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¿Estamos volviendo a perder la batalla contra la pobreza?

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Hemos repetido en infinidad de ocasiones el hecho de que la proporción poblacional viviendo por debajo del nivel de subsistencia pasó del 80% a principios del siglo XIX a menos del 10% en 2018, contando además con el hecho de que la población aumentó en este periodo cerca de un 800% hasta los 7.800 millones de habitantes globales. Junto a todo ello, y como multitud de lectores de esta columna sabrán, la esperanza de vida global durante este periodo aumentó hasta superar los 70 años de media en el mundo.

Si algo cabe destacar es el hecho de que esta mejora no se produjo de manera paulatina desde principios del siglo XIX hasta cerca de 2020, sino desde la explosión del proceso globalizador de la economía a partir de la década de 1970. Para constatar este hecho vale con señalar que en 1970 aún cerca del 50% de la población mundial vivía por debajo del umbral de la pobreza. Esto, como hemos reiterado en múltiples ocasiones, demuestra como el proceso de liberalización progresivo a nivel global a partir de 1970 benefició precisamente a los más pobres, permitiéndoles incrementar su nivel de vida y escapar del umbral de pobreza.

De hecho, el gran aumento del nivel de vida en países miembro de la Asociación Internacional de Fomento se produjo entre el año 2000 y 2021, incrementando de los 58 a los 65 años de esperanza de vida.

Asociación Internacional de Fomento

Sin embargo, durante los últimos años y debido principalmente a las tendencias económicas postpandemia, la situación de los países miembros de la Asociación Internacional de Fomento no ha sido tan positiva. Desde el inicio de la pandemia a escala global, los ingresos per cápita en el 50% de los 75 países miembro de la AIF han crecido a un menor ritmo que en las economías desarrolladas y en más del 30% de los países de la AIF los ingresos per cápita han incluso decrecido, volviéndose más pobres que en los años previos a 2020. Esta debe ser la tendencia que tratemos de revertir en los próximos años si queremos continuar con el éxito de reducción de la pobreza de las últimas décadas.

Como hemos comentado, shocks como el Covid, la crisis inflacionaria postpandemia, el incremento de los precios de la energía y los alimentos a causa de la invasión de Ucrania o el pasado incremento de los tipos de interés afectaron sobremanera a los países emergentes. Estas tendencias han conducido a una mayor inestabilidad política, social y económica en estos países, particularmente en los localizados en África subsahariana.

El elemento financiero

Dentro de las tendencias que más negativamente están afectando a los países emergentes, las financieras se hallan a la cabeza. La movilización de recursos financieros nacionales en los países emergentes está resultando cada vez más compleja, tanto por el peso de la economía sumergida como por la reducida madurez de sus sectores financieros. Además, la reducción de ingresos por caída de exportación de materias primas o el efecto de la debilidad de sus divisas locales, han hecho que estos países se hayan vuelto cada vez más dependientes de la deuda extranjera.

Esto es enormemente negativo para los países emergentes. Al percibirse como de alto riesgo en el mercado, su coste de endeudamiento aumenta. Ello, unido a su dificultad de generar ingresos fiscales por el elevado peso de la economía sumergida, incrementa el peso del pago de vencimientos de la deuda sobre el gasto público total. Todo esto, además, incrementa la probabilidad de crisis de deuda en estos países, generando un círculo vicioso que a su vez conduce a una elevación del coste de la deuda.

La clave para que esto no ocurra se traduce en un mayor flujo de inversión extranjera hacia los países más afectados por estas dinámicas, generando así un incremento de su productividad total y del crecimiento económico, reduciendo el riesgo de impago y el coste de la deuda. Sin embargo, será muy complicado que esto ocurra exclusivamente con inversión privada en el corto plazo. Algunos analistas han remarcado la necesidad de un incremento del volumen de créditos de bajo coste hacia aquellos países emergentes que muestren unas bases sólidas para asentar el crecimiento y desarrollo futuros, previniendo así la mencionada espiral negativa de la deuda.

El riesgo del endeudamiento

Los planes actuales para ello es que el próximo paquete de financiación para países de la Asociación Internacional de Fomento se cierre a finales del presente año por parte del Banco Mundial, ante la urgente necesidad de evitar que la deuda y las dinámicas actuales terminen por revertir la tendencia de reducción de la pobreza a escala global. Por poner las necesidades actuales en perspectiva, el plan más reciente del Banco Mundial para financiación de países de la AIF se aprobó en 2021 para el periodo 2022-2025. Sumaba $93 billones en total, lo cual equivale al 0.03% del PIB global. Esto muestra la necesidad de que esta cantidad se incremente en el presente plan. Y que ponga el foco en incrementar la proporción de dichos fondos procedentes del sector privado en forma de inversión extranjera directa.

Tal y como se ha descrito, las tendencias económicas de los últimos años están conduciendo a muchos países emergentes al precipicio de una espiral de deuda que puede hacer implosionar sus sistemas económicos y hacer retroceder la tendencia de reducción masiva de la pobreza que se lleva produciendo las últimas décadas. Para evitar que esto ocurra es esencial que se diseñen programas de colaboración público-privada que incentiven la inversión extranjera directa hacia estos países, impulsando su productividad y crecimiento y, por lo tanto, reduciendo la pobreza.

Ver también

El aumento de la pobreza en España. (Álvaro Mártín).

Contra la teoría del decrecimiento. (Álvaro Martín).

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