Skip to content

El lenguaje económico (XXII): Turismo

Compartir

Compartir en facebook
Compartir en linkedin
Compartir en twitter
Compartir en pinterest
Compartir en email

En la literatura y los debates sobre política turística es frecuente apelar a mitos, metáforas y expresiones carentes de rigor económico. Veamos algunas:

El «modelo» turístico

Los ingenieros sociales —políticos y burócratas— consideran que la economía y el sector turístico, en particular, pueden ser diseñados deliberadamente según un determinado «modelo» preconcebido, que puede ser realizado mediante la oportuna legislación. Esta pretensión de organizar la sociedad de manera hegemónica y coercitiva, tan ilusoria como perversa, ya fue analizada por Hayek (1988) en su libro póstumo La fatal arrogancia: los errores del socialismo. El «ordeno y mando» del ingeniero social se enmascara con eufemismos: «repensar el modelo turístico» o con metáforas lúdicas: «apostar» por cierto modelo turístico. Todo ello se conseguirá con el boletín oficial: palo y zanahoria. El primero prohíbe y restringe (i.e. moratoria) la oferta de todo aquello que no encaje con la visión del sátrapa. Otra fórmula es imponer servidumbres; por ejemplo, en Cataluña los hoteles «gran lujo» deben ofrecer a sus clientes albornoz, zapatillas y, en el desayuno, butifarra.[1] Este ordenancismo, tan innecesario como perjudicial, ahuyenta la inversión: recordemos el fallido proyecto de Eurovegas en Madrid. Por último, con la zanahoria, los políticos juegan a ser empresarios disparando con pólvora de rey: participan en ferias turísticas, organizan campañas publicitarias, subvencionan la construcción o rehabilitación de hoteles, etc.

Turismo de «calidad»

En este caso, el «modelo» turístico consiste en tener visitantes con elevado poder adquisitivo y prescindir de otros que no gastan lo «suficiente»: turistas de sol y playa, cruceristas, senderistas, campistas, etc. Los promotores de este «modelo» quieren convertir su ciudad en otra Montecarlo. Para ello, prohíben la construcción de alojamientos «baratos» y subvencionan los «caros». El Cabildo de Tenerife, por ejemplo, es dueño de tres casinos de juego con un total de 28 empleados. Cuando el turista de «calidad» quiere jugar a la ruleta no puede porque el crupier salió a tomar café. Bromas aparte, el fantasioso «modelo» nunca se alcanza porque el gobierno puede manipular (hasta cierto punto) la oferta, pero no la demanda. Otras veces, la «calidad» ha sido la excusa para proponer (sin éxito), de forma arrogante, el establecimiento de plantillas mínimas en los hoteles. El turismo de «calidad» es una quimera económica. En el mercado todas las calidades son bienvenidas porque se adaptan a los diferentes gustos y capacidad adquisitiva de los consumidores. Es ilusorio interferir la oferta de alojamiento de menor calidad esperando que aumente la demanda de aquellos de mayor calidad. Toda planificación gubernamental del turismo es un caso particular del sistema socialista y, por tanto, está abocada al fracaso (Mises, 1920).

El turista «no rentable»

Estamos ante el mito del gorrón o free rider, alguien que (supuestamente) consume más servicios públicos de lo que paga en impuestos. Veamos, cualitativamente, qué paga un turista: a) En su caso, tasas portuarias y aeroportuarias; b) IVA, cada vez que consume. c) Salarios de los empleados turísticos, incluidas sus cotizaciones e IRPF. d) Al pagar alojamiento sufraga indirectamente los tributos municipales: IBI, recogida de residuos, vado, etc.; e) Servicios médicos con su propio seguro o anticipa el pago, que luego recupera en su país de origen. f) Indirectamente, el impuesto de sociedades de las empresas turísticas. ¿Y cuánto consume en servicios públicos? En definitiva, la cuestión es saber si el ingreso turístico costea el mantenimiento de los espacios —carreteras, parques, jardines, mobiliario urbano, alumbrado— y la provisión de otros servicios públicos (i.e. policía). Este cálculo, a nivel turista, es imposible; pero, de forma agregada, el balance es positivo; de ahí el desarrollo económico de muchas zonas turísticas y el incremento del nivel de vida de sus habitantes. Si unos turistas pagaron menos de lo que consumieron, necesariamente otros habrán pagado más. La rentabilidad del visitante, tanto en lo público como en lo privado, es una cuestión de grado y no puede medirse con precisión; por ejemplo, los clientes de un hotel no son igualmente cuidadosos usando las instalaciones, ni consumen la misma cantidad de alimentos, agua, energía, etc. Solo un sistema descentralizado, libre de injerencias gubernamentales, puede equiparar lo que paga el turista con lo que consume.

El «todo incluido»

Los enemigos de la libertad también critican el sistema «todo incluido» porque resulta «poco rentable» para la economía local. Los acusadores emplean metáforas cargadas de negatividad; por ejemplo, afirman el hotel «acapara» al cliente, que se forman «guetos» donde se consume droga o que existe un gasto «cautivo». Quienes (Podemos) no comparten ciertos gustos del turista han propuesto (sin éxito), al más puro estilo bolchevique, prohibir el todo incluido.[2] Si algunos turistas desean beber, comer o bailar dentro del hotel, ¿por qué forzarlos a salir? Supongamos, a efectos dialécticos, que el consumo por turista permanece invariable; el sistema «todo incluido» expandirá el negocio hotelero y reducirá la oferta complementaria (bares, restaurantes, peluquerías, etc). El primero necesitará más personal y el segundo menos, mientras que los fabricantes y distribuidores no resultan prácticamente afectados. Supongamos también que el todo incluido ofrece mejores precios: el ahorro podrá financiar más viajes o alargar las estancias. Todo cambio suscitado por el «todo incluido» forma parte del dinamismo del mercado, producto de los cambiantes gustos de los consumidores.

El turismo «consume» suelo y «devora» el territorio

Nacionalistas y ecologistas, entre otros, idealizan románticamente lo primitivo y la naturaleza en contraposición al progreso y la modernidad. Esta mentalidad rousseauniana ve en el desarrollo turístico una agresión a la cultura y natura de un pueblo por parte de «peligrosos» especuladores del asfalto y el ladrillo. Con las metáforas «consumir» y «devorar» el territorio se pretende denigrar una actividad económica de gran importancia: el cambio de uso de la tierra. El progreso económico exige emplear el capital (incluida la tierra), en cada momento, del modo más rentable. Esta lógica es universal. Por ejemplo, los agricultores sustituyen un cultivo por otro buscando mayores beneficios; pari passu el suelo agrícola pasa a ser industrial o turístico. Quienes llaman despectivamente a España «país de camareros» parecen ignorar que debemos al turismo la mejora de nuestro nivel de vida.

Bibliografía

Hayek, F. (1988). La fatal arrogancia: los errores del socialismo. Madrid: Unión Editorial. Mises, L. (1920). «El Cálculo Económico en el Sistema Socialista». Recuperado de http://www.hacer.org/pdf/rev10_vonmises.pdf


[1] Decreto 75/2020, de 4 de agosto, de turismo de Cataluña. Anexos 1 y 2.

[2] https://www.libremercado.com/2015-05-21/podemos-le-declara-la-guerra-al-turismo-barato-no-al-todo-incluido-1276548471/

Serie ‘El lenguaje económico’

(XXI) Sobre el consumo local

(XX) Sobre el poder

(XIX) El principio de Peter

(XVIII) Economía doméstica

(XVII) Producción

(XVI) Inflación

(XV) Empleo y desempleo

(XIV) Nacionalismo

(XIII) Política

(XII) Riqueza y pobreza

(XI) El comercio

(X) Capitalismo

(IX) Fiscalidad

(VIII) Sobre lo público

(VII) La falacia de la inversión pública

(VI) La sanidad

(V) La biología

(IV) La física

(III) La retórica bélica

(II) Las matemáticas

(I) Dinero, precio y valor

Aún no hay comentarios, ¡añada su voz abajo!


Añadir un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada.

Más artículos

Democracia y totalitarismo no son excluyentes

La democracia podrá ser una forma de tratar (igual incluso la mejor) aquellos asuntos que por su naturaleza tengan que ser decididos conjuntamente, pero nada hay en ella que la haga contraria per se al totalitarismo.