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Gasto público y reformas monetarias en el Imperio romano (II): s. III d.C.

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Desde la reordenación de Augusto entre los años 23 y 18 a.C., el Estado romano fue manipulando, durante los dos primeros siglos del Imperio, el valor intrínseco del denarius argenteus, eje principal del sistema monetario imperial, desde los 3,892 g. teóricos y 97-98% de plata, hasta los 3,22 g. y 56,5% de ley en el 196 d.C. El aumento del gasto militar, de las ayudas sociales, de los pagos a grupos concretos de presión, de las nuevas obras públicas e infraestructuras o de diversos tipos de excesos, entre otros, tensaron enormemente la capacidad de endeudamiento del Estado romano. En estos dos primeros siglos, la inflación fue moderada, del 0,7% ca. de media anual, pero el exceso de gasto público amenazaba, seriamente, con descontrolar los precios globales y la estabilidad del sistema económico imperial.

Caracalla, el “nuevo Alejandro”, continuó y expandió la política bélica de su padre, Septimio Severo: incrementó la paga militar a 2400 sestercios anuales, para poder emprender nuevas campañas contras los Alamanes y los Partos, a quienes sobornó para lograr la paz, y, para poder costearlo todo, aumentó otra vez los impuestos y llevó a cabo una nueva política monetaria expansiva. Entre los años 214 y 215 devaluó las 3 monedas principales: el áureo pasó de 7,2 a 6,6 g. de oro, el denario del 56,5% al 51,5% de plata y el sestercio de 25,5 a 24,8 g. de latón. Pero su principal invención fue la creación del argenteus antoninianus o antoniniano, con un peso de 1,5 denarios o 5,11 g. y un título entre el 46 y el 51% de plata, pero con el valor nominal de 2 denarios, que se convirtió en la moneda de referencia durante el siglo III. Por aquel entonces, la inflación aun se situaba por debajo del 1% anual y los precios generales eran 2,67 veces los de época augustea. Su sucesor, el prefecto del pretorio Opilio Macrino, intentó nuevamente elevar el título del denario al 58% de plata y abandonar el proyecto del antoniniano, pero, tras su efímero reinado, otra vez Heliogábalo volvió a los excesos en el gasto público. A partir del año 219, el excéntrico emperador-sacerdote rebajó el peso del áureo a 6,35 g. de oro, el título del denario a 46,5% de plata y el peso del sestercio a 22,5 g. de latón, además de reanudar la acuñación de antoninianos con un título de 43% de plata. El as de cobre de Augusto comenzó a desaparecer.

Con la caída en desgracia de la dinastía severa en el año 235 comenzó un período de profunda inestabilidad política y de crisis económica en todo el Imperio romano: hasta 26 emperadores reinaron en los siguientes 50 años, un emperador cada 2 años de media. Gordiano III, apoyado por los pretorianos, rebajó ulteriormente de peso el áureo en el año 238 hasta los 4,85 g., el antoniniano hasta los 4,35 g. y el sestercio hasta los 20,5 g., con el fin de costear su desastrosa campaña contra Sapor I de Persia. Pero el Imperio tocaría fondo a mediados de siglo con Galieno, quien, en sus 15 años de reinado, tuvo que hacer frente a más de 10 invasiones bárbaras distintas y a otros 15 usurpadores del trono imperial por todo el orbe. La devaluación de la moneda se disparó hasta niveles nunca vistos antes: rebajó el peso del áureo hasta los 3,4 g. y del sestercio hasta los 16,9 g. El grueso de la devaluación, sin embargo, fue a parar a los numerales de plata: el antoniniano pasó de los 3,5 g. y 36% de plata del año 253 a los 2,4 g. y 2,4% de plata del año 268, mientras que el denario hizo lo propio pasando del 41% al 6% de plata.

Denarios, sestercios y dupondios desaparecieron virtualmente de la circulación y, en consecuencia, la población romana volvió al trueque y a la economía de subsistencia. Si bien los precios generales eran sólo 3 veces los de época augustea, esto cambiaría drásticamente a partir del reinado de Aureliano. El representante del Sol Invicto en la Tierra derrotó a los imperios de Galia y Palmira y fue, por ello, nombrado restitutor orbis. Sin embargo, en el año 271, Aureliano intervino en la Moneta Caesaris, la sede central de la ceca romana de época imperial, para frenar una revuelta masiva de sus trabajadores, que demandaban el restablecimiento de la confianza de las monedas emitidas por el Estado romano. Por ello, en el 274, puso en marcha su particular reforma monetaria: el áureo recuperó los 6,6 g. de época de Caracalla y se creó el argenteus aurelianianus o radiado grande, de 3,89 g. y 4-5% de plata, en sustitución del depreciado antoniniano. No obstante, el Estado romano requisó numerosos bienes, como trigo, carne, vino, aceite, textiles o cuero, necesarios para alimentar y vestir a las tropas, a la vez que seguía empeorando el estado de la industria y el comercio. Estos fenómenos agravaron aún más la creciente inflación: cada vez menos bienes estaban disponibles en el mercado y cada vez la masa de moneda depreciada era mayor y circulaba en mayor proporción.

A finales de siglo, Diocleciano quiso poner freno a la desintegración de la economía romana con políticas públicas “keynesianas” que no solucionaron nada. Así, el ejército se amplió notablemente, añadiendo 35 nuevas legiones a las 42 o 43 que existían en el año 284; se llevaron a cabo multitud de obras públicas, como fábricas, cecas, fortalezas, carreteras y puentes, además de unas lujosas termas en Roma y de su propio palacio en Split; y, por último, se llevó a cabo un importante programa de ampliación de la burocracia provincial, tan desmesurado que hasta Lactancio reconoció que el número de trabajadores públicos había comenzado a superar al de contribuyentes privados. Al mismo tiempo, puso en marcha un renovado sistema monetario, más complejo y articulado que el de sus predecesores: el áureo, transformado en solidus a partir del año 301, pasó de 4,86 g. antes del 286 a 5,45 g. después, con un renovado título de 99,26% de oro; se creó el argenteus en el año 294 para sustituir al aurelianiano, con un peso de 3,38-3,40 g. y un título sorprendentemente alto del 92-98% de plata; y, por último, se crearon 3 nuevas monedas de cobre y bronce, el follis, laureatus maior o nummus, de 10,52 g. de cobre, plomo, estaño y 3-4% de plata, el radiatus, de 3 g. de bronce y 0,1% de plata, y el laureatus minor, de 1,27 g. de bronce. Para garantizar la aplicación práctica de este nuevo sistema monetario, Diocleciano llevó a cabo confiscaciones sistemáticas de plata, imposiciones de guerra, nuevas tasas, expropiaciones de metal a precio tasado y recargos por terrenos y propiedades mediante la aplicación de censos y de presupuestos anuales. En consecuencia, la economía romana se desequilibró de manera irreparable: por la Ley de Gresham, poco después del año 293 el argenteus fue rápidamente tesaurizado y desapareció de la circulación. Asimismo, la inflación se convirtió en hiperinflación: si en el año 284 la inflación general anual era del 5%, en el año 294 los precios generales eran 14 veces los de época augustea y la inflación había subido al 10%; para el año 301, en cambio, los precios generales subieron a 70 veces y la inflación se disparó al 35%.

A finales del siglo III, las expansivas políticas monetarias que los emperadores romanos habían estado usando continuamente para mantenerse en el poder, con el fin de adquirir apoyos políticos, militares y sociales, habían extenuado el sistema económico romano en todo el Imperio. Al efecto Cantillon, que favorecía a amigos y colegas del emperador, generales y senadores afines a su figura, se sumaba ahora la ley de Gresham, que cronificaba en el mercado la presencia de las acuñaciones de escaso valor intrínseco. Las cada vez más frecuentes confiscaciones, imposiciones, tasas y expropiaciones de oro y plata disminuyeron la confianza de los romanos, que empezaron a esconder sus propiedades bajo tierra: conservamos 1724 y 1985 tesorillos de los siglos I y II, respectivamente, cifra que se dobla en el siglo III, con 3937 tesorillos. El desenfrenado aumento de la masa monetaria total, junto con el generalizado descenso de la población y de la mano de obra debido a guerras, pestilencias y otros fenómenos, generaron una hiperinflación anual del 35% a finales del siglo III y comienzos del IV: la economía romana ya no estaba en condiciones de absorber todo el dinero de nueva creación y los precios de todos los bienes se vieron profundamente alterados.

El rechazo de la moneda de baja calidad provocó el aumento del trueque, que redujo las posibilidades del comercio de larga distancia y de las economías de escala, condenando a los distintos habitantes del Imperio a una producción local y de subsistencia. Los grandes productores industriales y agrícolas especializados menguaron, así como los diferentes gremios de artesanos y comerciantes en las diferentes ciudades del Mediterráneo, lo que obligó a los emperadores a crear empresas públicas para abastecer a sus ejércitos, volviendo el sistema más ineficiente y costoso. La crisis económica provocada con todo ello agravó la recaudación de impuestos estatales: los emperadores se vieron forzados, cada vez más, a pagar al ejército y a recaudar tributos en gran parte en especie, mediante indictiones extraordinariae, que se convirtieron en la forma más importante de ingresos durante la segunda mitad del siglo III. El resultado final fue pobreza generalizada y destrucción de gran parte del tejido económico romano.

Ver: Gasto público y reformas monetarias en el Imperio romano (I): Siglos I y II.

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