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Las corridas de toros y el futuro de Argentina

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No siempre me han gustado los toros. Escuché alguna vez decir a mi abuela, a quien sí le gustaban mucho, que iba a las corridas porque le gustaban los caballos y todo lo que hace el torero en la arena. No me gustaban, sintiendo incluso hasta repulsión y un reproche como de ética hacia las corridas, porque en algún grado participaba de un animalismo bobalicón. Por la gracia de Dios, superé esa infección mental y ahora me gustan mucho.

De cuando me gustaron los toros…

Comencé a ir a las corridas cuando tuve oportunidad de hacerlo y mi acercamiento a ellas fue, en el fondo, por dos vías. La primera fue yendo a ellas, justamente cada vez que he tenido la oportunidad, junto al único de mis amigos que ha tenido la entereza, la inteligencia, fibra moral y carácter de no dejarse influenciar por la moda de nuestra altura de los tiempos de rechazar las corridas por ser políticamente incorrectas. La otra forma en la que me he acercado a ellas es por medio del único camino que encuentro para acercarme a todo lo que me despierta interés, dada mi altísima, patentísima y muy inconveniente torpeza social: leyendo.

Leo tanto de corridas de toros como puedo, permaneciendo tan solo un fanático aficionado con aspiraciones de erudición en el campo. Que esto que digo sea la excusa por mi tono heroico cuando hablo de las corridas. Que seguro lo que sí conocen de toros notarán de inmediato.

… y Ernest Hemingway

Leo de sus raíces históricas. Aprendo que se pueden rastrear incluso hasta los etruscos. Sobre las corridas más memorables en España y en México. Sobre los toreros más famosos a lo largo de la tradición, que son famosos por su estilo y valentía. Sin duda, lo que más impacto me ha causado de todo lo que he leído sobre las corridas es el libro de Ernest Hemingway, Death in the Afternoon.

En ese libro, Hemingway escribe sobre la tradición de las corridas de toros en España. Describe los diferentes y muchísimos detalles de las etapas de las corridas, desde la crianza de los toros hasta la técnica de los matadores y de toda su cuadrilla. El libro es fascinante por la reflexión que el lector encuentra sobre la naturaleza de la valentía, el miedo, la habilidad y la tradición en el contexto de las corridas.

Además de todo esto, el autor escribe sobre la cultura española y la importancia histórica de los todos en la sociedad. Ha sido con ese libro que me enteré de Joselito y Belmonte, de la valentía de ambos, acompañada de la fuerza gitana de aquel y del apego al método y técnica de éste. Es a través de las imágenes de aquellos dos que veo a Morante la Puebla y a Luis Bolívar -sea lo que sea que signifique eso.

Una tragedia…

Ante la pregunta de qué son las corridas, uno de los argumentos que más llaman la atención del libro es el descarte de tratarse de un deporte. Se entiende, puesto que los resultados se llegan a conocer por un tipo de probabilidad, mientras que en las corridas hay certeza del resultado. Tampoco son las corridas precisamente un arte. Porque en ellas está ausente el elemento de la permanencia que vemos en él. Cada corrida es efímera. Persistiendo en la naturaleza de una taerde de toros, Hemingway propone que se vean como una tragedia, y expone este argumento con varias razones.

La muerte, el sacrificio del toro, que es una certeza, más no algo que podamos conocer por medio de alguna inferencia probabilística, es central. Es una tragedia sencillamente, porque implica la muerte violenta y predecible del toro, que es una bestia orgullosa y majestuosa; una cruda fuerza natural, lo cual cuesta mucho ver de primera mano. Además, el matador enfrenta un riesgo significativo de graves lesiones o incluso la muerte en cada enfrentamiento con el toro. Es una constante exposición al peligro, que precisa mucha valentía y técnica, lo que añade una considerable capa de tragedia a toda la situación.

Finalmente, tenemos el dramatismo y la intensidad emocional. Desde que sale el toro, con el afán de acabar con el matador, se construye un texto de tensión, valentía y confrontación entre el toro y el hombre. Termina percibiéndose como una especie de tragedia en la se ven entrelazadas vida, muerte, valor y miedo. Es una cita morir entre dos sustancias individuales, una participando de la razón, la otra blindada de ella. Es agencia y reacción, excluyéndose mutuamente.

Las corridas de toros, la acción humana y el triunfo de la razón

Han pasado los años y ya tengo un par de corridas más en mi haber. Y lo que veo cada vez que voy a una, desde el primer toro hasta el sexto, es una puesta en escena de una tragedia que involucra a la acción humana. Se enfrenta el hombre con su razón al autómata reaccionario del toro. Cada uno está puesto en función para acabar con el otro, siendo el triunfo del uno la inevitable derrota trágica del otro.

La encarnación de la razón, el matador, juzga constantemente, con información, que a pesar de todos sus esfuerzos no puede verbalizar, qué cursos de acción emprender. Suertes y movimientos resultan todo el tiempo de esos breves juicios. La verónica y el pase de pecho son utilizados como medios, que han probado ser eficientes en el pasado, para progresivamente disminuir la bravura del toro. Diezma su fuerza para que con cada una de ellas se vuelva más y más resistible. La estocada, el clímax de la corrida, consiste en clavar la espada entre los omoplatos del toro para provocar su muerte rápida.

Hasta el momento de su elegante muerte, después de varios minutos de ritual espectacular, el monopolio de la fuerza encarnada en el toro cesa, con la promesa de volver, y con la contrapromesa de volver a ser enfrentado por la razón, el matador. ¡Y esto es lo que más me conmueve y embelesa de la corrida! ¡Que la razón siempre triunfa! Que la razón de la acción humana siempre triunfa sobre la terquedad del toro. No es una probabilidad, sino una afirmación apodíctica.

El peronismo

El peronismo ha tenido una influencia significativa en la política argentina durante gran parte del siglo XX y XXI, con varios períodos en el poder, intercalados con interrupciones, golpes militares y otros eventos que han marcado la historia política del país. Hizo el peronismo del Estado argentino algo enorme, cada vez con más funciones. Tiende al monopolio de todo. De la fuerza, de la producción de bienestar, de las soluciones fáciles. Año tras año, cada vez es más y más grande. Ha sido una apuesta por la irracionalidad y la arbitrariedad de cualquier intento de avanzar en cualquier cosa.

Ha asignando recursos escasos hacia el único camino posible cuando se asignan por medio de un proceso distinto al proceso de mercado y el sistema de precios. Es el desperdicio, la generación de pobreza y la miseria generalizada de todos los habitantes -excepto de aquellos que forman parte del estado. Por mucho tiempo, la corrida de toros ha sido dominada, ante los ojos incrédulos del mundo, por el toro. Ha ganado cada vez más control sobre la arena. No ha habido banderilleros por un buen tiempo, y tampoco picador. Y el público fatigado ve cómo el matador emprende la faena, son los ojos vendados y las manos atadas.

El picador

Sin embargo, recordamos que, con paciencia y valentía, la certeza es que la razón siempre triunfa. Y el toro siempre muere a manos de ella, de la corona de la creación. Dando rienda suelta a la razón, liberándola para que elija los medios más eficientes para satisfacer las necesidades en sus diferentes grados de urgencia, siempre -¡siempre!- resulta en la liberación de las fuerzas creativas de los hombres. Una fuerza que les permite ponerse al servicio de los demás, en un afán imparable de creación de bienestar económico. Que reduce las capacidades y privilegios de la agencia criminal que es el estado. Una fuerza que libera aquellas fuerzas del mercado.

Si es que se viene pensando, a estas alturas, que Javier Milei es el matador en este símil, permítanme decepcionar en cierto grado. Hay que restarle utilidad al heroísmo de la imagen mental de verlo hincando mortalmente la espada entre los omoplatos del estado argentino. Milei es el picador, quien estratégicamente estaría llamado a restarle fuerza, bravura y velocidad al toro hipertrofiado del estado argentino y de sus medios.

Y, de fondo, el matador

Estratégicamente disminuido, enfrentándose a la certeza de su muerte, es el concierto de las acciones, la sociedad, la que pone la estocada final al estado, entendiendo que vivir libremente, sin interrupciones odiosas, es la única forma en la que vale la pena vivir: con respeto por la propiedad privada y poniéndose al servicio de los demás.

Me ha preguntado mi editor que cómo imagino el futuro del gobierno de Javier Milei. ¿Cómo me lo imagino? Pues que haciendo las cosas bien -que no es otra cosa más que el mercado, y no el estado, se encargue de todo-, y cumpliendo su promesa de estratégicamente disminuir el estado argentino, la sociedad argentina dará muerte solemne a esa bestia salvaje. Con algo de suerte y con mucho más esfuerzo, lo mismo sucederá en el resto de América Latina. Eso es lo que creo y espero que vaya a suceder. Sobre ello seguiré reflexionando durante las tres corridas a las que iré en un par de semanas.

Ver también

Las ideas importan, y mucho. (Mateo Rosales).

La hora de la verdad de Javier Milei. (Mateo Rosales).

Victoria de Milei: lo que puede aprender España. (Benjamín Santamaría).

Maradona, el asado y la libertad. (Alfredo Reguera).

Javier Milei, un libertario camino de ser presidente de Argentina. (Santiago Dussan).

Javier Milei y la bandera de libertad. (Mateo Rosales).

¿Es Milei el milagro económico que necesita Argentina? (Fernando Vicente).

Milei, la opción liberal. (Mateo Rosales).

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