de Madrid para evitar intereses fácilmente corrompibles en la capital que podrían decidir abandonar Ceuta como pasó en el Sáhara.

En el caso extremo de que Ceuta fuese un microestado español independiente, sus propios intereses inclinarían a sus políticos a mantener una fuerza de defensa suficiente para estas situaciones. Junto a ello, se crearían alianzas estratégicas para mantener su integridad y ofrecer una respuesta contundente en caso de agresión de un vecino mucho mayor y con intereses potencialmente expansivos como Marruecos.

La cuestión fundamental, por tanto, no es únicamente quién ostenta formalmente la soberanía, sino quién tiene los incentivos y la capacidad para actuar cuando se produce una emergencia. La descentralización permite acercar la toma de decisiones a quienes soportan directamente las consecuencias de esas decisiones. En el caso de Ceuta, donde las circunstancias son extraordinariamente particulares, parece razonable preguntarse si una estructura de defensa centralizada es realmente la más eficiente. Cuando los intereses del territorio y los de quienes toman las decisiones no coinciden plenamente, disponer de cierta capacidad de autogobierno puede convertirse no en una amenaza para el Estado, sino en un mecanismo adicional de protección y estoy seguro de que los ceutíes estarían de acuerdo en ello.

Pero esta reflexión nos conduce a un problema todavía mayor. En los últimos años ha cobrado fuerza el debate sobre la creación de un ejército europeo y una mayor integración de las capacidades militares de los Estados miembros. Para los ceutíes, la falta de una fuerza de defensa propia habría contribuido a una respuesta lenta y, a su juicio, deficiente. Si algo semejante ocurriera con la defensa española a escala europea, España podría encontrarse en una situación comparable: disponer de estructuras militares, policiales y de inteligencia alejadas de los intereses concretos del territorio al que deben proteger.

El ejército español, las fuerzas policiales y de orden civil, la inteligencia española, etcétera, están adecuadas a los intereses del Estado Español y en caso de centralización de la defensa europea, España no dispondría de fuerzas adecuadas para los intereses españoles. Con esta catástrofe hemos podido ver como ninguno de los socios españoles en Europa se ha posicionado fuertemente junto a España. Incluso aliados como Italia han decidido bloquear el Espacio Schengen con nuestro país en vez de apoyar al gobierno español. Esto me lleva a sospechar que en caso de que la defensa hubiese estado organizada desde la UE durante el asalto a Ceuta, la UE no habría realizado ningún gran esfuerzo por mantener el orden en la ciudad. Los intereses de los políticos de la UE distan mucho de los intereses de los políticos ceutíes y afrontan otras fuerzas como el lobby marroquí, la amenaza rusa (más vital para la UE que Marruecos), la presión EE. UU e Israel como aliados de Marruecos…

En conclusión, la centralización de la defensa y el orden ha sido un gran problema estos días en Ceuta. Mi reflexión me lleva a sugerir la creación de una fuerza especial propia de la ciudad autónoma (y su equivalente en Melilla). Este abandono por parte de la clase política española a las ciudades españolas en África frente a un claro pretendiente a tomar la urbe ha sido enfermizo. Creo que esta situación ha hecho reaccionar a los españoles para ver lo criminal del gobierno marroquí, y esta fuerza postraumática debe canalizarse en evitar que esto no vuelva a ocurrir y una clara forma de hacerlo es permitir a los ceutíes autogestionarse en su interés, como siempre debió haber sido, habiendo quedado claro que su actual interés es seguir siendo españoles.

Antonio Alonso Madrid
Author: Antonio Alonso Madrid

Economista interesado en hacer que todos podamos entender la economía desde la base y sin manipulaciones. Esta no es tan difícil como podría parecer y eso intento mostrar con mis escritos. Formado en la Universidad de Salamanca y en la Universidad de las Hespérides.

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