De Westfalia a Ceuta: el fracaso de un estado

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La Biblia ya lo anunciaba; sin embargo, la capacidad de los hombres por sorprender y traicionar a sus pares no deja de sorprender cuando ocurre. El pasado 31 de julio el mundo (y sí, mundo, porque cubrió las portadas de todos los periódicos y teléfonos), fue testigo de cómo una de las dos fronteras españolas (y europeas) en África era asaltada, bajo la pasividad de sus guardianes. Lo que se vio no eran mujeres y niños buscando refugio, ni personas huyendo de una guerra, tampoco comerciantes con intención de vender alguna mercancía; por el contrario, un verdadero mar de personas arreadas cual ganado bovino llegaba en hordas hasta las playas de Ceuta, incrédulos ante la pasividad de policías, militares y Guardia Civil.

Esto es el fracaso de un Estado. Varios historiadores se remontan al famoso Pacto de Westfalia para fechar la concepción de los Estados modernos, una agrupación de personas a nivel social, circunscritas a un territorio, donde hay una autoridad civil, militar y eclesial (a veces) que, ante todo, provee seguridad física y jurídica a sus habitantes bajo el uso monopolístico de la violencia. Sea república, dictadura, reino, esta realidad siempre se ha hecho patente por lo menos desde 1648 (aunque España se constituye como una de las naciones más antiguas del mundo desde dos siglos antes).

En diversos momentos de la historia, el incumplimiento de la provisión de seguridad a los ciudadanos ha causado revueltas, revoluciones, asesinatos y guerras; aunque, cabe destacar que es extraño que desde dentro de un país se permita su invasión. Y esto fue lo que ocurrió. Es el culmen de un gobierno que ha desvariado y navegado sin rumbo ni objetivo de Estado más que la supervivencia desde 2018, pero la invasión frontal de un territorio bajo una guerra híbrida debe ser la gota que colme el vaso. Porque no es tolerable que unas autoridades desamparen a sus ciudades bajo la coacción de un Estado hostil (independientemente de cuál sea el origen de esta). En condiciones “normales” (está claro que esto no ocurriría), una autoridad frente a esta crisis debe irse. Bien por incompetencia o connivencia, pero, en cualquier caso, ello no ocurre, ni ocurrirá. En España nuestro líder sigue en una huida hacia adelante, amparado por una escuálida mayoría de investidura (que no de gobierno), dejando que el país quede a merced de invasores y pidiendo una adaptación a una “nueva normalidad” (¿dantesco?).

¿Qué nos indica esta realidad? Que estamos invadidos todos. Los ceutíes físicamente, pero el país entero se encuentra a merced de la decisión de un hombre por convocar elecciones y garantizar su limpieza (tanto censal como en el resultado). Y no hay nada, absolutamente nada, que la sociedad pueda hacer (sin recurrir a la violencia), mientras algún “socio” no decida quitar al líder. Ante este panorama, una realidad resulta evidente: tenemos un Estado fallido, y cuando este líder se vaya (porque nadie es eterno), convendría renovar los resortes del Estado (que no de la nación, porque seguiremos aquí), para evitar una verdadera implosión social. Parece exagerado, pero no lo es. Simplemente hemos sido la rana a la que le suben la temperatura poco a poco, hasta que no puede escapar. Ya se han nombrado fiscales a dedo, condenado a las máximas autoridades en firme, gobernado sin presupuestos por más de tres años, soltado a terroristas e invadido el país. Ya todo esto ha ocurrido.

¿Y qué podemos hacer? Votar (exigiendo justicia y limpieza en el proceso), manifestarnos y exigir que quienes se opongan a lo anteriormente narrado tengan el nivel intelectual, la altura de miras y proyecto de país para que las cosas cambien. De lo contrario, nos abocamos no a un Estado dictatorial o autoritario, sino fallido, donde la seguridad no está garantizada; espero, por nuestro bien, que podamos evitarlo.

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