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Rallo contra Marx: la demolición definitiva del edificio marxista

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En el debate de las ideas, cada vez es más rara la honestidad intelectual. Lo habitual es lo contrario: la falacia, la manipulación y la trampa; la deformación deshonesta de las ideas del oponente para criticarlas con el mínimo esfuerzo intelectual. Pero, de vez en cuando, aparecen notables excepciones. Es el caso del último libro de Juan Ramón Rallo: Anti-Marx: Crítica a la economía política marxista (Deusto).

Como indica su título, esta obra desarrolla una crítica sistemática de la doctrina de uno de los pensadores más influyentes y perniciosos de la historia de la humanidad: Karl Marx. Una figura que solo rivaliza en influencia y veneración con líderes de grandes religiones, y cuya obra ha adquirido, para muchos, estatus de libro sagrado.

Para tamaña empresa, Anti-Marx no toma atajos ni recurre a hombres de paja. A lo largo de sus casi 1.800 páginas, Rallo realiza un meticuloso trabajo de reconstrucción del edificio marxista, piedra a piedra, para luego demolerlo con la misma precisión, pero sin piedad ni concesiones.

El test de Touring ideológico

El primer tomo de Anti-Marx consiste en una reconstrucción objetiva y ordenada de la teoría económica de Marx. Hasta tal punto es una exposición honesta, que superaría con suficiencia lo que el economista Bryan Caplan denominó el «test de Touring ideológico»: pasaría por ser una explicación del marxismo escrita por un marxista convencido.

Superar el test de Touring ideológico, según Caplan, es siempre «un síntoma genuino de objetividad y sabiduría». Pero este caso tiene aún más mérito. Primero, porque sintetiza una teoría extensa, dispersa en medio centenar de libros, artículos y cartas, que evolucionó y se fue corrigiendo a sí misma durante cuatro décadas. Y segundo, porque incluso cuando Marx se contradice o se vuelve incoherente, Rallo rescata de entre sus seguidores la versión que mejor encaja con el resto del sistema marxista.

La reconstrucción del marxismo

Así, iniciamos la reconstrucción de la teoría económica marxista, partiendo del poco controvertido hecho de que el ser humano necesita consumir determinados bienes para vivir y, para ello, mezcla su trabajo con los frutos de la naturaleza.

Antiguamente, trabajábamos para nosotros mismos, pero en el capitalismo lo hacemos bajo la división del trabajo: trabajamos para producir mercancías, productos que otros desean usar, para luego intercambiarlas por aquello que necesitamos consumir. Marx afirma que las mercancías tienden a intercambiarse a un ratio determinado: a aquel al que se igualan las horas de trabajo incorporadas en las mercancías intercambiadas. Con independencia del valor de uso final de cada mercancía, su valor en el mercado se determinará solo por el tiempo de trabajo que incorporen.

Pero Marx encuentra una única, pero gigantesca excepción a esta igualación de valor-trabajo en el intercambio: la propia contratación de trabajadores. Los capitalistas, la clase que se ha apoderado de todos los medios de producción, pueden contratar trabajadores pagándoles solo una fracción de sus horas de trabajo, apropiándose injustamente de la diferencia al vender las mercancías que producen.

La necesaria muerte del capitalismo

Así, los capitalistas se hacen cada vez más ricos, reinvirtiendo la plusvalía expropiada al trabajador para adquirir más medios de producción; mientras, mantienen a los trabajadores en la subsistencia, pagándoles lo mínimo imprescindible para que puedan sobrevivir y seguir acudiendo al puesto de trabajo.

Pero, para Marx, esta rueda no puede girar eternamente. Como cada vez hay que remunerar más medios de producción con la misma plusvalía extraída al trabajador, la tasa de ganancia del capital está condenada a descender hasta llegar al colapso final del capitalismo, que morirá, inexorablemente, víctima de sus propias contradicciones.

Entonces emergerá inevitable el comunismo, que comenzará con una revolución proletaria que expropiará los medios de producción de las sucias manos de la clase capitalista, los colectivizará e instaurará un sistema sin clases en el que el hombre ya no vivirá alienado, trabajando para los demás en aquello que no desea, sino que podrá alcanzar sus más profundos anhelos en el paraíso de la abundancia material y la libertad colectiva.

O eso, al menos, es lo que asegura Marx.

La demolición del marxismo

Tal vez al lector no marxista, terminado el primer tomo de Anti-Marx, le asalten las dudas y el desasosiego. ¿Tendrá razón Marx? ¿He estado todo este tiempo equivocado? Por eso es importante empezar rápido con el segundo tomo. Pues el mismo autor que ha reconstruido el marxismo ante nuestros ojos, pasa a analizar con precisión de relojero, pieza a pieza, engranaje a engranaje, todo el mecanismo marxista. Y pronto comprobamos, aliviados, como todo es un mecanismo fallido montado con piezas defectuosas.

Las mercancías no tienden a intercambiarse según el trabajo incorporado, sino en función de la subjetiva utilidad marginal de dichas mercancías (demanda), y de las que podrían producirse con los mismos factores productivos (oferta).

Esto aplica a todo intercambio de bienes y servicios, incluido el de fuerza de trabajo. Los capitalistas pujan por los trabajadores según su productividad marginal, fijando salarios que no tienen por qué ser de subsistencia, como aseguraba Marx. De hecho, desde que Marx comenzó a escribir El capital hasta nuestros días, los salarios reales han vivido un espectacular aumento, el mayor de la historia, sobre todo en los países capitalistas. Merced a este salario creciente, una inmensa masa de trabajadores ha ido ahorrando e invirtiendo en diversos activos, incluidas las propias empresas del sistema capitalista, complementando sus salarios con rentas del capital.

La tasa de ganancia

A su vez, los capitalistas no tienen su rentabilidad garantizada: se la tienen que ganar día a día, sacrificando la preferencia temporal, asumiendo riesgos y acertando con planes de negocio que sirvan de la forma más eficiente posible las demandas de los consumidores. Estos son los valiosos servicios que generan la plusvalía, y no una expropiación injusta de fantasmagóricas horas de trabajo no remuneradas de sus empleados.

Esta dinámica es perfectamente sostenible en el tiempo. La tasa de ganancia no está condenada a caer. Dependerá de cómo evolucionen los salarios reales, el progreso técnico o la preferencia temporal y aversión al riesgo de los capitalistas. La tasa de ganancia podría caer, mantenerse o incluso aumentar, sin que ninguna inevitabilidad la condene al colapso.

El comunismo, en ruinas

Por último, Rallo demuestra en detalle cómo la llegada del comunismo no solo no es inevitable; también es indeseable. El comunismo no pone fin a la escasez, como predicaba Marx, sino que la promueve. No acaba con la explotación, sino que la consagra, arrebatando al trabajador el fruto de su trabajo («de cada cual según sus capacidades») y repartiéndolo al dictado de la comuna («a cada cual según sus necesidades»). No acaba con las clases sociales, sino que divide la sociedad entre una nueva clase gobernante y una masa de gobernados. Ni acaba con la alienación, sino que la exacerba, subyugando al individuo y su proyecto de vida a la voluntad de la comuna. Y no libera al ser humano, sino que lo esclaviza: el comunismo necesita suprimir de raíz, a cualquier coste, la libertad individual. Así se ha demostrado siempre que se ha puesto en práctica.

En definitiva, Rallo desarrolla punto por punto, sin dejar cabos sueltos, una crítica sistemática y exhaustiva al pensamiento de Marx, hasta dejarlo en ruinas. El largo viaje que propone Anti-Marx queda más que recompensado al brindar el inmenso placer intelectual de contemplar esta demolición definitiva del edificio marxista.

Ver también

Marx y el fin del capitalismo. (Raquél Merino).

Marx fue un precursor del antisemitismo nazi. (Antonio José Chinchetru).

Marx y el dinero (I). (Eduardo Blasco).

Marx y el dinero (II). (Eduardo Blasco).

Serie de Andras Toth sobre Marx

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