Desde que comenzaron las hostilidades entre Irán, Israel y los Estados Unidos, hay un lugar geográfico que está omnipresente en medios y conversaciones. No es difícil adivinar que me refiero al estrecho de Ormuz, pues lo he puesto en el título.
Y es que nos han contado e insistido y repetido hasta la saciedad la importancia geoestratégica o geopolítica del citado sitio. Y nos apabullan con las estadísticas sobre el porcentaje de petróleo que pasa por tal lugar, con la cantidad de barcos que esperan a uno u otro lado del mismo, o sobre cómo los precios van a subir en todos los productos. Vamos, que esto va a ser catastrófico para la economía mundial y que nos preparemos para lo peor.
Como estoy hasta las narices de oír tan funestos presagios, me permitiré recordar un poco de teoría económica para ilustrar por qué no hay que exagerar tales preocupaciones, y tratar de apuntar a las verdaderas razones por las que deberíamos preocuparnos.
Para entender por qué dichas preocupaciones, si no infundadas, son al menos exageradas, basta con introducir un poco de dinámica en la visión de analistas y políticos. Recuérdese que ambos colectivos tienen una visión eminentemente estática del ser humano y por ende de la economía. Observan la situación actual y piensan que nada puede cambiar.
Con esa perspectiva, lógicamente, las dificultades para cruzar el estrecho de Ormuz se traducen en que se va a reducir la provisión de petróleo (y de otros productos que circulen por allí), por lo que el precio del petróleo tenderá a subir y a partir de ahí comenzarán todos los males del mundo. Y la única solución, con esta mentalidad, es que se reabra el estrecho de Ormuz.
El análisis cambia considerablemente con una perspectiva dinámica, que es la correcta, de la economía. Si en la actualidad circula tanto petróleo por dicho estrecho es porque los emprendedores no han encontrado mejor solución para dicho transporte en las condiciones existentes hasta el momento. Pero es evidente que el estrecho de Ormuz no es la única ruta posible para el transporte que se desea: hay tantas como podamos imaginar.
Por ejemplo los nabateos, hace unos miles años, llevaban el incienso desde el actual Omán hasta el Mediterráneo a través del desierto de Arabia. Pese a comenzar su ruta pasado el estrecho de Ormuz, su opción no era el mar. Las condiciones de la época hacían que el transporte por esa vía fuera más caro que la caravana de camellos. Evidentemente, ésta no parece muy buena solución para transportar millones de barriles de petróleos, pero sobre lo que quiero llamar la atención es que alternativas existen, unas absurdas, otras razonables y otras aún no imaginadas.
En cuanto uno es consciente de que hay alternativas para el transporte que no pasan por el estrecho de Ormuz, estamos ya en el análisis empresarial. El cierre de estrecho de Ormuz lo único que hace es alterar los costes relativos de las diferentes opciones. Pero es que los emprendedores se enfrentan constantemente a cambios en las condiciones del entorno, y precisamente su “trabajo” consiste en adaptarse a dichas condiciones para mantenerse en el mercado. El referido cierre no es más que otro cambio en las condiciones que confrontan los emprendedores en su día a día. La única diferencia con otros cambios es, quizá, de escala, porque este afecta a muchos sectores y empresas; pero eso hará que sean más las personas interesadas en buscar soluciones alternativas viables, y por tanto mayores las probabilidades de que se encuentren.
En suma, el cierre del estrecho de Ormuz encarece el transporte de petróleo a su través, sea porque hay que pagar tasas de protección a la Guardia Revolucionaria, o porque las aseguradoras exigen una mayor prima. Esa subida indudablemente puede ocasionar mayores precios aguas abajo en los distintos mercados, y esos mayores precios nos harán sufrir en el corto plazo, claro que sí.
Pero al mismo tiempo lanzarán a cientos de emprendedores a la búsqueda de alternativas para abaratar dicho transporte, pues la oportunidad de negocio es clara. Muchos de ellos se equivocarán, como pasa siempre con las ideas empresariales, pero puede que alguno acierte y encuentre una forma más barata de traer petróleo desde el golfo Pérsico sin pasar por el estrecho de Ormuz. Cuando eso ocurra, la capacidad de transporte se multiplicará y estaremos mejor que nunca, pues ya no dependerá la economía global de ese cuello de botella. E insisto, solo habrá sido cuello de botella porque ofrecía las mejores condiciones para el transporte en un momento dado y los emprendedores no encontraban incentivos para innovar en esta actividad.
Los expertos en geopolítica y geo-estrategia me objetarán que las condiciones geográficas son las que son y condicionan al ser humano, y que contra la geografía no se puede luchar. Es lo coherente con su visión estática. Y yo les responderé que el ser humano es una máquina de adaptación, y que ha superado todos los obstáculos naturales y geográficos a que se ha enfrentado cuando lo ha necesitado. Hay seres humanos viviendo en desiertos, selvas, casquetes polares y altas montañas. Algo inconcebible para un hipotético geo-estratega de los primeros homo sapiens.
No me resisto a recordar a dichos expertos cómo desde hace cientos de años hay tráfico regular de mercancías entre Oriente y Occidente, para lo que existía no solo un camino de la Seda, sino hasta cuatro posibles rutas, tal como nos cuenta Eva Tobalina en su magnífico “Los caminos de la Seda”. Si en aquellos tiempos, sin los avances tecnológicos que tenemos en la actualidad, ya se habían encontrado tantas alternativas para traer y llevar cosas entre dos lugares tan distantes, ¿qué problemas nos puede suponer en pleno siglo XXI sacar petróleo del golfo Pérsico?
Esto me lleva a identificar la que debería ser nuestra verdadera preocupación en estos momentos. He dicho más atrás que el cierre del estrecho de Ormuz, al incrementar los costes de esta alternativa de transporte, mandará señales de oportunidad de negocio, y muchos emprendedores buscarán maneras de resolver el problema, sea del propio transporte o a través de productos alternativos a los que vienen del área afectada.
¿Y qué necesitan los emprendedores para que el proceso de innovación funcione? Lo sabemos por Huerta de Soto, Rothbard y Cordato: que los precios no estén intervenidos y den buena información, y que los emprendedores no tengan limitaciones regulatorias para usar sus recursos. Así pues, el problema no es tanto el cierro del estrecho de Ormuz como las dificultades que puedan encontrar los emprendedores tratando de innovar en la búsqueda de alternativas.
Ese es el verdadero problema y no otro: las economías más reguladas serán las que sufran con este cierre, mientras que las más flexibles concentrarán el sufrimiento en el corto plazo, y luego saldrán fortalecidas, más “resilientes” como les gusta decir a los políticos europeos, pues habrán encontrado alternativas a la satisfacción de sus necesidades que no hubieran emergido sin dicho cierre. De hecho, la única esperanza para los que vivimos en entornos más regulados es que seguramente la alternativa que encuentren en las otras jurisdicciones también la podamos usar nosotros. Mientras tanto, qué Dios nos coja confesados cuando saquen el conejo de la chistera nuestros políticos iluminados. Que estos sí que me tienen de verdad hasta las narices.


