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¿Es la confianza lo que confiere valor al dinero?

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Una idea muy extendida acerca del dinero es que todos lo aceptamos porque confiamos en que a su vez los demás lo aceptarán por un valor igual o muy parecido al que nosotros lo adquirimos. Autores populares como Yuval Noah Harari con su libro Sapiens, han ayudado a divulgar esta idea. Esto se lo he llegado a leer o escuchar incluso a personas que conocen bien el pensamiento de la escuela austríaca como Francisco Capella o Alejandro Sala.

He de aclarar que me refiero a aquél dinero que no es a su vez un contrato con un tercero, es decir, que no representa la obligación de nadie porque en esos casos es evidente que necesitamos confiar en que el obligado cumpla con lo establecido en el contrato. Pero este tipo de confianza en el cumplimiento de obligaciones más o menos concretas no es a la que me quiero referir en el artículo de hoy, sino a la “confianza” entendida como expectativa en que el dinero vaya a ser ampliamente aceptado de forma voluntaria por los demás a un valor igual o muy parecido al que nosotros lo adquirimos.

Afortunadamente, Carl Menger nos ilumina al respecto de forma muy concreta en su libro El Dinero, dejando claro que esta supuesta “confianza” sería igualmente aplicable a cualquier otro bien que deseemos vender, y por tanto es un concepto totalmente inútil para distinguir el dinero de cualquier otro bien:

“Pero aquí se olvida el hecho de que esta no es, en absoluto, una característica peculiar del dinero. También el comerciante, el especulador, etc., adquieren los bienes que luego ponen en venta, únicamente en la «confianza» de que estarán después en condiciones de cederlos a otros, y para ellos es absolutamente indiferente (en el aspecto que es aquí decisivo) el que quienes en el futuro adquieran sus mercancías se propongan luego consumirlas o revenderlas. Lo mismo sucede con el dinero, que nosotros, precisamente como hace el comerciante con su mercancía, lo adquirimos (por lo general y no excepcionalmente) solo a causa de su valor de cambio; es decir, para poder cederlo de nuevo a otros.” (El Dinero, p. 102-103)

Cuando un inventor lanza un nuevo producto al mercado que no tiene ningún valor de autoconsumo para él, por ejemplo unas gafas graduadas, o cuando un intermediario compra una tonelada de cemento para luego revenderlo y que tampoco tiene ningún valor de uso para él, o cuando un productor de patatas pone a la venta las patatas que es incapaz de consumir por sí mismo, en cualquiera de estos tres casos estaríamos en la misma situación de “confiar” en que el bien en cuestión tendrá un determinado valor de cambio. Y como bien apunta Menger, al vendedor le importa bien poco que el comprador lo adquiera para posteriormente consumirlo o revenderlo, mientras lo valore lo suficiente para al menos uno de esos dos propósitos.

Hay algunos bienes que por ser duraderos, divisibles, fungibles, difíciles de falsificar, tener una oferta limitada, etc, son más demandados para pasar de mano en mano indefinidamente que por su valor de uso o consumo (¡si es que tuvieran alguno!). Y el razonamiento que expone Menger más arriba es extensible a este tipo de bienes. Lo que podríamos llamar mercancías “puras”. Es decir, este razonamiento no sólo es aplicable al dinero (generalmente aceptado), sino también a otros bienes económicos que tienen una facilidad de venta o vendibilidad relativa alta como para ser buenos medios de cambio pero sin llegar a ser generalmente aceptados. Y que podrían no llegar a serlo nunca quedándose en la categoría de medios de cambio “a secas” por distintas razones como puede ser demasiada volatilidad o cualquier otra cualidad que pueda limitar su vendibilidad (liquidez).

Por otro lado, es innegable que una amplia aceptación, el efecto red, realimenta la liquidez. De eso no hay duda. Pero como bien apunta Menger la costumbre o a la influencia de las autoridades aumentan la vendibilidad, pero posteriormente y como consecuencia de la vendibilidad original del bien, que a su vez se debe a sus cualidades intrínsecas (transportable, divisible, difícil de falsificar, oferta limitada, etc). El efecto red es una consecuencia añadida que puede conferir más estabilidad al valor, pero no una causa que lo origine.

Este efecto puede servir a una moneda establecida como defensa ante otra moneda aspirante si esta última no tiene unas cualidades significativamente superiores a la moneda ya establecida, pues el coste o molestia de cambiar de una a otra puede ser mayor que la mejoría que aporta la moneda aspirante, y por tanto no merezca la pena cambiar.  Sin embargo, creo que algunos economistas como George Selgin sobrevaloran el efecto red como barrera defensiva y malinterpretan a Menger al ponerlo por delante de las cualidades que confieren mayor vendibilidad a un bien.   

Aplicando este razonamiento del efecto red a una supuesta batalla entre Bitcoin y el dólar, y digo supuesta porque yo personalmente creo que no existe tal batalla pues todo apunta a que satisfacen necesidades distintas, Bitcoin iguala al dólar en muchos aspectos y lo supera también en unos cuantos. 

El “problema” de Bitcoin en esa supuesta batalla no creo que fuera el gran efecto red del que disfruta el dólar sino muy probablemente una de sus cualidades: La oferta fija.  Si bien es teóricamente una excelente propiedad como reserva de valor a largo plazo, puede que no lo sea tanto para un buen equilibrio entre oferta y demanda que confiera estabilidad de valor a corto y medio plazo, que es lo que hace falta para que un bien se utilice como dinero, incluso aunque esa estabilidad se produzca dentro de una clara tendencia a la baja.  Esto se ve claro en las monedas con una inflación moderadamente alta, como por ejemplo la peseta o la lira en su momento, que lejos de ser rechazadas seguían siendo ampliamente demandadas localmente para periodos cortos de atesoramiento porque a pesar de la inflación, a corto plazo seguían siendo razonablemente estables, y la erosión del valor por inflación para periodos cortos de tiempo era perfectamente tolerable, como por ejemplo los 4 o 5 días que pasan desde que cobras la nómina hasta que pagas la letra de la hipoteca.

Un argumento en contra de la vendibilidad, es que por lo general los individuos no hacemos sesudos análisis de las cualidades de los bienes para decidir si los queremos como dinero o no, sino que simplemente nos fijamos en la evolución de su poder adquisitivo. Y esto es cierto. Pero es que la evolución del poder adquisitivo o precio del dinero es la información que aglutina la valoración sobre la vendibilidad, y mientras no existan o se prevean problemas, es infinitamente más práctico y sencillo fijarnos en el precio. Pero cuando hay problemas es cuando buscamos otras alternativas, y entonces ya sí que rascamos con detalle las características de los bienes alternativos que adquirimos, sean dinero o no, para escapar de la inflación, la iliquidez o la incertidumbre.

En conclusión, no es necesario buscar razonamientos especiales o teorías ad-hoc para explicar el valor del dinero. La teoría del valor aplicable a cualquier bien es suficiente. Son las cualidades intrínsecas, que en el caso del dinero son las que afectan a su vendibilidad (ver capítulo V de el Origen del Dinero de Menger), las que determinan su utilidad, y por tanto su valor.

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