Crítica a la tesis de Bitcoin como dinero fuerte III

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Como ya he afirmado en otras ocasiones, aunque estos debates sobre el valor puedan parecer sobre el “sexo de los ángeles”, nada más lejos, pues entender bien qué es el valor importa, y muchísimo. Cualquier grieta en la teoría del valor la aprovecharán los políticos para justificar saquearnos con inflación, controles de precios y demás artimañas que causan dolor, miseria y servidumbre. En la confusión, ganan los parásitos.

Con lo anterior me refiero lógicamente a las conclusiones que saque el lector del debate a su conjunto, no a mi versión de la explicación del valor. Vamos a ello. Recientemente Joel publicó una segunda réplica a mi crítica de su tesis. Por intentar no alargarme, en esta tercera entrega voy a intentar ser lo más constructivo posible y no ir contestando todas las cuestiones, ejemplos y contraejemplos salvo que pueda aportar algún argumento nuevo sobre ello o crea necesario subrayar argumentos anteriores. 

En primer lugar voy a mostrar los avances del debate y visto que Joel me sigue exigiendo más, manteniendo la misma línea argumental añadiré dos argumentos nuevos que puedan contribuir a dejar más claro el concepto de valor de cambio de Carl Menger. He de decir que en la réplica de Joel he detectado numerosas falacias y errores, así que si hubiera algún lector que esté interesado en ese “salseo”, podrá encontrarlo en este enlace.

Quiero destacar que aunque Joel en sus réplicas está entrando también en los medios de intercambio indirecto, el dinero, y Bitcoin, yo de momento no he entrado ahí aun.  Por ir por partes, el alcance de mi crítica hasta ahora se ha limitado exclusivamente al valor de cambio para los bienes no monetarios, porque quiero dejar bien fijada mi interpretación del valor de cambio de Menger, ya que será la base que fundamente la siguiente parte de la crítica.

Avances en el debate

En su última réplica, Joel ya ha abandonado claramente su posición al respecto de exigir intercambios previos para todos los bienes no monetarios que sostenía en su paper con Bagus y en varios pasajes de su tesis (el énfasis en cursiva en todas las citas es mío):

“Para otorgar valor de cambio a un bien es necesario que se hayan dado ya intercambios de ese bien, porque lo que se valora son los supuestos intercambios que ese bien permite (su poder adquisitivo).” (p. 147 Serrano, 2025)

“Valor de cambio: Es la importancia atribuida a un bien en función de su capacidad de obtener otros bienes a través del intercambio. El valor de cambio surge de los precios de mercado previos (requiere intercambios reales).”(p. 152Serrano, 2025)

Poco después de mi segunda entrega le recordé a Joel la posición de Mises sobre esa cuestión en este post de X, donde Mises nos dice lo siguiente al respecto del ¡valor de cambio! de los bienes no monetarios:

“Hay aquí un contraste entre la determinación del valor de cambio del dinero y el valor de cambio de otros bienes económicos.  Por lo que respecta a éstos, todas las relaciones de cambio preexistentes son completamente irrelevantes. [..] En todo caso, cualquier sugerencia de una relación causal entre precios pasados y presentes debe rechazarse decididamente.” (p. 86 y 88 Mises, 1912/1997)

Supongo que durante la elaboración de su tesis pasó por alto este pasaje de Mises, y una vez visto lógicamente le hace mucho más caso a Mises que a mi, y en consecuencia en su última réplica corrige su posición respecto a la que sostenía en la tesis, apoyándose con una nota el pie que hace referencia exacta al mismo pasaje de Mises que yo le recordé en X:

“No sostengo, por tanto, que todos los bienes necesiten precios previos para poder ser valorados o intercambiados. En los bienes no monetarios, las relaciones de cambio pasadas pueden servir como referencia práctica, pero no son causa necesaria de los precios presentes” (Serrano, 2026)

Que conste que no me quiero atribuir el mérito de estos avances, pues la postura de criticar es mucho más fácil que la de construir una tesis.

Progresos en la buena dirección de abandonar el poder adquisitivo

Por otro lado, en las páginas 45 (El valor de cambio lo proporciona el poder adquisitivo), y en los pasajes de las páginas 147 y 152 de la tesis citados más arriba, también afirma que el valor de cambio de los bienes en general “es”, o mucho peor aún, “surge” o “lo proporciona” su poder adquisitivo. Y ahí se está refiriendo, erróneamente, al valor de cambio de Menger[1]. Pero afortunadamente también hay visos de rectificar este error, pues en sus réplicas matiza la cuestión con un término nuevo “valor de cambio concreto” que no está en su tesis.

Digo que hay visos y no rectificación porque por mucho que Joel afirme que su “valor de cambio concreto” no es el poder adquisitivo, si que lo es, pues acaba introduciendo “qué bienes podría obtener mediante su intercambio”:

“La clave es que el valor de cambio concreto es la significación que un bien adquiere para su poseedor en la medida en que este puede estimar, sobre alguna base, qué bienes podría obtener mediante su intercambio y qué necesidades podría satisfacer indirectamente.” (Serrano, 2026)

Lo vuelve a repetir con el ejemplo de los caballos: “qué bienes podría obtener a cambio del caballo”. 

El ejemplo de Chris Gardner ha resultado ser muy revelador, pues gracias a él Joel ya nos confirma plenamente que la magnitud de su “valor de cambio concreto” en el escáner no crece junto con la importancia del objeto para satisfacer la necesidad que Gardner pretende satisfacer con él (el valor de cambio de Menger). Por tanto, él mismo nos reconoce que es un concepto y una magnitud distinta al valor de cambio de Menger:

“Si tengo hambre, aumenta para mí la importancia de conseguir comida. Si mi situación es desesperada, esa necesidad puede ocupar el lugar más alto en mi escala de valoraciones. Pero de ahí no se sigue que pueda atribuir al bien que poseo un mayor valor de cambio concreto.“ (Serrano, 2026)

Claro que no se sigue que Gardner pueda atribuir al escáner un mayor “valor de cambio concreto”, porque el “valor de cambio concreto” de Joel es poder adquisitivo por mucho que lo niegue. Y como expliqué en mi segunda entrega, el ¡creciente! valor que Gardner le va confiriendo al escáner según avanza la película, pues acaba durmiendo casi ¡¡abrazado a él!!, es la (creciente) importancia del objeto para poder colmar la necesidad que pretende satisfacer indirectamente, que no implica en absoluto que vaya a conseguir mayor cantidad de dólares ni mayor cantidad de comida, en el mejor de los casos la misma cantidad o incluso menos.

El reproche de Menger no va de subjetividad

Así, a través de este ejemplo Joel nos corrobora que su valor de cambio concreto sigue siendo, sin ninguna duda, poder adquisitivo. Y es el concepto al que Menger le niega tajantemente el término “valor”. Joel no entiende el reproche de Menger. No es un reproche por perder de vista la subjetividad del valor, sino por confundir conceptos y su relación causal al emplear el término “valor” (de cambio) para referirse al concepto de poder adquisitivo. Este reproche de Menger aplica de lleno a Mises para el dinero, y de lleno a Joel para todos los bienes.

El reproche es muy sencillo de entender. Si en el mercado se puede obtener un kilo de trigo por una moneda de plata, el valor de la moneda ¡jamás! puede ser de un kilo de trigo, porque ahí quien entrega la moneda no incorporaría más valor.  Nadie intercambia al valor porque ahí no se gana nada. Independientemente de la subjetividad del valor, son conceptos distintos donde la ganancia de valor en el intercambio es el concepto causal y fundamental.

Tanto el poder adquisitivo como los precios estimados e históricos son consecuencia del valor, no son nunca valor ni mucho menos su causa. De ahí el durísimo tono en el reproche de Menger en su segunda edición de principios: “demuestra su total ignorancia de la naturaleza del valor en general y del significado del valor de uso y del valor de cambio.” (Nota al pie Capítulo V.2, Menger, 1923)

Cuando yo recojo el ejemplo del ¡vaso! de agua de Joel, me hace una maniobra argumentativa muy fea afirmando que yo hablo de cantidades abstractas de agua.  Sabe que no es así, cuando te sobra agua es obvio que te sobra una cantidad concreta de agua, un vaso o un cántaro ¿qué es eso de abstracta?. Es más, si a lo largo de este debate alguien concreta y cuantifica soy yo cuando interpreto que el granjero valora un caballo en tres vacas, y es valor porque ¡nunca! intercambiaría a esa relación, contraponiendo este concepto de valor al concepto de precio que sería un caballo por una vaca.

El valor según Mises no puede ser cardinal

Lo anterior me lleva a un melón que me he resistido a abrir hasta ahora por no desplegar más frentes en el debate y porque yo no creo que el valor sea ordinal. Pero soy incapaz de aguantarme más. Y ese melón es la estrictísima ordinalidad radical por parte de Mises en lo que respecta al valor, que da igual que sea de uso o de cambio pues es cuestión pacífica que la distinción es meramente analítica. Asumo que Joel no renuncia a esta ordinalidad radical de Mises.

Por tanto, si el “valor de cambio concreto” de Joel es ordinal, es  imposible que sea “cuánto pan” o “cuánto dinero”, no puede ser “concreto”. Y si insistiera en que es concreto entonces ha de ser cardinal y en su marco teórico sólo el precio o el poder adquisitivo pueden ser cardinales, nunca el valor (de cambio).

Realmente Joel sí afirma que el valor de cambio concreto es la significación de la necesidad que se pretende satisfacer de manera indirecta, pero o bien lo afirma “de boquilla”, o bien lo sigue haciendo depender del poder adquisitivo aunque diga haber abandonado esa dependencia.

La expectativa de venta y el valor de cambio son inseparables

Y tampoco he sostenido expectativas de venta “abstractas” para desplazarme luego a expectativas racionales. Eso es totalmente falso, otro hombre de paja. Desde un principio ya propuse posibilidades concretas como el coste más un margen para un artefacto nuevo. Pero es que a Joel tampoco le sirve lo concreto. Cuando pide concreción es una petición vacía, porque cuando se la doy, y yo se la di desde un principio con el coste más margen, no la acepta. No le sirve un precio puesto en una etiqueta por muy racional y realista que sea. Aunque Joel afirme que ya no lo hace, no puede evitar seguir arrastrando a sus razonamientos esa ocurrencia de que para que haya valor de cambio en los bienes no monetarios es imprescindible una base de intercambios previos.

De todas formas, por dejar el debate claro, en mi interpretación del valor de cambio de Menger la expectativa de venta o de mejora implica si o si valor de cambio, y los bienes que están en esa relación con el sujeto que los posee se denominan mercancías. Y la cantidad de bienes que se espera obtener a cambio, ¡que no es el valor de cambio!, siempre será determinable, que no es lo mismo que concreto porque determinable ya nos avisa que la concreción puede necesitar un proceso previo.

Joel introduce los términos “abstracto” y “arbitrario” que solo sirven para oscurecer la cuestión, y además confunde determinabilidad con su antónimo indeterminación. Lo arbitrario no cabe en la teoría del valor subjetivo. Tal y como sostienen Menger y Mises los precios y el poder adquisitivo no están predeterminados, pero si que son determinables mediante procesos cuyo resultado dependerá de los intereses subjetivos de las partes.

Procesos como la mera aceptación de un coste más o un margen en términos de otro bien; o un proceso de regateo sobre lo anterior; o determinable vía el antiquísimo método de las subastas holandesas donde al vendedor no le interesa limitarse a sí mismo la ganancia y se parte de un precio deliberadamente muy alto; o determinable vía subastas ordinarias como las de ebay (la razón de su éxito) partiendo de casi cero cuando el vendedor no tiene ni idea de qué precio poner a un objeto de segunda mano, etc.

Quiero señalar además, que poner ejemplos del neolítico por simplificar, donde hay poca variedad de bienes y como mercancía hasta podría aceptarse muy a regañadientes que es casi lo mismo una manzana que una pera, la realidad es muy distinta y mi objetivo es explicar la realidad. En una economía moderna la variedad de bienes es inmensa, y muy a menudo se trata de bienes únicos como muchos inmuebles, naves industriales, litigios legales, u otros bienes y servicios específicos y personalizados que por definición no son fungibles en términos de valor (¡no de costes!) con otros bienes y servicios. Es decir, el caso de mercancías “radicalmente” nuevas no es una excepción, es muy habitual.

Sin expectativa de venta, no hay mercancías

Incorporo al debate el concepto de mercancía de Menger que el propio Joel cita en su tesis (p. 33) y que hasta donde yo sé no cuestiona ni matiza lo más mínimo. Lo incorporo porque las mercancías únicamente tienen valor de cambio mientras lo son, pues es innegable que una mercancía como tal sólo puede satisfacer necesidades indirectamente. En palabras de Menger, cuando el propietario abandona su ¡intención![2] de intercambiarla (cuando abandona su intención de satisfacer necesidades indirectas con ella), deja de ser mercancía. 

Sobre que la expectativa empresarial no implica valor de cambio para una mercancía radicalmente nueva, aquí Joel niega que el vendedor pueda tener una relación mercantil con el bien. Como no ha habido intercambios previos, Joel niega implícitamente que se pueda denominar mercancía en el sentido de Menger a aquello que el empresario concluya que los demás necesitan solicitando un precio a cambio (ask) de ese bien.

Negación que contradice frontalmente la definición de Menger: una mercancía es todo bien que su poseedor destina al intercambio, a satisfacer necesidades indirectamente. El carácter de mercancía no es social ni lo otorga el mercado sino la intención del poseedor, y el ask — el precio solicitado o que se planifica solicitar — demuestra una intención basada en una estimación racional de que existen o existirán terceros que necesiten esa mercancía.

El ask puede ser presente o proyectado al futuro, puede ser público o no, basta con que exista como estimación subjetiva racional por parte del propietario de la mercancía. El propio Menger, hablando del tabaco describe cómo el propietario de ciertas mercancías puede verse obligado a esperar mucho tiempo para vender [3],  y obviamente no por esa gran dificultad de venta dejan de ser bienes destinados a satisfacer necesidades de manera indirecta por la vía del intercambio, es decir, mercancías.

Para Menger una mercancía no solo lo es cuando hay una expectativa de venta por parte de su propietario, ¡es que tampoco deja de serlo cuando la esperanza o expectativa de venta es muy baja o el precio precio pretendido implique pérdidas!. Lo que la mantiene como mercancía es la intención subjetiva y racional de vender, no la probabilidad de lograrlo

La intención de venta es una decisión subjetiva y siempre racional

En la teoría del valor subjetivo, no cabe interpretar la intención del vendedor como “mera” o “arbitraria”. Bajo la teoría de Menger o de Mises cabe contemplar que la decisión de pretender vender un bien puede acabar siendo equivocada ex-post o estar basada ex-ante en una utilidad extremadamente psicológica (amuletos de la suerte, crecepelos, etc) pero en ningún caso es arbitraria o aleatoria. Mientras el sujeto estime que terceros pueden necesitar cantidades de su bien (bedarf [4]), ya hay causa, ya tiene motivo e incentivo para destinarlo al intercambio. El precio final y la ganancia que finalmente se obtenga es una cuestión posterior.

Si el sujeto atesora un bien con la intención de ponerlo a la venta en el presente o en el futuro a un precio cerrado x, o a comercializarlo vía subasta holandesa (lonja de pescado) o a comercializarlo desde cero vía subasta ordinaria (ebay) solo podemos concluir que así considera que va a mejorar su situación por la vía del intercambio. Y ni Mises, ni Menger, ni Joel, ni yo somos quien para negar la relación mercantil que tiene el sujeto con el bien, ni somos quien para cuestionar que el sujeto ha decidido destinar ese bien para satisfacer necesidades indirectamente porque estime que con ese precio cerrado, mecanismo de subasta, estrategia de regateo, estrategia de marketing, o estrategia de atesoramiento estima llegar a una más completa satisfacción de sus necesidades presentes o futuras.

El eventual resultado final de destinar el bien a la venta y su magnitud por una acertada o desacertada estimación del precio de venta no diluyen el concepto de valor de cambio sino que lo extinguen. Si finalmente concluyo que la peluca es invendible, deja de tener todo valor para mi (ni de uso ni ya tampoco de cambio), y la tiro a la basura. Si la acabo vendiendo por debajo del coste de haberla atesorado, mi valor de cambio se extingue con pérdidas. Y si la vendo con ganancias, el valor de cambio y el carácter de mercancía que tienen la peluca para mi también se extinguen.

La gracia del valor de cambio es no tener que concretar necesidades

Hay, por último, una incompatibilidad de fondo que ningún matiz puede salvar: la concreción que exige Joel es de todo punto incompatible con la noción de indirección o mediatez del valor de cambio de Menger. El valor de cambio de las mercancías en general, sirve precisamente para que el vendedor no tenga que identificar de antemano la necesidad concreta que satisfará su mercancía. 

El panadero vende su mercancía, las barras de pan, para satisfacer con ellas necesidades indirectas en general, no necesita asignar qué necesidad concreta satisfará cada barra de manera indirecta. En este sentido es donde entra de lleno el concepto de capacidad de venta, que es crucial en Menger y que Mises ni siquiera considera como veremos a continuación.

Para el panadero sus barras de pan tienen valor de cambio pues le permitirán satisfacer necesidades de manera indirecta, y las querrá intercambiar por otras mercancías con un valor más persistente y estable que sus barras de pan, por ejemplo mercancías más duraderas, divisibles y escasas que el pan. Lo que el panadero valora en estas mercancías no es que tengan un valor de uso “final” como erróneamente afirma Mises:

“Efectivamente, aparte del hecho de que las mercancías adquiridas a cambio de los productos se valoran siempre de acuerdo con su valor de uso subjetivo, las únicas valoraciones que tienen una importancia final en la determinación de los precios y del valor objetivo de cambio son las que se basan en el valor de uso subjetivo que poseen las mercancías para aquellas personas que son las últimas en adquirirlas a través del tráfico comercial y que las adquieren para su propio consumo” (Traducción libre p. 100 Mises, 1912)

Mises obvia la teoría de la mercancía de Menger

Aquí Mises ignora la teoría de la mercancía de Menger de donde se deduce que el panadero, por norma general, no querría camisas a medida, ni telescopios de alta calidad ni exclusivos libros de sánscrito que para alguien tengan finalmente un sólido valor de uso. Lo que busca el panadero son mercancías con una capacidad de venta intrínseca que le confieren una mejor intercambiabilidad (cantidad limitada, divisibles, portables, fáciles de verificar, etc), esas son las que tienen mayor valor de cambio para él. Más que sus barras de pan. Y si, digo capacidad de venta intrínseca porque buena parte de las características que influyen en la capacidad de venta de una mercancía son directamente observables en el objeto.

Por poner un ejemplo muy sencillo, si al panadero le ofrecen sal a cambio del pan a elegir la misma cantidad y calidad de sal pero en dos formatos, a granel o en tableta, le puede conferir mayor valor de cambio a la sal en tableta porque el panadero observa y deduce directamente del objeto que puede facilitar mejor los intercambios posteriores. Es la  vendibilidad lo crucial aquí, no el valor de uso final.

La indirección que caracteriza al valor de cambio no puede ser concreta

La concreción que Joel exige no es un matiz sobre el valor de cambio de Menger: lo cancela. El valor de cambio es la forma que adopta el valor conferido a un bien cuando el poseedor decide, estimando que otros lo necesitarán, no destinarlo a satisfacer ninguna necesidad concreta de manera directa, sino emplearlo para satisfacerlas indirectamente por la vía del intercambio, dejando abierto el cuándo, el cómo y el qué.

Pedir que esa magnitud esté ya concretada en “cuánto trigo” o “cuánto de tal bien” es pedir que la mediación quede resuelta antes de ejercerse, es decir, que deje de ser mediación. Un valor de cambio plenamente concreto sería, sin más, un valor de uso rebautizado; llamarlo de otro modo no cambia lo que es. El panadero acumula bienes con valor de cambio según vende pan, y ya irá decidiendo cómo los gasta.

El “valor de cambio concreto” de Joel es un híbrido entre el valor de cambio y el poder adquisitivo que son dos categorías distintas. Esta mezcla de categorías ya invalida de por sí el concepto. Y esa hibridación no es inocente: es la salida con la que pretende salvar la posición de su tesis sobre los bienes no monetarios.

El concepto está calibrado para pivotar: Cuando se le objeta rigidez, se repliega y responde que también él admite subjetividad, incertidumbre y revisión, esto es, valor de cambio. Cuando necesita defender la noción de poder adquisitivo, abandona la interpretación flexible de garantizar que él mismo aceptó en su primera réplica, que es la anticipación prospectiva del sujeto (sichern), y se contradice retrocediendo a un garantizar literal, a que se pueda obtener una cantidad ya fijada por el mercado.  Ninguna posición sólida lo respalda, por eso necesita el vaivén de la mezcla de categorías para salvar el concepto. Y el valor de cambio de Menger no necesita ni la una ni la otra porque no reclama concreción alguna, previa ni presente. 

Conclusión

La indirección del concepto de valor de cambio no es un rasgo accesorio, es su esencia y lo que lo constituye, y por eso ninguna concreción previa, ni fija ni revisable, puede exigirse sin destruirlo.

He considerado que merecía la pena insistir en el concepto de valor de cambio de Menger, y por no extenderme más en esta entrega, vuelvo a aplazar el tratamiento del teorema de regresión y del valor de cambio para los bienes sin valor de uso para la siguiente entrega.

Bibliografía
  • Menger, Carl (1871). Principios de economía política. Madrid: Unión Editorial, 2020
  • Menger, Carl  (1909). El dinero. Madrid: Unión Editorial, 2013
  • Menger, Carl (1923) Grundsätze der Volkswirtschaftslehre (zweite auflage). Hölder – Pichler-Tempsky A.G. Wien / G. Freytag G.M.B.H. / Leipzig
  • Mises, Ludwig von (1912). Theorie des Geldes und der Umlaufsmittel. Munich & Leipzig: Verlag von Duncker & Humblot
  • Mises, Ludwig von (1912/1997). La teoría del dinero y del crédito. Madrid: Unión Editorial, 1997
  • Mises, Ludwig von (1949). La acción humana. Madrid: Unión Editorial, 2011
  • Serrano, Joel (2025). Bitcoin como dinero fuerte: Una interpretación de Bitcoin a la luz de la Escuela Austriaca de Economía. Universidad Rey Juan Carlos, Madrid.
  • Serrano, Joel (2026). Réplica a Manuel Polavieja (II): valor de cambio concreto, expectativa y poder adquisitivo. Instituto Juan de Mariana.

[1] Solo en el contexto del dinero y del teorema de regresión el término “valor de cambio” sí que pretendería expresar sin ambages “poder adquisitivo”.  Y si, es todo un despropósito. Pero la “culpa” no es de Joel que de hecho intenta arreglarlo aunque al final acaba arrastrado por el error, la culpa de todo este refrito conceptual y terminológico es en parte de B. Bawerk y sobre todo de Mises.

[2] Definición  popular: “Así pues, en labios del pueblo el concepto de mercancía se reduce a una denominación de aquellos bienes económicos insertos en una situación de la que fácilmente puede deducirse la intención de su propietario de venderlos.” 

Definición científica: “Y así, un bien deja de ser mercancía en el instante mismo en que el sujeto económico que dispone de ella renuncia a su intención de venderla o bien pasa a manos de una persona que no tiene intención de intercambiarla, sino de consumirla.” (p. 299-300 Menger, 1871)

[3] (p. 316 Menger, 1871) Pero no ocurre así con el tabaco, de modo que no raras veces los propietarios de estos artículos sólo pueden venderlos con graves pérdidas. Habrá incluso momentos en que no podrían hacerlo ni aun reduciendo el precio a un mínimo, y se verán obligados a esperar durante largo tiempo circunstancias más favorables.

[4] Es muy relevante la forma en que Menger utiliza la palabra en alemán bedarf que significa “cantidad necesitada”, pues subsume la preferencia subjetiva del individuo. No importa por qué el individuo demanda dos litros de agua al día o diecisiete. Lo que importa desde un punto de vista económico es que la cantidad final que demanda es objetiva y medible sin ninguna necesidad de adentrarnos en la fisiología o psicología del sujeto.

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