El espejismo del crecimiento español

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El PIB español acumula un crecimiento real del 10,7% entre el cuarto trimestre de 2019 y el mismo período de 2025, pero, para entender qué ha pasado realmente con la economía española en este sexenio, hay que descomponer este número y estudiarlo con mayor profundidad, puesto que la cifra general esconde muchas sombras. Esta es la tarea que han completado Diego Sánchez de la Cruz y Santiago Calvo en un análisis para el Instituto Juan de Mariana. 

El primer ajuste es demográfico. España ha incorporado más de dos millones de habitantes en este período. Cuando se divide el PIB entre la población residente, encontramos que, al tomar en cuenta la inmigración, el crecimiento se reduce a la mitad: un 5,6%. No es un dato menor. Significa que una parte sustancial de la supuesta expansión económica no ha mejorado en absoluto el nivel de vida medio, sino que simplemente ha acomodado a más personas en una economía que, por tanto, es de tamaño más grande. El pastel creció, pero también creció el número de comensales.

El segundo ajuste es igual de relevante. Las métricas de productividad, que constituyen la medida más fiable de si una economía está mejorando su capacidad de generar riqueza, apuntan en una dirección inequívoca: hacia abajo. El PIB por persona ocupada terminó 2025 tres décimas por debajo del nivel pre-pandemia. En la misma línea, el PIB por hora efectivamente trabajada avanza apenas un 1,7% en seis años, lo que supone un magro 0,3% anual. Por último, el PIB por puesto de trabajo equivalente a tiempo completo, que corrige la distorsión de la parcialidad, y retrocede un 3,3% en términos acumulados.

Lo que estas cifras describen es un modelo de crecimiento extensivo: España produce más… porque hay dos millones más de inmigrantes, que por tanto propician más actividad, pero no sucede que cada trabajador, cada hora o cada empleo generen ahora más valor. El pastel es algo más grande, pero también hay más gente comiendo en la mesa, de modo que las porciones no son más generosas. 

Estamos, pues, ante un patrón que funciona mientras los inputs continúan fluyendo, pero que no construye las bases del bienestar sostenido. La productividad es el mecanismo por el que una economía puede pagar salarios más altos, sostener una mejora continuada de los niveles de vida de su población y cerrar la brecha de ingresos y riqueza que nos aleja de Europa o Estados Unidos. 

Mientras la narrativa oficial celebra el crecimiento del agregado, la economía española sigue esperando que alguien explique cómo piensa crecer de otra manera. Por mucho que la evolución del PIB nominal parezca positiva, los problemas estructurales que se esconden bajo la superficie son notables y exigen reformas de calado que, hoy por hoy, no están, ni por asomo, en la agenda de gobierno. 

juandemariana
Author: juandemariana

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