Réplica a Manuel Polavieja (II): valor de cambio concreto, expectativa y poder adquisitivo

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Manuel Polavieja ha publicado una contrarréplica a mi réplica anterior. No tengo intención de convertir esta discusión en una cadena interminable de respuestas, pero sí considero conveniente cerrar el punto central con la mayor precisión posible. La cuestión debatida es demasiado importante como para dejarla sepultada bajo ejemplos accesorios que, en mi opinión, desvían la atención, desplazamientos conceptuales y aparentes objeciones que, en realidad, no alcanzan el núcleo de mi argumento.

Mi tesis puede formularse de manera clara. Polavieja no refuta mi posición porque nunca demuestra que una expectativa de venta, aunque sea razonable, equivalga ya a valor de cambio concreto. Ahí está todo el problema.

Una cosa es que un bien pueda ser valorado por terceros. Otra cosa es que su poseedor espere venderlo. Y otra, muy distinta, es que pueda atribuirle un valor de cambio concreto, esto es, que pueda estimar subjetivamente qué podría obtener mediante su intercambio y, por tanto, qué necesidades podría satisfacer indirectamente gracias a él. Polavieja pasa continuamente de la primera o de la segunda idea a la tercera. Pero esas tres cosas no son equivalentes.

Antes de entrar en el análisis, conviene recordar las definiciones de valor de uso y valor de cambio de Menger, para que el lector pueda volver a ellas cuando lo considere necesario:

El valor de uso es, pues, la significación que adquieren para nosotros los bienes que nos aseguran de una manera directa la satisfacción de necesidades en unas circunstancias en las que, si no dispusiéramos de estos bienes, no podríamos satisfacerlas. El valor de intercambio es la significación que adquieren para nosotros aquellos bienes cuya posesión nos garantiza el mismo resultado bajo las mismas circunstancias, pero de forma indirecta. (Menger, 1871, p. 290)

La misma distinción aparece formulada de manera muy clara en Böhm-Bawerk:

El valor de uso es la importancia que el bien tiene para el bienestar de una persona, suponiendo que esa persona lo utilice personalmente para dar respuesta a sus objetivos. De igual forma, el valor de cambio subjetivo es la importancia que el bien tiene para el bienestar de la persona pero en función de su capacidad para procurarse otros bienes por medio del intercambio. (Böhm-Bawerk 1889, pp. 279-280)

Cuando hablo de valor de cambio concreto no pretendo introducir un concepto distinto del valor de cambio de Menger. Uso esa expresión solo para evitar una confusión: el valor de cambio no es una posibilidad abstracta de venta, ni una mera intención de vender, ni una referencia genérica a que alguien pueda valorar un bien, sino la significación que un bien concreto, o una cantidad concreta de un bien, adquiere para un actor en unas circunstancias determinadas porque este estima, sobre una base realista, que podrá satisfacer ciertas necesidades indirectamente mediante su intercambio.

Del mismo modo, cuando hablo de valor de uso no lo reduzco al consumo material o físico del bien. En sentido praxeológico, puede consistir en cualquier significación subjetiva presente que mueva al actor a actuar porque le permite satisfacer directamente alguna necesidad, del tipo que sea: utilidad directa, curiosidad, experimentación, satisfacción psicológica, motivación ideológica, apuesta especulativa o expectativa empresarial.[1]

Polavieja no responde al problema: lo desplaza

Polavieja comienza afirmando que yo ataco un hombre de paja. Según asegura, él no habría reducido el valor de cambio a una mera intención arbitraria de vender, ni a una conjetura fantasiosa, sino a una estimación racional de que un tercero valorará el bien lo suficiente como para entregar algo a cambio. Esta estimación, siempre incierta y proyectada hacia el futuro, daría lugar a una intención de venta racional.

Pero esa respuesta no alcanza el núcleo de mi argumento. Yo no niego que la expectativa pueda ser racional. Tampoco niego que toda valoración se realice ex ante. Ni que el empresario actúe bajo incertidumbre. Ni que el poseedor de un bien pueda intentar anticipar las valoraciones de otros sujetos. Todo eso es elemental. La cuestión discutida es si esa expectativa racional basta para hablar de valor de cambio concreto. Y mi respuesta sigue siendo negativa.

Polavieja cree resolver el problema sustituyendo la expectativa arbitraria por una expectativa racional. Pero el problema no era solo la arbitrariedad. El problema es si una expectativa de venta, incluso razonable, proporciona ya una base suficiente para atribuir subjetivamente al bien una capacidad de intercambio suficientemente determinada.

No basta con decir: “creo que alguien valorará este bien”. Ni “creo que alguien podría quererlo”. Ni “creo que alguien podría entregarme algo por él”. Todo eso puede ser cierto y, sin embargo, no haber todavía una base suficiente para atribuir valor de cambio concreto. Para que el actor pueda atribuir valor de cambio concreto a un bien hace falta que pueda estimar, sobre alguna base no arbitraria, qué podría obtener mediante su intercambio. Esa estimación puede ser imperfecta, revisable e incierta. Pero no puede ser una pura expectativa abstracta de venta.

Cuando hablo de valor de cambio concreto no quiero decir que el actor deba conocer de antemano todas las necesidades a las que dará satisfacción en el futuro ni los bienes exactos que obtendrá. Tampoco quiero decir que espere un poder adquisitivo estable. Puede esperar que el poder adquisitivo aumente, disminuya o fluctúe. La clave es que atribuya al bien una capacidad de intercambio suficientemente determinada o estimable, de modo que su posesión tenga para él una significación práctica como medio indirecto de satisfacción de necesidades. No basta pensar abstractamente que “quizá alguien lo quiera”; hace falta poder estimar, sobre alguna base, qué capacidad de intercambio puede atribuirse a ese bien.

Aquí se aprecia el desplazamiento conceptual de Polavieja. Yo hablaba de valor de cambio concreto. Él responde hablando de expectativa racional. Pero una expectativa racional sigue siendo expectativa. La pregunta es si esa expectativa basta para constituir valor de cambio concreto. Y eso es precisamente lo que Polavieja no demuestra. De hecho, su propia insistencia en la expectativa confirma mi planteamiento. Antes de que el mercado manifieste alguna relación u oportunidad efectiva de intercambio, lo que hay es expectativa, no una base que permita atribuir valor de cambio concreto.

Valor de uso ajeno no es valor de cambio propio

El ejemplo del agua permite ver con claridad el error. Polavieja sostiene que no hace falta ningún intercambio previo para saber que otro ser humano puede necesitar agua. Basta con estimar que esa persona carece de agua suficiente. En tal caso, mi agua sobrante me aseguraría razonablemente la posibilidad de satisfacer necesidades indirectamente.

Esta deducción es errónea, porque el ejemplo solo prueba que puedo anticipar un valor de uso ajeno, y más aún cuando se trata de una necesidad vital. Pero no prueba que pueda atribuir a mi agua sobrante un valor de cambio concreto. Y mucho menos prueba que mi agua me pueda “asegurar” nada.

Además, Polavieja vuelve a tratar el agua de manera abstracta. Pero, desde Menger, el valor no se atribuye a clases generales de bienes consideradas en abstracto, sino a bienes concretos o cantidades concretas de bienes en circunstancias determinadas. La paradoja clásica del agua y los diamantes se resolvió precisamente al abandonar esa comparación abstracta: no se valora “el agua” frente a “los diamantes”, sino unidades concretas disponibles para la acción. Que el agua sea indispensable para la vida no implica que esta cantidad concreta de agua sobrante tenga para mí un valor de cambio concreto.

Si veo a una persona sedienta, puedo suponer que valorará el agua. Incluso puedo suponer que la valorará mucho. Y si además tengo agua sobrante, puedo pensar que quizá esté dispuesta a entregarme algo a cambio. Pero nada de esto responde todavía a las preguntas decisivas: ¿qué podré obtener mediante ese intercambio? ¿Qué necesidades podré satisfacer indirectamente?

¿Podré obtener pan? ¿Cuánto pan? ¿Dinero? ¿Cuánto dinero? ¿Un favor? ¿Qué tipo de favor? O, tal vez, sea incapaz de obtener ningún bien, porque esa persona no posea nada que pueda entregarme a cambio o porque no esté dispuesta a intercambiar conmigo.

Saber que otro puede necesitar agua permite anticipar una posible utilidad para otra persona. Pero el valor de cambio concreto no consiste en saber que otro puede apreciar el bien. Consiste en estimar qué podría obtenerse mediante su intercambio y, por tanto, qué necesidades podría satisfacer indirectamente su poseedor.

Lo mismo sucede con la peluca. Polavieja sostiene que, si tengo una peluca inútil para mí, puedo atribuirle valor de cambio porque espero encontrar a alguien calvo que la valore y me entregue algo a cambio. Pero eso sigue siendo una expectativa de venta. Mientras no exista una base para estimar qué podría obtener por ella, no hay valor de cambio concreto, sino una conjetura sobre una posible oportunidad de intercambio.

Que finalmente obtenga pan, fruta, dinero o nada dependerá de si aparece alguien dispuesto a adquirir la peluca y de qué bienes esté dispuesto a entregar por ella. Sin esa base, lo único que tengo es una expectativa. Precisamente por eso el ejemplo confirma mi tesis: imaginar un posible comprador no equivale a poder estimar el valor de cambio concreto del bien.

Polavieja transforma la posibilidad de demanda ajena en valor de cambio propio. Pero una cosa es que un bien pueda tener valor de uso para otro y otra que tenga ya para mí valor de cambio concreto. Entre ambas ideas media precisamente el intercambio o, al menos, una base realista que permita estimar la contraprestación posible.

El ejemplo de los caballos y las vacas reproduce la misma confusión. Polavieja parece razonar como si, en ausencia de valor de uso directo para su propietario, el sexto caballo debiera tener necesariamente valor de cambio. Pero esa deducción es errónea.

El propietario de un bien puede no concederle valor de uso y tampoco concederle valor de cambio. Todos conservamos objetos a los que no atribuimos utilidad alguna y que tampoco esperamos poder intercambiar por nada determinado. Simplemente están amontonados en el trastero porque deshacernos de ellos exige una molestia que no compensa. La falta de utilidad directa de un bien para su poseedor no hace que se le atribuya automáticamente valor de cambio. Y aun en el caso de que decidiera venderlo, esa decisión, por sí misma, tampoco bastaría para atribuirle valor de cambio concreto.

El sexto caballo del ejemplo de Polavieja podría tener valor para el granjero por distintas razones. Si espera utilizarlo en el futuro para sustituir a otro caballo o cubrir alguna contingencia, estaríamos ante un valor de uso, aunque sea futuro o eventual. Si espera intercambiarlo por vacas u otros bienes, estaríamos ante una expectativa de intercambio. Pero esa expectativa solo permitiría hablar de valor de cambio concreto si el granjero pudiera estimar, sobre alguna base, qué bienes podría obtener a cambio del caballo.

Polavieja quiere deducir el valor de cambio propio a partir del valor de uso ajeno esperado. Pero el salto no está justificado. El valor de uso ajeno puede explicar la expectativa de venta. No constituye por sí mismo valor de cambio concreto. Y esto es especialmente importante porque, como ya advirtió Menger, el valor no recae sobre clases abstractas de bienes, sino sobre bienes concretos o cantidades concretas de bienes en circunstancias determinadas. No basta saber que “el agua”, “una peluca” o “un caballo” pueden ser útiles para alguien. Lo relevante es si esta cantidad concreta de agua, esta peluca o este caballo permiten a su poseedor estimar, en determinadas circunstancias de tiempo y lugar, qué bienes podría obtener mediante su intercambio y, por tanto, qué necesidades podría satisfacer indirectamente.

La urgencia del vendedor no crea valor de cambio concreto

Otro error relevante de Polavieja consiste en convertir la urgencia subjetiva del vendedor en una base para atribuir valor de cambio al bien poseído.

Según su planteamiento, si un vendedor necesita intercambiar un artefacto para comer, cuanto más urgente sea su necesidad de comer, mayor será el valor de cambio que atribuye al artefacto. Algo parecido sostiene con el ejemplo del escáner médico de Chris Gardner: al quedarse sin dólares y necesitar vender el escáner para comer, aumentaría el valor de cambio del escáner para él.

Pero aquí se confunden dos planos distintos. Si tengo hambre, aumenta para mí la importancia de conseguir comida. Si mi situación es desesperada, esa necesidad puede ocupar el lugar más alto en mi escala de valoraciones. Pero de ahí no se sigue que pueda atribuir al bien que poseo un mayor valor de cambio concreto. Mi urgencia incrementa la importancia del fin que deseo alcanzar; no modifica por sí misma lo que puedo estimar obtener mediante el intercambio de ese bien.

Si poseo un objeto invendible y tengo hambre, mi hambre puede ser extrema, pero el objeto sigue sin permitirme satisfacer indirectamente esa necesidad. Mi urgencia no dota al objeto de capacidad de intercambio. No basta con que yo necesite vender; hace falta que alguien esté dispuesto a comprar. Y hace falta, además, que pueda estimarse cuánto dinero o qué bienes podrían obtenerse mediante esa venta.

La desesperación del vendedor puede modificar su disposición a desprenderse del bien. Puede reducir su precio mínimo. Puede llevarlo a aceptar menos de lo que habría aceptado en otras circunstancias. Puede debilitar su posición negociadora. Puede incluso hacerlo malvender. Pero nada de eso aumenta por sí mismo el valor de cambio concreto del bien. En muchos casos sucede exactamente lo contrario: la urgencia del vendedor deteriora sus condiciones de intercambio.

El ejemplo del escáner muestra perfectamente el problema. Lo que aumenta para Gardner no es necesariamente el valor de cambio concreto del escáner. Lo que aumenta es la importancia subjetiva de aquello que espera conseguir vendiéndolo. Si el médico no quiere comprar el escáner, si no le interesa, si ya tiene otro, si duda de su utilidad o si aprovecha la urgencia de Gardner para exigir un descuento, la necesidad de Gardner no modifica por sí misma lo que puede estimar obtener a cambio ni crea una base para atribuirle un mayor valor de cambio concreto.

Polavieja intenta usar este ejemplo para distinguir valor de cambio y poder adquisitivo. Pero mi tesis no identifica el valor subjetivo de cambio con una cantidad objetiva de bienes efectivamente obtenida. La clave es que el valor de cambio concreto es la significación que un bien adquiere para su poseedor en la medida en que este puede estimar, sobre alguna base, qué bienes podría obtener mediante su intercambio y qué necesidades podría satisfacer indirectamente. Cuando esa estimación no puede apoyarse en ninguna base, lo que hay es necesidad, esperanza o expectativa de venta, no valor de cambio concreto.

La urgencia del sujeto puede explicar por qué desea desesperadamente intercambiar. No proporciona, por sí misma, una base para atribuir al bien poseído un mayor valor de cambio concreto.

La expectativa empresarial no equivale a valor de cambio

Polavieja cree que mi planteamiento amenaza la empresarialidad. Sostiene que un artefacto producido expresamente para venderse solo puede tener valor de cambio para el vendedor, y considera inaudito negar valor de cambio a un bien producido con esa finalidad.

Pero esto vuelve a confundir la intención con la que se produce un bien con el valor de cambio concreto. Que un empresario produzca un bien para venderlo demuestra que tiene una expectativa empresarial. Anticipa demanda. Cree que otros valorarán el bien. Calcula costes. Formula una pretensión de venta. Decide asumir la incertidumbre. Nada de esto queda negado por mi tesis.

Lo que niego es que esa expectativa equivalga ya, por sí misma, a valor de cambio concreto. El empresario puede crear una mercancía radicalmente nueva. Puede colocarla en un escaparate. Puede fijar un precio de oferta. Puede anunciarla. Puede estar convencido de que otros la demandarán. Puede incluso acertar brillantemente y abrir un mercado nuevo. Pero mientras esa pretensión de venta no se apoye en una relación de intercambio efectiva, o al menos en una base realista para estimar qué podría obtenerse por ese bien, lo que posee es una expectativa empresarial, no valor de cambio concreto atribuible sobre una base de mercado.

La oferta no es todavía intercambio. La etiqueta no es todavía precio de mercado. La pretensión del vendedor no es todavía una relación social efectiva. Incluso cuando el bien se ofrece públicamente a potenciales compradores, la mera puesta en venta no crea por sí sola valor de cambio concreto. Puede revelar, facilitar o poner a prueba una posibilidad de intercambio, pero no sustituye la relación de intercambio ni la base que permite estimarla.

Esta misma cautela es importante al analizar el concepto mengeriano de mercancía. Que un bien sea destinado al intercambio no significa que ya sea usado como medio de intercambio. Un bien producido para la venta puede ser mercancía en el sentido de que su propietario no pretende usarlo directamente, sino desprenderse de él mediante intercambio. Pero eso no resuelve la cuestión aquí discutida. Que el propietario pretenda venderlo no significa, por sí solo, que pueda atribuirle valor de cambio concreto en el sentido relevante para nuestro argumento.

Polavieja afirma que el vendedor se pone en la piel del comprador y estima que el bien le será útil y escaso. Pero eso, de nuevo, solo permite anticipar un posible valor de uso ajeno. Puede ser una anticipación acertada. Puede ser una muestra de gran talento empresarial. Pero sigue sin ser todavía una relación de intercambio manifestada.

La empresarialidad no presupone que la expectativa empresarial equivalga ya a valor de cambio. Precisamente por eso es empresarialidad. El empresario actúa bajo incertidumbre, descubre oportunidades, anticipa valoraciones ajenas y somete su juicio al mercado. El mercado confirmará, corregirá o destruirá esa expectativa.

Polavieja quiere presentar la expectativa empresarial como si fuera ya valor de cambio. Pero entonces bastaría producir cualquier cosa con ánimo de venta para poder atribuirle valor de cambio. Eso diluye el concepto. La intención de vender no proporciona por sí misma una base para estimar qué podrá obtenerse mediante el intercambio. Esperar demanda no equivale a contar con una demanda efectiva. Fijar un precio de venta no crea precio de mercado.

El caso de la radio nueva, invocado por Mises, encaja perfectamente en esta distinción. Una radio puede demandarse por la utilidad directa que el comprador espera obtener de ella, aunque nunca antes se haya vendido una radio. El comprador puede valorar la posibilidad de escuchar emisiones. El empresario puede anticipar esa valoración. Pero hasta que no se produzcan intercambios, o hasta que no exista alguna base realista para estimar qué puede obtenerse por ese bien, el supuesto valor de cambio del bien para el vendedor no pasa de expectativa empresarial.

Esto no niega el primer intercambio. Al contrario, lo explica. Por supuesto, el primer intercambio requiere valoraciones previas: ambas partes valoran más el bien que adquieren que el bien que entregan. Pero, en lo que respecta al bien que todavía carece de una base para atribuirle valor de cambio, la valoración previa que explica su primera demanda solo puede ser valor de uso en sentido mengeriano. No necesariamente valor de uso entendido exclusivamente en sentido material, sino como una significación subjetiva presente que mueve al sujeto a actuar: utilidad directa, curiosidad, experimentación, motivación ideológica, apuesta especulativa o expectativa empresarial. Una vez efectuado el primer intercambio, se manifiesta una nueva relación de intercambio en el mercado. A partir de ahí, los actores cuentan ya con una primera base para empezar a estimar de forma realista qué puede obtenerse a través de su intercambio y atribuirle así valor de cambio —de nuevo, en el sentido mengeriano.

No hay regresión infinita. Hay una secuencia lógica. Las valoraciones de uso pueden explicar el primer intercambio; el primer intercambio introduce una referencia de mercado; y esa referencia permite después estimar y atribuir valor de cambio.

Menger y Mises: no hay contradicción relevante

La parte más ambiciosa de la contrarréplica de Polavieja consiste en intentar enfrentar a Menger con Mises. Ya he respondido extensamente a esta interpretación en una serie anterior de artículos.[2] Según Polavieja, Mises habría confundido valor de cambio con poder adquisitivo, con cantidades de bienes obtenibles o con relaciones objetivas de intercambio. Esa confusión, afirma, sería contraria a Menger, para quien el valor de cambio es subjetivo.

Aquí conviene separar cuidadosamente los planos. Evidentemente, el valor subjetivo de cambio no es una cantidad objetiva de bienes. No es una magnitud física. No es un precio. No es una relación material entre objetos. No es la cantidad de mercancías obtenida en una transacción. El valor pertenece al ámbito de la significación subjetiva que tienen los bienes para el bienestar del actor. Y el valor de cambio es una distinción analítica dentro del concepto general de valor.

Precisamente por eso conviene manejar con mucha cautela expresiones como “valor de cambio objetivo”. En trabajos anteriores ya señalé los problemas que puede generar esa terminología si se olvida que, en economía, todo valor es subjetivo.[3] Los autores austriacos heredaron una terminología que hoy puede resultar equívoca una vez que se ha asumido plenamente el carácter subjetivo del valor. Pero en Mises esa expresión no implica negar el subjetivismo mengeriano ni convertir el valor en una propiedad objetiva de las cosas, sino referirse al poder adquisitivo o poder de compra del dinero, es decir, a relaciones de intercambio que sirven como base para la atribución subjetiva de valor de cambio. Confundir esa terminología con una teoría objetivista del valor es el primer paso para fabricar una oposición artificial entre Menger y Mises.

Aclarado esto, de la crítica anterior no se sigue lo que Polavieja pretende. Que el valor subjetivo de cambio no sea una cantidad objetiva de bienes no implica que el poder adquisitivo sea irrelevante para explicar la valoración de un medio de intercambio. Tampoco se sigue que Mises no comprendiera a Menger. Significa, más bien, que debemos distinguir entre el valor como importancia subjetiva y las relaciones de intercambio que sirven de base para estimar la capacidad adquisitiva de un bien.

En los bienes ordinarios, la demanda puede explicarse a partir del valor de uso subjetivo que el comprador espera obtener del bien. Si aparece una radio por primera vez, el comprador puede valorar la utilidad de escuchar emisiones radiofónicas. No necesita un precio histórico de radios para apreciar esa utilidad. Para el comprador, la radio puede tener valor de uso aunque no exista todavía un pasado de intercambios para ese bien.

No sostengo, por tanto, que todos los bienes necesiten precios previos para poder ser valorados o intercambiados. En los bienes no monetarios, las relaciones de cambio pasadas pueden servir como referencia práctica, pero no son causa necesaria de los precios presentes.[4] El problema especial aparece cuando el bien es demandado como medio de intercambio, porque entonces su utilidad específica consiste en la capacidad adquisitiva que el actor le atribuye.

El dinero, en cuanto dinero, pertenece precisamente a este segundo caso. No se demanda por la utilidad directa que pueda proporcionar como bien de consumo ni por su utilidad productiva como bien de producción, sino por su capacidad para obtener otros bienes mediante intercambio. Su utilidad específica consiste en facilitar intercambios futuros. Por eso el problema del dinero exige una explicación adicional.

La pregunta clave que debemos hacernos es la siguiente: ¿cómo puede alguien demandar un bien como medio de intercambio si no puede estimar qué podrá obtener con él?

Responder que el valor es subjetivo no resuelve el problema. Al contrario, precisamente porque el valor es subjetivo, debemos explicar sobre qué base el sujeto puede atribuir utilidad monetaria a un bien. Si esa utilidad monetaria consiste en obtener otros bienes mediante intercambio, entonces el actor necesita alguna referencia a su capacidad adquisitiva. Y esa capacidad no puede presuponerse sin incurrir en circularidad: no puede explicarse la demanda de un medio de intercambio por su poder adquisitivo si ese poder adquisitivo se explica, a su vez, por la demanda monetaria del bien. Ese es uno de los sentidos del teorema de la regresión.

Polavieja cita a Mises para recordar que, si se extinguiera la memoria de todos los precios pasados, no se impediría la aparición de nuevas relaciones de intercambio entre bienes económicos. Pero esa observación no refuta nada de lo que se viene sosteniendo. Si desapareciera la memoria de los precios, los individuos podrían seguir atribuyendo valor de uso a determinados bienes. Podrían actuar movidos por utilidad directa, necesidades presentes, curiosidad, experimentación, expectativas empresariales o cualquier otra significación subjetiva que no presupusiera todavía capacidad de intercambio. Podrían, por tanto, surgir nuevos intercambios y nuevas relaciones de mercado.

La cuestión monetaria es distinta. No se trata de si pueden aparecer intercambios entre bienes valorados por motivos de uso. No hay duda de que pueden aparecer. Lo decisivo es si un bien puede ser demandado como medio de intercambio sin que se le atribuya algún poder adquisitivo. Ahí el problema que Mises plantea y resuelve mediante el teorema de la regresión permanece intacto.

Menger explica el valor subjetivo y distingue analíticamente entre valor de uso y valor de cambio. Mises afronta el problema especial del origen del valor del dinero y los determinantes de su poder adquisitivo. No hay que convertir estos planos en una contradicción artificial. La teoría monetaria de Mises no niega el subjetivismo de Menger; todo lo contrario, se apoya en él para explicar cómo puede valorarse subjetivamente un bien cuya utilidad específica depende de su capacidad de intercambio.

Bitcoin confirma el teorema, no lo refuta

El caso de Bitcoin permite apreciar con claridad la importancia de distinguir entre valoración no monetaria, poder adquisitivo y demanda monetaria. El teorema de la regresión muestra precisamente que el primer poder adquisitivo de un medio de intercambio debe poder explicarse sin presuponer ya ese mismo poder adquisitivo. Esta es la clave.

Bitcoin no fue dinero desde el primer momento. Tampoco fue medio de intercambio desde sus inicios. Antes de empezar a desempeñar funciones de medio de intercambio, fue valorado, minado y conservado por otros motivos, e incluso llegó a ser objeto de intercambios puntuales antes de ser demandado monetariamente. Esos motivos podían ser técnicos, ideológicos, experimentales, especulativos o políticos. Podían incluir curiosidad, interés por la criptografía, simpatía por el proyecto, expectativa de aceptación futura o deseo de participar en una innovación radical.[5]

El sistema Bitcoin podía generar bitcoins desde el primer momento, pero no podía generar medios de intercambio. Un medio de intercambio no nace del funcionamiento técnico de un protocolo, sino del uso social que los agentes hacen de un bien en el mercado. Por eso Bitcoin podía existir técnicamente, podía incluso ser valorado por distintos motivos no monetarios, y sin embargo no ser todavía medio de intercambio.

Lo relevante es que esas valoraciones iniciales no presuponían utilidad monetaria. Bitcoin no podía ser demandado inicialmente como dinero porque carecía de poder adquisitivo. Nadie estaba en condiciones de estimar sobre una base de mercado qué podía obtener a cambio de bitcoins mientras no existieran intercambios efectivos y precios de mercado.

Cuando esas valoraciones no monetarias dieron lugar a los primeros intercambios y precios, apareció una base de mercado. A partir de ahí, los actores pudieron comenzar a estimar la capacidad de intercambio de los bitcoins, es decir, qué podía obtenerse con ellos y qué necesidades permitían satisfacer. Con el tiempo, Bitcoin adquirió cierta comerciabilidad y posteriormente empezó a desempeñar, de forma gradual y limitada, funciones de medio de intercambio. Todo esto encaja con la teoría evolutiva del dinero de Menger y resulta perfectamente compatible con el teorema de la regresión de Mises.

Conviene subrayar esta distinción porque muchas veces se confunde el valor de cambio con el intercambio indirecto. La confusión procede, en parte, de que el valor de uso se refiere a una satisfacción directa de necesidades, mientras que el valor de cambio se refiere a una satisfacción indirecta mediante intercambio. Pero esa satisfacción indirecta no equivale todavía a intercambio indirecto en sentido monetario. También en el trueque hay valor de cambio. Un bien que se posee puede valorarse porque permite obtener otro bien mediante intercambio directo. Pero el intercambio indirecto implica un paso adicional. En ese caso, el bien se demanda específicamente por su aptitud apreciada para servir como intermediario en intercambios posteriores.

Polavieja parece creer que basta una expectativa de aceptación futura para explicar la demanda monetaria inicial. Pero una expectativa de aceptación futura no es todavía utilidad monetaria. Puede ser un motivo no monetario para adquirir, minar o conservar bitcoins. Puede explicar por qué alguien participa en el proyecto. Puede incluso contribuir a generar los primeros intercambios y, con ellos, una capacidad de intercambio estimable, esto es, poder adquisitivo. Pero esa expectativa no equivale todavía a demanda monetaria. Una cosa es que empiece a poder atribuirse a un bien valor de cambio y otra que sea demandado como medio de intercambio, es decir, por su aptitud para facilitar intercambios posteriores. Entre una cosa y otra media un proceso de aceptación, aprendizaje, repetición de intercambios y aumento de la comerciabilidad, a través del cual el bien empieza a ser demandado también por su función intermediaria.

Un ejemplo especialmente claro es la conocida reflexión de Hal Finney sobre el posible valor futuro de Bitcoin. Su razonamiento podía ser inteligente, cuantificado y no arbitrario: si Bitcoin llegaba a convertirse en un sistema monetario global, cada unidad podía alcanzar un precio extraordinariamente elevado. Pero lo que allí se cuantificaba era el resultado de un escenario hipotético de éxito futuro, no una capacidad de intercambio ya manifestada en el mercado. En enero de 2009 no existían todavía precios ni intercambios de bitcoins que permitieran estimar su poder adquisitivo. La expectativa podía justificar minar, conservar bitcoins o participar en el proyecto; podía conferir valor de uso presente a la acción y a la posesión de bitcoins. Pero no permitía todavía atribuirles valor de cambio ni, mucho menos, demandarlos como medio de intercambio.

En el caso de Finney, esa expectativa de ganancia podía explicar una demanda especulativa o de afinidad, pero no convertía todavía a Bitcoin en un bien demandado monetariamente. No toda expectativa de ganancia es demanda como medio de intercambio. Por eso, esperar que Bitcoin pudiera llegar a ser dinero no es lo mismo que demandarlo como dinero. Antes de que exista una capacidad de intercambio estimable, esa expectativa pertenece al ámbito de las valoraciones no monetarias. Los primeros intercambios pueden proporcionar una base para atribuir valor de cambio; pero la demanda monetaria exige aún algo más. El bien debe empezar a ser apreciado precisamente por su aptitud para servir como intermediario en intercambios futuros.

Conclusión: Polavieja confunde posibilidad, expectativa y valor de cambio concreto

Polavieja cree haber refutado mi tesis mostrando que el vendedor puede anticipar que otros valorarán el bien. Pero eso nunca estuvo en discusión. Lo discutido es si esa anticipación basta para atribuir al bien valor de cambio concreto. Y no basta.

Saber que otro puede valorar un bien no equivale a saber qué podrá obtenerse a cambio de él ni, en consecuencia, qué necesidades podrán satisfacerse indirectamente. Esperar vender no equivale a poseer una capacidad de intercambio estimable. Necesitar desesperadamente vender no convierte el bien en intercambiable. Producir algo para la venta no crea por sí solo un precio de mercado. Colocar un bien en un escaparate no transforma una expectativa empresarial en valor de cambio concreto.

El valor de cambio concreto no es una cantidad objetiva de bienes. Tampoco es una certeza absoluta sobre el futuro. No exige conocer de antemano el precio final de una venta ni la necesidad concreta que se satisfará con lo obtenido. Pero sí exige algo más que la mera posibilidad de vender. Exige una base que permita estimar subjetivamente la capacidad del bien para obtener otros bienes mediante intercambio y, por tanto, para satisfacer indirectamente determinadas necesidades. Sin esa base, hay posibilidad, expectativa, esperanza o conjetura. Puede haber incluso una acción empresarial perfectamente razonable. Pero no hay todavía valor de cambio concreto.

Menger no reduce el valor de cambio a una intención de venta. Mises no queda refutado por recordar que el valor es subjetivo, pues esa es precisamente la premisa desde la que formula el problema. Invocar contra Mises el carácter subjetivo del valor no es una refutación. Es un contrasentido.

Bitcoin tampoco desafía el teorema de la regresión. Al contrario, lo ilustra. Fue valorado inicialmente por motivos no monetarios. Esas valoraciones permitieron la aparición de los primeros intercambios y precios. Esos intercambios ofrecieron una base para estimar un poder adquisitivo inicial y atribuir valor de cambio. Solo posteriormente, mediante un proceso de aceptación, repetición de intercambios y aumento de la comerciabilidad, pudo comenzar a formarse una demanda monetaria propiamente dicha.

En definitiva, Polavieja confunde que un bien pueda ser valorado por otro, que se espere venderlo y que pueda atribuírsele valor de cambio concreto. Pero esas tres cosas no son equivalentes. Esa confusión recorre toda su contrarréplica.

Esa era mi tesis. Y sigue en pie.

Bibliografía

Menger, Carl. 1871. Principios de economía política. Madrid: Unión Editorial (segunda edición 1997, séptima reimpresión 2019)

—    1892. El dinero. Madrid: Unión Editorial (2013)

Böhm-Bawerk, Eugen von. 1889. Teoría positiva del capital. Madrid: Ediciones Aosta (1998)

Mises, Ludwig von. 1912. La teoría del dinero y del crédito. Madrid: Unión Editorial (1997)

—    1949. La acción humana: Tratado de Economía. Madrid: Unión Editorial (2007)

Serrano, Joel. 2022a. La liquidez frente al teorema de la regresión del dinero: una crítica a J. R. Rallo. Procesos de Mercado: Revista Europea de Economía Política, vol. 19, no. 1, Aug. 2022, pp. 63-96. https://doi.org/10.52195/pm.v19i1.776

—    2022b. Polavieja no comprendió a Mises, tampoco a Menger. Web: Instituto Juan de Mariana. https://juandemariana.org/ijm-actualidad/analisis-diario/polavieja-no-comprendio-a-mises-tampoco-a-menger1/

—    2023a. Polavieja no comprendió a Mises, tampoco a Menger (II). Web: Instituto Juan de Mariana. https://juandemariana.org/ijm-actualidad/analisis-diario/polavieja-no-comprendio-a-mises-tampoco-a-menger-ii/

—    2023b. Polavieja no comprendió a Mises, tampoco a Menger (III). Web: Instituto Juan de Mariana. https://juandemariana.org/ijm-actualidad/analisis-diario/polavieja-no-comprendio-a-mises-tampoco-a-menger-iii/

—    2023c. Polavieja no comprendió a Mises, tampoco a Menger (IV). Web: Instituto Juan de Mariana. https://juandemariana.org/ijm-actualidad/analisis-diario/polavieja-no-comprendio-a-mises-tampoco-a-menger-iv/

—    2023d. Polavieja no comprendió a Mises, tampoco a Menger (y V). Web: Instituto Juan de Mariana. https://juandemariana.org/ijm-actualidad/analisis-diario/polavieja-no-comprendio-a-mises-tampoco-a-menger-y-v/

—    2025. Bitcoin como dinero fuerte: Una interpretación de Bitcoin a la luz de la Escuela Austriaca de Economía. Tesis doctoral. Universidad Rey Juan Carlos, Madrid. Disponible en: https://hdl.handle.net/10115/128557

Notas

[1] Véase Serrano 2023b. En ese artículo se desarrolla la idea de que la satisfacción psicológica, la expectativa o la esperanza de una futura utilidad monetaria pueden constituir valor de uso presente para el actor, aunque no constituyan todavía valor de cambio. Véase también Serrano 2025, especialmente los apartados 4.3.2 y 5.8.2.

[2] Véase la serie de artículos Polavieja no comprendió a Mises, tampoco a Menger, publicada en el Instituto Juan de Mariana: partes I, II, III, IV y V (Serrano 2022b, 2023a, 2023b, 2023c y 2023d). Para la compatibilidad entre la explicación histórico-evolutiva de Menger y la explicación apriorístico-deductiva de Mises acerca del origen del valor del dinero, véase también Serrano 2025, apartado 4.3.

[3] Véase Serrano 2022a, nota 21, pp. 73-74. Véase también Serrano 2025, apartado 4.3.2, nota 20.

[4] Mises distingue expresamente entre los bienes no monetarios y el dinero. Respecto de los primeros, niega que los precios pasados causen las relaciones de intercambio presentes. Respecto del dinero, mantiene que el empleo monetario de un bien exige una fuente previa de valor no derivada de su uso como dinero. Esa es la tesis relevante para el teorema de la regresión. Véase Mises 1912, pp. 86-88 y p. 97, nota 24.

[5] Sobre esta cuestión resulta interesante la rectificación de Lawrence H. White, que ya comenté en mi tesis doctoral y en mi serie anterior de respuesta a Polavieja (Serrano 2025, apartado 5.5.3; Serrano 2023d). White sostuvo inicialmente que Bitcoin planteaba un problema para el teorema de la regresión de Mises, pero posteriormente reconoció que una demanda de afinidad podía explicar un valor de mercado positivo anterior a su uso efectivo como medio de intercambio.

El debate sobre bitcoin como dinero fuerte

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Crítica a la tesis de bitcoin como dinero fuerte (II)

Crítica a la tesis de bitcoin como dinero fuerte (I)

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Réplica a Polavieja (I): valor de cambio concreto e intercambios previos

El debate sobre las mercancías

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La liquidez frente al teorema de la liquidez del dinero: una crítica a J. R. Rallo

Manuel Polavieja

Mises no comprendió a Menger (I)

Mises no comprendió a Menger (II)

Mises no comprendió a Menger (III)

Bitcoin, dinero y mercancías

Bitcoin es una mercancía (I)

Mises no comprendió a Menger (IV)

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Manuel Polavieja no comprendió a Mises; tampoco a Menger (I)

Manuel Polavieja

Bitcoin es una mercancía (II)

Refutación del teorema regresivo de Mises

Joel Serrano

Manuel Polavieja no comprendió a Mises; tampoco a Menger (II)

Manuel Polavieja

Mercancías y economía de mercado

Joel Serrano

Manuel Polavieja no entendió a Mises; tampoco a Menger (III)

Manuel Polavieja no entendió a Mises; tampoco a Menger (IV)

Manuel Polavieja no entiendió a Mises; tampoco a Menger (y V)

Joel Serrano
Author: Joel Serrano

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