Crítica a la tesis de Bitcoin como dinero fuerte II

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Esta segunda entrega es una respuesta a la réplica de Joel Serrano en lo relativo a mi crítica inicial sobre el concepto de valor de cambio de su tesis.

Uno de los problemas más graves que veo en el planteamiento de Joel es su interpretación del concepto de valor de cambio de Carl Menger. Afirma que el valor de cambio según Menger, que en su réplica entiendo que rebautiza como “valor de cambio concreto”, no puede existir sin ningún intercambio previo, pues solo sobre la base de intercambios previos se puede garantizar de manera realista la posibilidad de intercambiar el bien en cuestión. 

El valor de cambio no es una conjetura arbitraria

Bien, pues ante mi interpretación del significado de valor de cambio me temo que Joel ataca a un hombre de paja. En mi crítica no reduje el valor de cambio a una mera intención ni a una conjetura fantasiosa o una arbitrariedad. Afirmé que el valor de cambio se apoya en tu estimación del ¡mayor! valor que un tercero le confiere a tu bien, que da lugar a una intención de venta racional, proyectada al futuro y siempre incierta.

Sirva su propio ejemplo del vaso de agua: No es ninguna conjetura fantasiosa ni arbitrariedad estimar -y toda estimación es ex-ante-, que cualquier humano necesita unos dos litros de agua al día, y basta estimar que un tercero no disponga de esos dos litros para anticipar su demanda. En ese caso, sé con razonable certidumbre que mi agua sobrante me asegura satisfacer necesidades indirectamente. No hace falta ningún intercambio previo.

Los intercambios pasados no son de ninguna manera la única vía para llegar a una presunción realista de intercambio futuro, ni tampoco la vía más adecuada: El intercambio pasado de agua no garantiza nada si mi contraparte ha dejado de padecer escasez de agua.

Joel se autorrefuta cuando reconoce que: “el valor de uso no requiere confirmación de mercado: basta con que el comprador aprecie subjetivamente la utilidad directa o técnica del bien.” Perdonando su omisión del requisito de escasez porque está implícito al ser un bien nuevo, eso es justo lo que hace el vendedor: ponerse en la piel del comprador estimando que le será útil y escaso ¡sin que exista aún confirmación de mercado!.

No hay que olvidar que, en general, los excedentes de bienes que poseemos tienen un valor de uso ínfimo o nulo para nosotros, por lo que si tienen algún valor para nosotros es sobre todo de cambio, muy especialmente los que producimos expresamente para vender. 

Francamente no veo mucho debate aquí. Es muy sencillo, la causa de intercambiar ya lo explica todo: Lo que se entrega se consigue entregar porque es más valioso (útil y escaso) para la otra parte que para mí, y viceversa, y por tanto me satisfará necesidades más importantes indirectamente que directamente. Tiene valor de cambio para mi.

Por mi parte no veo necesario añadir nada más para defender mi postura sobre el valor de cambio. El resto de esta entrega tiene como objetivo explicar por qué no se sostiene la interpretación de Joel del valor de cambio de Menger, su errónea asimilación con el valor de cambio (poder adquisitivo) de Mises, y los problemas del marco teórico de este último.

El valor de los bienes radicalmente nuevos es sobre todo de cambio

En el siguiente párrafo Joel da su réplica a mi afirmación de que un artefacto totalmente nuevo puesto a la venta solo tiene valor de cambio para el vendedor, y se ve claramente que para Joel el valor de cambio “concreto” es una relación de intercambio:

Pero una oferta de venta no es todavía un precio de mercado ni una relación de intercambio efectiva. La etiqueta de un producto expresa la pretensión monetaria del vendedor; solo cuando la operación se realiza aparece un precio de mercado. Hasta ese momento, el empresario actúa sobre una expectativa de venta, no sobre un valor de cambio concreto ya formado.”

La expectativa de venta que rechaza Joel es precisamente lo que más se acerca al concepto de valor de intercambio de Menger, que es la expectativa de intercambiar el producto para satisfacer indirectamente la necesidad que padece el vendedor. Por ejemplo, comer. Los bienes que podrían llegar finalmente a satisfacer esa necesidad pueden ser un muy amplio abanico (ciertas cantidades de trigo, jamón curado o dinero, un anillo de plata, etc)

Nótese que cuanto más dependa la satisfacción de las necesidades más importantes del vendedor (comer) de intercambiar el artefacto, es decir, cuanto mayor sea el valor de intercambio que le confiere al artefacto, estará dispuesto a aceptar menos bienes y de más variada naturaleza con tal de no morirse de inanición. El valor de cambio y la cantidad de bienes a recibir son claramente magnitudes distintas, que perfectamente pueden evolucionar de forma opuesta. Volveremos sobre esto al final del artículo.

Al poner a la venta el nuevo artefacto, el vendedor tiene la expectativa de satisfacer indirectamente su hambre. Lo tiene en un escaparate para intercambiarlo y acabar consiguiendo comida, no para satisfacer ninguna necesidad directa. Ergo el valor solo puede ser de cambio, nunca de uso para él. En lo que se puede apoyar el valor de cambio es en la expectativa de la intensidad del valor de uso ¡ajeno! del artefacto. En eso consiste la empresarialidad: Si  produzco el artefacto es porque tengo la expectativa de que el valor que le confiera un tercero será superior al valor al que renuncio yo por producirlo (coste).

El caso de los bienes no monetarios radicalmente nuevos, es que justo por ser novedosos, si algún valor es incierto es precisamente el de uso: Que un tercero lo necesite (no que tenga una utilidad no monetaria, pues un objeto que satisfaga técnicamente una necesidad que todo el mundo ya tiene cubierta por otros medios o que nadie considera suficientemente relevante no tiene ningún valor de uso).

Para Joel es al contrario, parece que los productos que se pretenden vender en una actividad empresarial tipo start-up radical solo pueden tener valor de uso para el emprendedor (la verdad es que negar el valor de cambio para un bien que se produce para ser vendido me parece inaudito, pero en fin… sigamos), mientras que los que se venden en una actividad empresarial ya establecida si tienen valor de cambio. El error de Joel es profundo, pues introduce un elemento histórico-empírico, el intercambio efectivo, para establecer la categoría valor de uso o de cambio que es lógica y ex-ante (ex-ante → expectativa).

Ni precios pasados ni tampoco certeza absoluta

Pierde de vista Joel que el carácter económico de los bienes es una relación entre sujeto y objeto, es un concepto dinámico que no está anclado a la utilidad técnica, pues es posible la utilidad técnica sin valor (bienes libres). En efecto, el valor de uso está muy débilmente determinado por “utilidades reales”, véase el aire que respiramos. Como regla general tiene mucho más peso en el valor el grado de escasez relativa del bien (diamantes). 

La merluza de pincho podrá ser el mismo objeto en el sentido de utilidad técnica, pero es un bien económico distinto todos los días, con nuevos valores que si coinciden con los anteriores es por mero accidente, y es accidente por mucho que los precios resultantes fueran muy parecidos durante mil días seguidos. Las valoraciones de hoy no tienen porqué anclarse en las de ayer, y pueden dar lugar a un poder adquisitivo que puede ser muy distinto al de ayer por fluctuaciones en el grado de escasez. Por eso el precio mayorista de la merluza de pincho se descubre diariamente vía subasta.

Por otro lado, Joel se contradice en su interpretación estricta de la palabra garantizar, pues previamente reconoce, y estoy de acuerdo, que “Naturalmente, no deben entenderse como certeza absoluta. En economía, toda acción humana mira hacia el futuro y está sometida a incertidumbre”. Es decir, hablamos de una ¡expectativa! racional. En cualquier caso e independientemente de la interpretación de garantizar, ya argumenté más arriba con el vaso de agua que no es cierto que hagan falta intercambios previos para que un bien nos “garantice” la posibilidad de satisfacer necesidades indirectamente. Basta con tener una expectativa razonable y realista de que el bien es útil y escaso para otros. 

Ni siquiera para Mises hay necesidad de intercambio previo para los bienes en general. Es suficiente con que el comprador evalúe si “el placer que el nuevo artefacto proporcionará resulta mayor o menor que el que se espera de aquellos otros bienes a los cuales hay que renunciar para adquirir el objeto en cuestión”. Que es justo lo que intenta anticipar (expectativa) el vendedor / empresario poniéndose en la piel del potencial comprador. Mises incluso afirma expresamente que: “si se extinguiera la memoria de todos los precios pasados, no por ello se impediría la aparición de nuevas razones de intercambio entre los diversos bienes económicos.”

Joel se desmarca de Mises, y mucho, cuando afirma que “No es posible otorgar valor de cambio a un bien si no es sobre la base de intercambios ya acaecidos.” 

Valor de cambio sin valor de uso para el vendedor

En el ejemplo de las vacas y caballos de Menger, el sexto caballo del granjero A no tiene valor de uso para él. Pero si el granjero actúa incurriendo en el coste de mantener su sexto caballo es porque tiene valor para él. Nadie mantiene cosas sin valor. Y si no tiene ningún valor de uso porque no le satisface ninguna necesidad directa, entonces solo puede tener valor de cambio. 

El valor de cambio del caballo no son las unidades de vacas que se pueden obtener a cambio (una vaca), sino la importancia de la necesidad que el granjero A tiene la expectativa de satisfacer indirectamente, por ejemplo la importancia de comer queso, que el granjero A cuantifica inicialmente en algo más de tres caballos (40). Y este valor de cambio no se apoya en ningún intercambio pasado sino en la expectativa de que otro granjero necesite al menos un caballo (razonable, pues él mismo necesita hasta cinco).

¿Y cuántas vacas podrá obtener a cambio del caballo? En el ejemplo es una vaca porque por simplicidad ilustrativa hay una simetría total de valoraciones e información. En todo caso dependerá de la intensidad de valor que el granjero B le confiera al caballo en relación a sus vacas, del interés o urgencia que cada granjero perciba en su contraparte, y de las habilidades de ambos para negociar y regatear, no de ningún precio pasado.

Aplicado a mi ejemplo de la peluca inútil para mi, su valor de cambio es, por ejemplo, el de la expectativa de la satisfacción de comer el pan del panadero calvo, o de comer la fruta del frutero calvo. ¿Cuántas barras de pan o qué y cuánta fruta conseguiré a cambio de la peluca? Pues ya veremos en la negociación, igual hasta los junto para ver quien puja más, o igual no pujan nada. Mientras espere que el valor que alguno de ellos le confiera sea mayor a mi coste de atesorar la peluca, esta tendrá valor de cambio para mi, y si finalmente nadie le acaba confiriendo valor de uso, me rendiré y la tiraré a la basura. 

Sin ninguna duda, el valor de cambio es siempre una ¡expectativa! de satisfacer una necesidad indirectamente en el futuro, que se puede cumplir o no, y que existe mientras exista la expectativa.

El poder adquisitivo no es el valor de cambio

En Teoría del Dinero y del Crédito, después de aclarar que en la teoría económica moderna valor de cambio y valor de cambio objetivo de un bien son lo mismo, define este último de la siguiente manera (p. 75):

“Si el valor de cambio objetivo de un bien es su poder para adquirir una cierta cantidad de otros bienes a cambio, su precio es esta cantidad de otros bienes.” 

Por otro lado, para Mises en la teoría del valor de las mercancías es suficiente considerar su valor de uso subjetivo, descartando aquí su concepto de “valor de cambio subjetivo”:

“En la teoría del valor de las mercancías no es necesario al principio prestar atención al valor objetivo de cambio. En esta teoría todos los fenómenos de la determinación del valor y del precio pueden explicarse tomando como punto de partida el valor de uso subjetivo.” (p. 76)

“Efectivamente, aparte del hecho de que las mercancías adquiridas a cambio de los productos se valoran siempre de acuerdo con su valor de uso subjetivo, las únicas valoraciones que tienen una importancia final en la determinación de los precios y del valor objetivo de cambio son las que se basan en el valor de uso subjetivo que poseen los productos para aquellas personas que son las últimas en adquirirlos a través del tráfico comercial y que las adquieren para su propio consumo” (p. 77)

En contradicción consigo mismo (p. 12, 20 y 73) y con Menger que afirma que una mercancía no tiene por qué consumirse y que, de hecho, deja de ser mercancía cuando pasa al consumo. Además, en su confuso marco conceptual, Mises añade (p. 72):

“En el caso del dinero, el valor de uso subjetivo y el valor de cambio subjetivo coinciden. Ambos se derivan del valor de cambio objetivo”

Y en Acción Humana (p. 494), en la explicación del teorema de regresión afirma:

“Ni el comprador ni el vendedor pueden estimar determinada unidad monetaria si no conocen su valor de cambio —su poder adquisitivo— en el inmediato pasado”

Utilizar el término “valor de cambio” para referirse a la cantidad de bienes que se pueden obtener a cambio de otros bienes (poder adquisitivo) también está en frontal contradicción con la postura de Menger, que en la nota al pie que añadió en su segunda edición de Principios para el epígrafe de valor de uso y valor de cambio afirma que es un error (traducción libre):

La palabra “valor” tiene un doble significado. En la vida práctica significa, por un lado, la importancia particular que ciertos bienes tienen para nosotros y, por otro, las cantidades de bienes que pueden obtenerse a cambio de un bien determinado. En el primer caso el valor es la importancia que atribuimos a un bien para nuestro bienestar; en el otro, una cantidad de bienes cualesquiera o, en particular, de dinero (¡valor monetario de una cosa!). Así dos conceptos completamente distintos quedan designados con la misma palabra. A pesar de las advertencias de algunos autores, esta terminología ha entrado también en la ciencia económica creando una notable confusión en sus principios fundamentales.

Los daños provocados por este doble significado de la palabra “valor” se habrían evitado si dicha expresión se hubiera usado solo para indicar el primer significado y si, para denominar la cantidad de bienes obtenida a cambio de otro bien, se hubiera empleado otro término técnico o una perífrasis. El intento de eliminar dicha dificultad sustituyendo en el primer caso la palabra valor por la expresión valor de uso y en el segundo por valor de cambio —intento que fue repetido innumerables veces por los economistas— demuestra su total ignorancia de la naturaleza del valor en general y del significado del valor de uso y del valor de cambio. El valor de uso y el valor de cambio son solamente, como veremos (p. 111), formas particulares del mismo fenómeno general del «valor», es decir, de la importancia subjetiva que los bienes tienen para nuestro bienestar. Por lo tanto, la terminología anterior encierra un doble error. En primer lugar, se confunde el valor de uso con el valor en general y, en segundo lugar, el valor de cambio, que es totalmente subjetivo, se confunde con aquellas «cantidades de bienes» que «se pueden obtener a cambio de un bien»”

Volviendo al ejemplo de las vacas y caballos, después del segundo intercambio el valor de uso del cuarto caballo (20) es igual a su valor de cambio para el granjero A, por tanto ya no le interesa intercambiar. Pero es que además, como consecuencia de que al granjero B tampoco le interesa ya intercambiar, el poder adquisitivo de un caballo es cero cuando hace un momento era de una vaca. ¡¡Ha caído un 100%!!. Vemos claramente como el poder adquisitivo del caballo (cero) es un concepto de una naturaleza y magnitud distinta, que es ¡consecuencia! de sus valoraciones de uso y de cambio (significación de 20 según la tabla).

Intentando ser más gráfico y algo menos académico, sirva como ejemplo para distinguir ambos conceptos el último escáner médico que Chris Gardner recuperó en la película “En busca de la felicidad” cuando tenía que dormir en el metro con su hijo. Tenía valor de uso nulo para él y valor de cambio creciente, pues a medida que se quedaba sin dólares la necesidad que tenía la expectativa de satisfacer indirectamente con el escáner pasaba a ser la más importante y urgente: Comer hoy y los próximos días. 

De lo anterior, podemos concluir que el creciente valor de cambio del escáner:

  1. no implica ni se deriva de un mayor valor de uso para el doctor, ni mucho menos de un mayor valor de uso para Gardner, para el que sigue siendo nulo;
  2. no implica en absoluto que vaya a conseguir más cantidad de dólares (poder adquisitivo) que cuando su valor de cambio era menor; 
  3. al contrario, la evolución entre valor de cambio y poder adquisitivo esperado puede llegar a ser inversa si Gardner temiera que el doctor, notando su desesperación, le pidiera un descuento que no le quede más remedio que aceptar con tal de comer.

El esquema conceptual de Mises es incapaz de explicar nada de lo anterior. Según entiende Mises las mercancías, el valor que Gardner le otorga al escáner debe coincidir con el valor de uso subjetivo que el doctor le confiere al escáner (o que Gardner estima que le confiere), y evidentemente esto no es así.  

Lo que se dispara es el valor subjetivo (marginal) de la riqueza sin valor de uso de Gardner: su último escáner y sus últimos dólares, cuyo valor de cambio se acelera mientras su poder adquisitivo en el mejor de los casos se mantiene. Inexplicable en el intrincadísimo y confuso marco teórico de Mises, y que Menger explica fácilmente aplicando su marco conceptual al sencillo ejemplo de la copa de oro que le toca en la lotería al hombre pobre, de donde se deduce que la misma copa de oro tiene mucho más valor para el hombre pobre que para el hombre rico. 

Subjetivo implica que el valor de los bienes depende de las circunstancias del individuo que valora, y muy en especial del grado de escasez que padece (cantidad de bienes necesitados vs. disponibles).

Conclusión 

En definitiva, la definición de Menger del valor de cambio de cualquier bien, incluido el dinero, no es una cantidad de bienes obtenible a cambio, ni depende de ella. No es ni presupone el poder adquisitivo. Es la significación que un bien adquiere para su poseedor cuando estima que, cediéndolo, satisfará indirectamente una necesidad de mayor importancia que la que satisfaría usándolo directamente. Una estimación que se hace ex ante, antes de intercambiar, y que se apoya en la escasez que otros confieren al bien en el presente y en el futuro, no en el poder adquisitivo pasado ni en los intercambios pasados. 

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