Los políticos —sobre todo quienes aspiran a serlo y a seguir siéndolo— rara vez son creadores de ideas originales. Viven del ingreso que resulta de hacer cosas por las cuales nadie pagaría voluntariamente y, por eso mismo, salvo en la contienda por ver quién rasca más espaldas ajenas, no lideran nada. Su oficio consiste en seguir. La participación en el botín de los impuestos y el privilegio de gobernar la vida de los demás dependen de su capacidad para identificar la estrategia que maximice la probabilidad de obtener la mayoría de votos. No es más. Una vez elegidos, la estrategia no cambia: decir lo que dé más votos, sin más.
Dentro del grupo que aspira a gobernar con mayoría suficiente, hay políticos convencidos de que la fórmula ganadora es buscar al votante promedio: uno que espera una mezcla de posiciones. En Colombia, el ejemplo clásico es Sergio Fajardo, candidato presidencial perpetuo, siempre en busca de la alquimia entre polos opuestos y del tono moderado como programa político.
Cuando el centro no da de comer
Pero cuando el voto está polarizado —cuando los electores no gravitan hacia el centro, sino que se agrupan en dos bloques distantes— la mayor probabilidad de victoria ya no está en el centro. Este se vuelve pequeño e irrelevante. Los votantes, conversados y asustados, huyen hacia las posiciones más vociferantes en economía, instituciones y cultura.
La campaña, entonces, se organiza por bloques. Un candidato promete más gasto, más regulación y más redistribución, con Estado empresario, ejecutivo fuerte y centralizado, y reformas sociales aceleradas. El otro ofrece menos gasto e impuestos, mercados abiertos, controles institucionales, separación de poderes y cambio gradual, con énfasis en tradición y estabilidad. Dos paquetes nítidos para nichos definidos.
Polarización para la foto
Todo indica que, de cara a las próximas elecciones presidenciales en Colombia, el voto se está ordenando en posiciones que buscan diferenciarse como mutuamente excluyentes. Así lo sugería una encuesta de mediados de febrero de 2026: el abogado y cantante amateur Abelardo de la Espriella encabezaría la intención de voto por la derecha con 32,1%, seguido de cerca por Iván Cepeda —congresista de vieja data, cuyas camisas delatan su afinidad con el gobierno de Gustavo Petro y la fe en que el Estado todo lo puede— con 31,4%. Ambos parecen haber entendido la mecánica de esta contienda: dos equilibrios que no se confunden, dos grandes bloques de opinión alejados entre sí, con la mayoría de votantes alineada en uno u otro polo.
La opinión pública ve en De la Espriella una postura conservadora, de derecha, que capitaliza la crisis de seguridad, el deterioro del orden público y el desgaste de ciertos consensos culturales, prometiendo corregir esos frentes. Cepeda, por su parte, encarna la continuidad del progresismo petrista, con un discurso abierta y expresamente socialista, cada vez menos preocupado por maquillarse, que ofrece más justicia social y más “derechos”-de esos que suponen disponer de lo que otros producen para financiar nuevas cabelleras azul cobalto y no pocos aros bovinos en la nariz.
Menos confianza y más decreto
Es cierto que De la Espriella habla de libertad económica y de reducir el Estado —al menos en 40%— eliminando cargos y contratos para bajar el gasto público. También ha mencionado la eliminación de impuestos como el gravamen a las transacciones financieras y el impuesto a la gasolina. Ojalá cumpla, pero no creo que lo haga. Como buen abogado, que creen que la realidad se crea con leyes, preferiblemente propias, también propone medidas que, lejos de reducir el Estado, amplían su campo de acción: más gasto, más intervención y más dirección central.
Como deus ex machina regulatorio, plantea un rescate estatal extraordinario del sistema de salud, con mayor gasto público inicial, reasignación forzosa de recursos, intervención directa en los flujos financieros y decisiones regulatorias sobre qué entidades sobreviven y cómo operan. Resulta curioso ver a no pocos libertarios locales firmar cheques en blanco frente a este tipo de propuestas. En materia de drogas, tampoco hay giro liberalizador: nada de legalización ni relajación de prohibiciones, sino un “Plan Colombia 2.0”, con expansión de inteligencia militar y programas de cooperación subsidiada para intensificar la lucha antidroga. Con un déficit fiscal cercano al 7%, es legítimo preguntarse de dónde saldrá el dinero: probablemente de más impuestos para financiar más poder coercitivo.
“Yo no soy el Jaguar”
Al final, la polarización es más teatral que sustantiva. Las diferencias se presentan en imágenes, consignas y alegorías útiles como atajos cognitivos. De la Espriella insiste en ser el Tigre; Cepeda cultiva estética de guerrillero icónico —barba incluida— con independencia de cualquier preocupación por la higiene oral. La disputa simbólica es feroz: que el uno no es el Tigre y el otro no es el Jaguar.
Pero, más allá del zoológico retórico, ambos coinciden en lo esencial: gobernar es intervenir, dirigir y corregir la sociedad desde arriba. Cepeda continuaría el diseño central de la vida de millones. De la Espriella, con el mismo martillo, anuncia decenas de decretos desde el primer día. Ninguno representa, en rigor, un proyecto liberalizador consistente ni una confianza real en la superioridad moral y económica del mercado abierto —pese al entusiasmo de algunos libertarios de temporada. La contienda termina siendo una competencia de volumen para coincidir en el fondo.
Colombia se beneficiaría de una polarización auténtica: dos propuestas coherentes y opuestas sobre cómo debe organizarse la sociedad —si por órdenes desde arriba o por coordinación desde abajo. Pero no es el caso. No lo ha sido en mucho tiempo. No estamos ante polos reales, sino ante dos caras de una misma hipocresía, unidas por múltiples vasos comunicantes.
