Jorge (George) Santayana (1863-1952) ha sido uno de los pensadores más influyentes del siglo XX, especialmente en Estados Unidos. Nació y pasó su infancia en España, pero, aunque nunca renunció a la nacionalidad española, su formación fue americana y desarrolló su más importante actividad intelectual en USA, en cuya tradición filosófica está merecidamente incluido: el gran catedrático de Filosofía de Harvard, en el inicio de la llamada “época dorada de Harvard”. Sin embargo, y contando sus estancias veraniegas anuales en España, Santayana pasó casi la mitad de su vida en Europa, donde murió, en Roma, en 1952. No obstante, siempre estuvo muy vinculado a España y nunca perdió su nacionalidad ni cambió su pasaporte. En su Historia Crítica del Pensamiento Español, José Luis Abellán (1933-2023) incluyó a Santayana.
Santayana ha sido quizá también uno de los mejores escritores de la tradición clásica USA, junto a autores como Ralph W. Emerson, cuya influencia recibió. Esto facilita que algunos filósofos tiendan a leer a Santayana como un literato, que lo es, más que como un filósofo, que también lo fue. A esto ha ayudado, al menos en parte, el que su obra se desarrolla simultáneamente en ambos planos, pues fue un gran escritor y un pensador profundo, a la vez. Un caso excepcional, ya que modernamente se tiende a disociar filosofía y literatura. Probablemente, la frase más conocida de Santayana sea también una de las peor citadas habitualmente: “Aquellos que no pueden recordar el pasado están condenados a repetirlo” (La Vida de la Razón, 1905).
Santayana, pues, no fue sólo un pensador, sino también un literato de éxito, como lo prueba la cifra de ventas alcanzada por su novela El último puritano, que alcanzó gran difusión y algunos premios. También escribió lírica y sus tesis sobre los sonetos en inglés fueron seguidas, entre otros, por T.S. Eliot (1888-1965), el gran autor de Cuatro cuartetos. Y es que, tanto en composición como en crítica literaria, Santayana demostró poseer una prodigiosa capacidad. Los escritos de Santayana le atrajeron un gran número de lectores y sigue siendo hoy uno de los pensadores más leídos y citados del siglo XX, especialmente en el mundo anglófono.
El pensamiento de Santayana
La filosofía de Santayana es materialista, aunque esto deba precisarse: Santayana se declaró materialista, pero no en el sentido usual del positivismo de su tiempo, ni tampoco en el sentido marxista, sino en el del materialismo originario, propio de la filosofía griega. Santayana estuvo muy influenciado por el materialismo clásico de Demócrito y, sobre todo, de Lucrecio (99-55 a.C.), cuya obra De Rerum Natura fue una de sus favoritas En realidad, Santayana despreció a positivistas y marxistas porque no son realmente materialistas y, como bien expresa Abellán, Santayana sí fue materialista. Es decir, concebía la materia como el elemento biológico primario, pero de esa afirmación no extrajo muchos presupuestos teóricos, y huyó de los sesgos metafísicos-idealistas del materialismo contemporáneo. De los filósofos antiguos Santayana recibió una profunda influencia de Lucrecio, y de los filósofos modernos, reservó su mayor aprecio para el hispano-holandés Benito Spinoza (1632-1677).
Santayana asumió el materialismo como la constatación de un hecho. Un principio de realismo y de cordura, casi de honradez intelectual, que ejerció en su pensamiento una función metódica y fundante de su filosofía, sin reduccionismos ni unilateralismos. El realismo materialista de Santayana rompe la dicotomía tradicional entre materia y espíritu. La materia es para él un presupuesto anterior a cualquier cuestión epistemológica. En Los Reinos del Ser, comenzó con la “materia”, uno de esos reinos, considerándola como principio y causa última de las implicaciones de la materia consigo misma y con la esencia, la verdad y el espíritu. Santayana privilegió el valor epistemológico del conocimiento científico, sin por ello perder de vista sus limitaciones y, sobre todo, sin dejar de ver y denunciar las derivas metafísicas, en su peor sentido, del “cientificismo” moderno.
Su pensamiento conoció dos períodos. Tuvo un período temprano, “humanista”, en el que compuso El sentido de la belleza (1896), Las Interpretaciones de Poesía y Religión (1900), y los cinco volúmenes de La vida de la razón (1905-6). Y tuvo un periodo de madurez, período ontológico, en el que escribió Escepticismo y Fe Animal (1923), y su gran tratado de ontología, en cuatro volúmenes, Los Reinos del Ser (entre 1927 y 1940). La filosofía de Santayana puso en conexión una rica diversidad de perspectivas históricas que culminó en una formulación única e inigualable: el materialismo realista, o realismo materialista, que propone la reconciliación del espíritu y la naturaleza de la que es parte.
Santayana ante la política
El pensamiento político de George Santayana (1863–1952) se diferencia y distingue por su enfoque naturalista y escéptico. Lejos de proponer utopías o alinearse con partidos de alguna orientación específica, se guió por el pragmatismo y la armonía social para analizar la política como una expresión biológica y cultural de la vida. Partió de que el estado, aunque sea un monstruo peligroso, es necesario para mantener la estabilidad y la seguridad. Frente los sistemas “ideales” de gobierno, tan en boga en su época, encontró su inspiración en el viejo sistema “mixto”, de origen romano y base aristotélica, que tanto influyó en los constituyentes USA de 1787. Es decir, propuso como régimen político la combinación de aristocracia y democracia, en la convicción, de base empírica, de que bajo esos sistemas siempre han florecido la libertad, el arte y las ciencias, y en ellos se puede reducir, y hasta minimizar, la corrupción.
Santayana abogaba por una especie de gobierno de las “élites naturales” surgidas de la meritocracia, dirigido por los más competentes y capaces, pero sin excluir a hombres y mujeres comunes del derecho de acceder al gobierno. Esta “aristocracia natural”, inspirada en Jefferson (1837-1826), se funda en su prevención frente al “igualitarismo”. Al igual que Tocqueville y Ortega y Gasset, Santayana consideró que “imponer la igualdad a los desiguales es imponer la desigualdad”. Para él, la única igualdad posible, además de la igualdad legal, es la de oportunidades. En su A Theory of Justice, John Rawls (1921-2002) señaló que esa aristocracia natural de Santayana es una posible interpretación válida de los dos principios de justicia.
Santayana se autodefinió en sus últimos años como «un liberal retirado». Y, con indudable tono crítico, consideraba que el tipo humano que hizo posible la aparición y desarrollo del ideal liberal -el individuo independiente, refinado, con hábitos de autolimitación e integridad moral- era fruto de tradiciones preconcebidas (como la religiosidad o el civismo). Pero el tipo humano que vio y disfrutó del subsiguiente triunfo del liberalismo, es decir, con el apogeo del liberalismo de masas, desde mediados del siglo XIX, era un tipo diferente, pues terminó erosionando las bases éticas que sostuvieron y desarrollaron al liberalismo en sus inicios.
Fundamentos de su pensamiento político
Defendió un conservadurismo naturalista y pragmático, pues consideraba que las instituciones sociales, las costumbres y la tradición no debían destruirse mediante revoluciones abstractas o idealistas. La tradición funciona como una reserva acumulada de sabiduría práctica que permite la convivencia sin reinventar el orden desde cero en cada generación. Defensa que incluía el rechazo del “democratismo igualitarista”. Y, aunque reconocía que la democracia podía prevenir la tiranía y proteger libertades básicas, advertía, como Tocqueville, que la tendencia al igualitarismo absoluto podía sofocar la excelencia, reducir el debate cultural al mínimo y caer en la tiranía de la mayoría. El mejor sistema se situaría, así, en un modelo de timocracia, o aristocracia natural donde, para servir al bien común, dirigiesen el gobierno los más aptos moral e intelectualmente.
Y rechazó los nacionalismos, tan extendidos en su tiempo. Definió al nacionalismo con una fórmula que se ha hecho famosa: la indignidad de tener un alma controlada por la geografía. Consideraba que la sobrevaloración de las fronteras y los mitos colectivos engendraba agresividad y fanatismo. Como se ha dicho, en su obra La Vida de la Razón (la razón en el sentido común, 1905) plasmó su frase más célebre: «Aquellos que no pueden recordar el pasado están condenados a repetirlo». Para Santayana, el progreso no es simple cambio o novedad, sino el aprendizaje retentivo que permite a una sociedad utilizar su memoria histórica para evitar errores y preservar la civilización.
En su última obra política, Dominaciones y Potencias (Dominations and Powers, 1951), dividió las fuerzas sociales en tres secuencias ascendentes: 1) Generativa, conformada por las fuerzas biológicas y naturales que crean la vida, la familia y la sociedad básica; 2) Militante, que hace frente al conflicto creado por la coerción y el poder político o militar ejercido por los Estados; y 3) Racional, constitutivo del estado ideal donde las instituciones políticas sirven al florecimiento de la cultura, el arte, la filosofía y la libertad espiritual. Santayana entendía que la finalidad real del Estado no es la acumulación de poder o de riqueza, ni la imposición de una uniformidad moral, sino crear las condiciones de orden civil y paz necesarias para que el individuo pueda cultivar la libertad personal y el perfeccionamiento del espíritu.
Santayana y su crítica al liberalismo
El enjuiciamiento del liberalismo de Santayana es una de las partes más hondas y complejas de su obra política, expuesta principalmente en Evolución de un ideal liberal y Dominaciones y Potencias (1951). Santayana criticó el liberalismo desde dentro, examinándolo como un fenómeno histórico, biológico e idealista marcado por contradicciones internas. Una crítica que recuerda la crítica de Tocqueville sobre los riesgos de la democracia, y que refleja la tensión intelectual producida entre el liberal que fue Santayana y el “mundo liberal” que vio y conoció a finales del siglo XIX y comienzos del XX.
Sus análisis del liberalismo estudian esa aparente contradicción entre el ideal y la realidad del mundo dominado por el liberalismo a comienzos del siglo XX. Santayana consideraba al liberalismo clásico la protesta del espíritu libre contra la tiranía y la imposición dogmática. Pero el liberalismo más moderno había llegado a una paradoja: para proteger la libertad individual, creó un sistema económico, burocrático e industrial híper-organizado, que sofocaba la verdadera libertad espiritual, reduciendo al individuo a casi una pieza en un engranaje de producción y consumo. El liberalismo abanderó la diversidad y la tolerancia, pero la difusión global de la democracia comercial e industrial destruía la genuina diversidad cultural. Al uniformar los modos de vida bajo el estándar mercantil y urbano, la sociedad liberal terminaba generando una átona monotonía cultural, al desaparecer las tradiciones regionales y locales.
Para Santayana, la libertad se logra eliminando todas las trabas que la impiden, no suprimiendo todas las instituciones o costumbres preexistentes, como propuso el liberalismo revolucionario más radical, al igual que el jacobinismo o el utopismo comunista de los ilustrados. La libertad necesita tradición, disciplina y raíces. Sin este marco de pertenencia, la libertad abstracta degenera en anomia, desorientación y vacío espiritual. Por eso terminó criticando al liberalismo, por pretender ser un sistema formalmente «neutro» que deja a cada persona elegir su bien, cuando en la práctica impone una moral no declarada: el pragmatismo utilitarista, la fe ciega en el progreso material y el culto al bienestar económico.
Principales objeciones
Santayana estudió el liberalismo con distancia y escepticismo. El liberalismo se presentó al mundo como la filosofía de la emancipación individual, la tolerancia y la iluminación racional, mas, en la práctica, dio cobertura al industrialismo masivo y al desarrollo del capitalismo, principalmente. Con ello alteró la idea de libertad, sustituida por la búsqueda de la riqueza material, que hasta cambió la excelencia espiritual y cultural por la mediocridad acumulativa. Un liberalismo que confundía la virtud y la felicidad con el aumento del confort material. También objetó al liberalismo que, al intentar “liberar” al individuo de las tradiciones, religiones y estructuras locales, termina imponiendo una monótona y global uniformidad.
Porque, bajo la bandera de la tolerancia universal, el liberalismo era poco tolerante con cualquier estilo de vida que no se adaptase al progreso material y a la ética utilitarista. Una intolerancia procedente de la creencia en el progreso moral, sobre el que Santayana es muy escéptico, pues, para él, la naturaleza humana es inevitablemente como es: fija en sus pasiones e impulsos fundamentales. Por eso rechazó la “fe liberal” respecto a que la ciencia, la tecnología y la democracia terminarían conduciendo al perfeccionamiento moral de la humanidad, de modo imperceptible y por sí solas.
El liberalismo aspira a ser un marco neutral donde cada persona elige sus propios valores, pero Santayana creía que ninguna sociedad puede mantenerse sin compartir una misma visión del bien y del mal. Al privar a la sociedad de una herencia moral o religiosa común, el liberalismo puede crear un vacío ético que la eficiencia técnica no puede llenar. Un vacío que deja a los individuos a merced de la propaganda, de las modas pasajeras y del materialismo vulgar. Objeciones muy en consonancia con las reservas críticas de Toqueville y con las expresadas por Ortega y Gasset en La Rebelión de las Masas, obra que Santayana conoció: el gobierno de las mayorías, en la democracia de masas, podía degenerar en la “tiranía de la mayoría”.
Críticas realmente de fondo las planteadas por Santayana, para cuidadosa reflexión de liberales.
Serie ‘Grandes filósofos y la libertad’
- (VI) Augusto Comte y el liberalismo
- (V) Jeremy Bentham, ¿liberal?
- (IV) David Hume en el 250 aniversario de su muerte
- (III) Sócrates y la libertad
- (II) Platón y la política en Las leyes
- (I) Platón y el totalitarismo
Serie ‘españoles eminentes‘
- Francisco de Vitoria y la renovación filosófica del Renacimiento
- Ortega y Gasset y la democracia liberal
- La historia de España de Juan de Mariana
- Luis Díez del Corral y el pensamiento liberal español en el siglo XX
- Ortega y Gasset y Menéndez Pelayo, dos pensadores liberales ninguneados
- Juan Andrés y otros ilustrados españoles olvidados
- Jovellanos y el liberalismo español
- Juan de Mariana y Maquiavelo: espejos de príncipes
- El padre Feijóo y la ilustración española
- Baltasar Gracián, el final de la escuela española
- El Cid, ¿un héroe liberal?
- El pensamiento de Azaña
- Clara Campoamor
- Don Juan Valera, en su bicentenario
- Jaime Balmes, política para después de la revolución
- Baldomero Espartero, pacificador y general del pueblo
- Sagasta, el liberalismo de la restauración
- Emilio Castelar y Ripoll: el tribuno de la democracia
- Juan Álvarez y Méndez (Mendizábal)
- Liberalismo y romanticismo: Donoso Cortés
- José Larraz y el concepto de Escuela de Salamanca



Un comentario
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