Ha sido un verano tremendo, que ha tenido a los españoles constantemente pendientes de incendios e invasiones. Bueno, mientras no estaban al sol en la playita y tomándose unas copas nocturnas. Pero, sí, al menos mientras veían la tele, no les quedaba más remedio que ver a España asolada e invadida.
Ambas catástrofes tienen muchas cosas en común, y posiblemente la que primero salte a la mente es la inoperancia y negligencia, que roza la criminalidad, del actual gobierno de España. No es ninguna sorpresa a estas alturas de la película, pues es difícil olvidar las vidas que costó su gestión del COVID, o la de la DANA de Valencia, o el accidente de Adamuz, o las que indirectamente habrá supuesto el apagón general.
Pero también ha de llamar la atención las constantes referencias que hacen comentaristas y afectados a las leyes. Desconozco el contenido o referencia concreta, pero lo que transpira de lo que dicen es que son leyes que dificultan la solución de ambos problemas. Por ejemplo, parece que determinadas leyes habrían impedido el cuidado de nuestros bosques y facilitado la extensión de los incendios una vez producidos. O parece que determinadas leyes impiden la repatriación inmediata de muchos de los invasores que cruzaron indebidamente la frontera; y otras leyes parece que ponen la asistencia a estos emigrantes, aunque estén ilegalmente en España, por encima de nuestros derechos a enseñanza o asistencia médica.
En suma, parece que hay unas cuantas leyes por ahí que en lugar de facilitarnos la vida, nos la complican. ¿Cómo puede ser que haya leyes que dificulten la devolución de los emigrantes ilegales en una situación de emergencia como la que ocurre en Ceuta? Parece increíble que nos hayamos dado normas que nos hagan este daño. ¿Cómo habrá ocurrido?
Y es que las normas no son más que una herramienta para facilitar la vida en sociedad. Este es su origen y causa, ni más ni menos. Los seres humanos vivimos en sociedad con otros individuos, que tienen objetivos y preferencias distintos de las nuestras. Ello hace que surjan conflictos entre nosotros, que necesariamente hay que resolver, sea por las buenas o por las malas.
Resulta un gran avance la aparición de normas que ofrezcan cierto grado de certidumbre de cómo se va a resolver un conflicto, sin tener que estar continuamente utilizando algo tan costoso como la violencia. Y por supuesto que habrá individuos que en determinadas circunstancias prefieran el uso de la violencia para resolver un determinado conflicto, pero eso no reduce el gran valor que tienen las normas para la vida en sociedad.
Un ejemplo muy conocido es el de los derechos de propiedad. Dado que los recursos son siempre escasos para la satisfacción de nuestras necesidades, es evidente que habrá un conflicto continuo sobre su uso, posiblemente resuelto por violencia (la ley del más fuerte), a menos que la sociedad se dote de normas que dejen claro quién y en qué condiciones puede usar cada recurso. Es obvio que la existencia de derechos de propiedad mejora enormemente la convivencia y las posibilidades de desarrollo de una sociedad, cuyos individuos pueden tener preocupaciones diferentes a la de discutir constantemente si algo es o no suyo.
La pregunta ahora es cómo surgen estas imprescindibles normas de convivencia. La respuesta nos la dan Hayek y Leoni: surgen de forma espontánea con las interacciones de los individuos. No me entretendré demasiado en desarrollar esta idea, pero sí es necesario remarcar que su origen NO es la votación en un parlamente de una ley. La prueba es evidente: la sociedad existe mucho antes de que hubiera parlamentos democráticos (o no), por lo que de alguna otra forma se tenía que dotar de normas de convivencia.
Es cierto que muchas de estas normas, si se quiere costumbres, no estaban escritas, pero parece que se conocían lo suficiente como para que fueran efectivas. Al respecto, hay que recordar que cuando los romanos llevaban su conflicto a un juez, este encargaba al jurisconsulto la investigación sobre las normas relacionadas, cómo se habían resuelto conflictos similares en otras ocasiones. Así se descubría (descubrir, no crear) la norma existente y se resolvía el conflicto en línea con la misma.
Así las cosas, resulta difícil imaginar que las normas emergentes fueran a ser destructivas para los individuos que las utilizaban. En efecto, si bien las normas aparecerían de forma espontánea, solo las verdaderamente útiles sobrevivirían en el tiempo siguiendo un proceso darwiniano de selección y evolución. De esta forma quedaba conformado el corpus normativo, aunque, insisto, no se explicitara por escrito.
Con el tiempo, algunos monarcas acometían grandes obras de codificación (Alfonso X el Sabio es el ejemplo típico), que básicamente recopilaban las normas que se había dado la sociedad hasta un determinado momento. Estos códigos facilitaban enormemente el trabajo de jurisconsultos, jueces y partes, que podían encontrar las normas de aplicación a un relativo bajo coste. Y así en España tenemos códigos civil, penal, mercantil…
El problema es que, “echa la ley, echa la trampa”, nunca mejor dicho, y en algún momento los políticos se pusieron a cambiar los códigos con la idea de así cambiar las normas de convivencia de la sociedad. Cuando llegaron las democracias, esto se empezó a hacer mediante un proceso legislativo y a votos de los representantes de la ciudanía elegidos en las urnas. Es un fenómeno que los expertos denominan positivismo del derecho: las normas son válidas cuando las votan unos cuantos tipos más o menos descerebrados, más o menos ideologizados, y no cuando el proceso darwiniano las sitúa como mejores para la convivencia que las alternativas.
Llegados a este punto, ya es fácil entender por qué hay leyes que pueden destruir sociedades. Su origen y causa se ha pervertido, se ha corrompido, y ahora las normas son herramientas en manos de ingenieros sociales, con sus propios objetivos y visión de cómo tiene que ser la sociedad, en lugar de facilitar a los demás individuos que persigan los objetivos que puedan tener.
Es por eso que las normas que nos hemos dado para tratar a los emigrantes o cuidar del medio ambiente terminarán destruyendo la convivencia y la sociedad. Y muchos de los enemigos de la libertad lo saben perfectamente. ¿No decía Lenin que a los capitalistas se les ahorcaría con la soga que ellos mismos les venderían? Pues eso.

