En los círculos libertarios y católicos que defendemos la ley natural, la propiedad privada y el principio de no agresión como fundamentos anteriores al Estado, cualquier mención a “intervención exterior” suele provocar un rechazo inmediato y visceral. Y con razón. El Estado, por su naturaleza coercitiva, rara vez actúa como agente genuino de liberación sin contradecirse. El imperialismo viola la dignidad humana y tiende a reproducir, a largo plazo, burocracia, corrupción y nuevas formas de dependencia.
Sin embargo, cuando se vive bajo una dictadura totalitaria, la teoría pura choca frontalmente con la realidad cotidiana. Yo vivo en Cuba. Observo a diario la miseria material y espiritual consolidada durante más de seis décadas de estatismo. Converso con jóvenes que reconocen que la culpa principal recae sobre el gobierno y son conscientes del bloqueo interno, pero han crecido habituados a la cartilla de racionamiento, la atención médica nominal, la educación estatal y, sobre todo, a la ausencia de cualquier otra realidad conocida. Esa dependencia psicológica y la falta de horizonte alternativo explican, en gran medida, por qué el cambio paulatino no ha llegado en 67 años y, por lo que veo cada día, difícilmente llegará por sí solo.
El choque entre principios y sufrimiento concreto
El totalitarismo no es solo una dictadura política; es una cirugía social que ha extirpado los órganos vitales de la sociedad civil: la propiedad privada real, la asociación libre, la prensa independiente y una fe no sometida al Estado. Sesenta y siete años de este desorden han atrofiado la agencia individual y el capital social necesario para cualquier orden espontáneo de libertad.
La ley natural, accesible a la razón y anterior al Estado, prioriza la dignidad del individuo concreto —su propiedad, su libertad de acción, su familia, su responsabilidad— por encima de cualquier soberanía nacional idolatrada. Cuando un régimen suprime sistemáticamente esos derechos, la “soberanía nacional” deja de proteger al individuo y pasa a anularlo. El principio de no agresión y la subsidiariedad siguen siendo baluartes esenciales. Pero cuando el Estado ha destruido durante décadas la capacidad misma de autogobierno, aferrarse al no-intervencionismo absoluto puede convertirse, en la práctica, en una forma de indiferencia ante el sufrimiento de millones.
Venezuela e Irán: cuando la presión rompe el espejismo
En enero de 2026, la administración Trump ejecutó una operación militar unilateral que culminó en la captura de Nicolás Maduro y su esposa. La acción fue condenada como violación de la soberanía y “crimen de agresión”. Trump anunció que Estados Unidos administraría temporalmente el país y controlaría las reservas petroleras. No idealizo esa operación: responde claramente a intereses estadounidenses y crea precedentes peligrosos.
Sin embargo, Venezuela no colapsó por la injerencia externa, sino por el mismo modelo que padecemos aquí: la supresión del cálculo económico, la destrucción del conocimiento disperso y la asignación arbitraria de recursos. La presión aceleró el desenlace y rompió el espejismo del “socialismo del siglo XXI”. Hoy, aunque imperfecto y con riesgos de nueva centralización, los venezolanos tienen al menos la posibilidad de imaginar un orden distinto.
Algo similar ocurre con la política de máxima presión contra la teocracia iraní: no impone un modelo americano, pero debilita al Leviatán local y puede abrir espacio —aunque imperfecto— para que la sociedad civil respire.
Cuba: el dilema desde dentro
Aquí, en Cuba, hablo desde dentro y con un conflicto personal que no se resuelve fácilmente. La razón libertaria y la ley natural me dicen que ninguna excepción puede ser legítima sin erosionar el principio: si admito que “a veces” un Estado puede ejercer presión fuerte, ¿quién decide ese “a veces”? Abrir esa puerta genera riesgos graves de arbitrariedad.
Pero miro a mi alrededor y veo la realidad: el régimen ha realizado una cirugía social profunda que ha atrofiado la capacidad de autogestión. Los cubanos pedimos libertad —para trabajar, emprender, viajar, expresarnos y decidir nuestro destino— sin el control omnipresente del Estado. Sin embargo, después de décadas de adoctrinamiento y dependencia, muchos, incluso quienes odian el comunismo, gravitan por hábito o miedo hacia soluciones tibias: una socialdemocracia con Estado fuerte, subsidios y “seguridad” relativa, en lugar de un cambio radical hacia la propiedad privada plena y la responsabilidad individual.
Además, no existe hoy un mecanismo interno confiable para resistir influencias externas excesivas. La oposición, tanto dentro como en el exilio, está profundamente fragmentada: caudillismo personalista, rivalidades internas que impiden unidad real y una falta de estructuras organizadas capaces de llenar el vacío. Muchas propuestas suenan sensacionalistas y carecen de un plan concreto para el día después. Eso hace que cualquier catalizador externo —presión económica o integración temporal— resulte aún más riesgoso: el vacío podría llenarse con caos, un nuevo caudillo o una simple recomposición del poder actual con maquillaje.
La crisis actual de 2026 lo confirma dramáticamente. Tras la captura de Maduro y el corte efectivo del petróleo venezolano, Cuba sufre apagones masivos, colapsos de la red eléctrica, escasez de combustible e inflación descontrolada. El espejismo se está rompiendo. La presión externa no es el fin ideal, sino un catalizador que puede acelerar el colapso de un modelo que ya no se sostiene sin subsidios ajenos.
El verdadero costo de la “independencia” revolucionaria
Cuba no era un paraíso en 1958. Existía corrupción, desigualdad rural y una relación asimétrica con Estados Unidos. Pero en los años 50 contaba con uno de los PIB per cápita más altos de América Latina, un dinamismo económico notable, una clase media en crecimiento y mejores indicadores relativos que la mayoría de la región. Esa cercanía permitió acceso a capital y tecnología, con todos sus defectos.
Después de 1959, el modelo centralizado destruyó los mecanismos de progreso interno. El crecimiento per cápita ha sido mediocre durante décadas, con caídas brutales y estancamiento crónico. Hoy, en 2026, Cuba ha caído drásticamente en el ranking regional. La “seguridad” de la cartilla vino acompañada de una profunda atrofia de la agencia individual. La verdadera tragedia no fue la dependencia externa, sino la destrucción interna de la propiedad privada y los incentivos. Una Cuba sin la revolución probablemente estaría más cerca de economías dinámicas como Costa Rica o Chile que de la ruina actual.
Esto no significa que el fin justifique cualquier medio. Solo muestra el contexto real en el que hablamos: el costo humano de mantener el espejismo.
Conclusión: romper el espejismo sin traicionar los principios
No defiendo un “derecho a intervenir” universal. La ley natural prioriza la dignidad del individuo por encima de cualquier bandera. Cuando un régimen ha destruido sistemáticamente esa dignidad durante generaciones, mantener el espejismo en nombre del no-intervencionismo absoluto equivale a condenar a más cubanos a la miseria.
Los libertarios, católicos y conservadores que se oponen por principio tienen razón en defender la coherencia doctrinal. Solo pido que miren la realidad cubana con los mismos ojos con los que analizan el estatismo en abstracto.
La presión actual actúa como catalizador necesario. Puede abrir una ventana. Pero cualquier “apoyo externo temporal” debe tener límites estrictos: temporalidad clara, mecanismos de salida y prioridad absoluta a la subsidiariedad y la reconstrucción desde abajo. El riesgo de cambiar un Leviatán interno por uno externo —o por un híbrido inestable— es real, precisamente porque no hay estructuras internas fuertes que lo impidan. Aspiramos a más: a un orden que nazca verdaderamente de la propiedad, la familia y la libertad responsable, sin Leviatanes internos ni externos. Mientras tanto, en esta emergencia provocada por décadas de destrucción social, romper el espejismo puede interpretarse como aplicar esos principios a la realidad concreta de un pueblo que, pese al adoctrinamiento y a la fragmentación, pide libertad. Y desde Cuba, ese espejismo ya duró dema
